Tucídides o Kindleberger: dos teorías para entender por qué chocan las grandes potencias
Aunque parten de diagnósticos muy diferentes, ambas buscan explicar qué sucede cuando el equilibrio internacional cambia
En la historia de las relaciones internacionales hay una pregunta que aparece una y otra vez: ¿por qué las grandes potencias terminan enfrentándose? Desde la Atenas clásica hasta la actual rivalidad entre Estados Unidos y China, el ascenso y declive de los poderes dominantes ha generado tensiones capaces de alterar el orden mundial. Un orden mundial con alcances geográficos naturalmente distintos dependiendo de cada momento.
Dos explicaciones destacan por encima del resto y se han convertido en referencias obligadas para diplomáticos, economistas y estrategas: la Trampa de Tucídides y la tesis de Kindleberger.
Aunque parten de diagnósticos muy diferentes, ambas buscan explicar qué sucede cuando el equilibrio internacional cambia. La primera pone el foco en el miedo y la competición por el poder; la segunda, en la ausencia de liderazgo y responsabilidad global.
Según la Trampa de Tucídides, el miedo empuja al conflicto. Es una explicación que hunde sus raíces en la Antigua Grecia. El historiador Tucídides, al estudiar la Guerra del Peloponeso entre las ciudades Estado de Atenas y Esparta, escribió una frase que siglos después adquiriría enorme relevancia: «Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo la guerra inevitable». Siglos más tarde, el politólogo estadounidense Graham Allison recuperó esta idea y la convirtió en una teoría moderna conocida como Trampa de Tucídides.
La tesis es sencilla; cuando una potencia emergente amenaza con sustituir a una potencia ya establecida, ambas pueden quedar atrapadas en una dinámica de desconfianza creciente.
La potencia emergente considera que merece un mayor papel internacional y actúa con creciente firmeza. Mientras tanto, la potencia dominante interpreta esos movimientos como una amenaza directa y refuerza sus mecanismos de seguridad. El resultado puede ser una espiral de tensión donde ninguno de los actores desea necesariamente una guerra, pero ambos terminan acercándose a ella.
Allison lideró una investigación que estudió 16 casos históricos de transición de poder en los últimos cinco siglos y concluyó que 12 acabaron en conflictos armados. Uno de los ejemplos más citados es la rivalidad entre el Imperio Británico y el Imperio Alemán previa a la Primera Guerra Mundial. Hoy la teoría se utiliza frecuentemente para interpretar la relación entre Estados Unidos y China; el principal eje geopolítico del siglo XXI.
La tesis del economista Charles Kindleberger pone, sin embargo, el peligro en el vacío de poder, esto es, no en el exceso del mismo, como hicieron Tucídides-Allison, sino en su ausencia.
Kindleberger fue uno de los arquitectos intelectuales del Plan Marshall y desarrolló su teoría estudiando el colapso económico mundial tras la crisis de 1929. Una arquitectura, por cierto muy cuestionada por Lorenzo Ramírez en su reciente libro El diablo está entre nosotros (Ed. La esfera de los libros).
Su conclusión fue distinta a la de Tucídides-Allison; los grandes desórdenes internacionales no aparecen porque una potencia emergente sea demasiado fuerte, sino porque ninguna potencia quiere asumir el coste de mantener el nuevo orden internacional capaz de proporcionar «bienes públicos internacionales» como la seguridad internacional, la estabilidad financiera, el comercio entre países o un conjunto de normas compartidas y que faciliten unas relaciones mundiales previsibles.
El riesgo es un vacó de poder que conduce a un sistema más caótico
El problema aparece cuando se produce un relevo incompleto. En este caso la potencia dominante comienza a perder capacidad o voluntad para ejercer el liderazgo, mientras que la potencia emergente dispone de recursos suficientes pero no desea asumir las responsabilidades asociadas.
El resultado es un vacío de poder que conduce a un sistema más caótico, que vira desde el libre comercio al proteccionismo y que, finalmente, genera un orden internacional más inestable.
El ejemplo clásico de Allison fue el periodo de entreguerras del siglo XX. El Reino Unido –imperio militar y comercial en plena decadencia– ya no podía sostener el orden económico mundial, mientras que Estados Unidos —que ya se había convertido en la primera potencia económica— optó por el aislacionismo antes de decidir involucrase en la primera y segunda grandes guerras mundiales. Nadie hasta ese momento asumió el liderazgo y el sistema internacional terminó descomponiéndose hasta desembocar en la Segunda Guerra Mundial.
La gran cuestión es cuál de las dos teorías describe mejor el presente.
Los defensores de la Trampa de Tucídides ven la rivalidad entre Washington y Pekín como una competición clásica entre una potencia consolidada y otra en ascenso. Curiosamente la primera rompiendo un orden internacional basado en «sus» propias reglas sentadas en las cumbres de Yalta-Bretton Woods y la segunda, reivindicándolas pero sentada a la mesa del gobierno mundial y no como menú. Los partidarios de Kindleberger observan un escenario en el que Estados Unidos muestra síntomas de fatiga estratégica mientras China todavía evita asumir plenamente el papel de garante del orden global.
Quizá ambas teorías no sean incompatibles. El siglo XXI podría enfrentar simultáneamente dos riesgos: el miedo derivado del ascenso de una nueva potencia y el vacío de liderazgo internacional. La pregunta, en ese caso, no sería únicamente quién dominará el próximo orden mundial, sino quién estará dispuesto a sostenerlo. Posiblemente, parte del resultado de la ecuación sea no volver a mezclar globalización con globalismo. El primero es un hecho, la segunda es una forma de sometimiento de los poderosos sobre los demás que se enfrenta a un cuestionamiento muy sólido. Baste oír al presidente indio, al canadiense o a la italiana Giorgia Meloni.
- José Manuel Cansino es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla y profesor de San Telmo Business School / @jmcansino