Radical
La película es muchas historias, las de todos los que desfilan por ella, marcadas todas por un estigma concreto, una etiqueta, de esas que nos empeñamos en asignar y que parece que son para toda la vida
Es interesante comprobar cómo algunos de los artículos de esta columna, partiendo de ficciones literarias o cinematográficas, aciertan en la diana de la actualidad contemporánea que soportamos vivir. Hace un par de semanas, en «Todos a la cárcel» (El Debate, 18 de mayo de 2006), les transmitía un parangón de nuestra realidad judicial presente con la visión carcelaria berlanguiana del siglo XX y me adelantaba, sin quererlo, a la noticia bomba que inundó la información de esa semana: la imputación de un expresidente del gobierno de España. Hoy vuelvo a retomar otro de estos artículos, el titulado «Educalienación» (El Debate, 14 de abril de 2026), donde reflexionaba sobre un debate que mantuvimos en el Palacio de Colomina relacionado con la educación y las distopías literarias a colación de la novela «Ciudad Fahrenheit». Muchos de los que asistieron a ese coloquio o leyeron ese artículo, tal vez lo hayan recordado al salir a las calles de Valencia y verlas ocupadas por docentes reivindicando determinadas cuestiones. Como esta no pretende ser una columna política, les dejo el análisis de estas protestas a los compañeros de otras secciones del diario.
Allí podrán ustedes informarse de primera mano de qué es lo que piden los docentes. Lo que yo les voy a ofrecer aquí es otra cosa: echar la vista a un mundo que tal vez nos haga reflexionar con más profundidad sobre el valor de la docencia y la educación, y las motivaciones de todos los implicados. Les voy a descubrir, además, una de esas joyas cinematográficas que suelen pasar desapercibidas y ocultas en los catálogos de las plataformas, y que recomiendo ver, pues no les va a dejar indiferentes. Los que decidan quedarse conmigo, acompáñenme a su butaca. Empieza «Radical» (Christopher Zalla, 2023).
La acción se desarrolla en 2011, cuando Sergio Juárez, un profesor mexicano comienza a trabajar en una escuela primaria en la frontera con Texas. El entorno, ambientado extraordinariamente por Zalla, nos sumerge en dos espacios: el deteriorado, seco, hostil y antipático del lugar físico: el pueblo, el colegio, las casas de los protagonistas; y el espacio humano, el de los estudiantes, los profesores, el de la vida cotidiana, dinámica y dura. Es de esos ambientes donde la pobreza material contrasta con la riqueza espiritual del ser humano.
La tarea de Juárez es la de continuar la labor educativa ortodoxa y monótona de la escuela; sin embargo, ante la decadencia estructural y la dejadez institucional, convierte sus clases en un atractivo para los jóvenes, enseñándoles a pensar, a discurrir, a encontrar en la vida aquello que estudian en el aula y lograr comprenderlo. Les hace ver que tal vez no sea necesario tener ordenadores, aunque no decae su intención de conseguirlos. Les hace ver que su entorno, el aula, puede convertirse en un barco a pesar de estar en condiciones poco recomendables. Encontrará, en su camino del héroe, los obstáculos de sus compañeros, la incomprensión de los propios estudiantes y, sobre todo, el modo de vida de la ciudad fronteriza: la violencia, el hecho que planea sobre toda la historia y que genera el momento de mayor tensión y dramatismo. No les voy a revelar lo que ocurre, pues quiero que lo vean con sus ojos y lo sientan en sus espíritus.
Entre las críticas negativas recibidas por la película están la de ser predecible, lacrimógena, sentimental. Bueno, quizás no deberíamos tener en cuenta estas críticas si nos ponemos en la tesitura de que está basada en la historia real de un profesor que utilizaba ese sistema para motivar a los alumnos en un ambiente totalmente hostil. Hechos reales trasladados a la ficción: dificultades que pueden atravesarse buscando otros caminos, o que pueden acabar en drama si la ruta es la equivocada. La película es muchas historias, las de todos los que desfilan por ella, marcadas todas por un estigma concreto, una etiqueta, de esas que nos empeñamos en asignar y que parece que son para toda la vida. Precisamente, lo que el maestro Juárez enseña es que podemos cambiar la etiqueta, aunque debemos asumir que no sale gratis.
Podría extenderme describiéndoles cada momento de la película, llena de esos que rebobinas para ver una y otra vez, pero me dirían que recortase el artículo, por lo que lo mejor es recomendarles que busquen «Radical», y siéntense a verla. Con un pañuelo. Luego, si quieren, salgan a manifestarse.