La pluma y la espadaJosé Luis Monroy Antón

Turismo de religión

La Semana Santa no es un espectáculo turístico. Es un hecho religioso, aunque algunos no lo entiendan.

En el primer artículo de esta sección ya advertí que no les dejaría indiferentes al tratar los temas sobre los que versaría. Serían abordados desde una perspectiva cultural, pero con la pluma afilada. Hoy les propongo una lectura que puede resultarles incómoda.

Hace unos días, en un artículo de El Debate, se daba el pistoletazo de salida a la Semana Santa marinera de los barrios valencianos de Cabanyal y Grau. Es lo que llamaríamos una fiesta de interés. Interés religioso para los creyentes cristianos y de interés cultural para todos. Es una de las formas que tienen muchos lugares de España de celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo desde el formato de la teatralización. Antropológicamente, podemos vincular esta teatralización a una perspectiva social de la Semana Santa, que hunde sus raíces en la lejanía de los siglos medievales -aunque la marinera sea más próxima y date del XVIII- y se constituye como una tradición religiosa característica de muchas localidades o barrios como estos de Valencia, donde cada vez acuden a disfrutarla más curiosos.

Estas representaciones ocupan dos espacios: el interior de las iglesias y el exterior de las calles de ciudades y pueblos. Sin duda son estas últimas las que generan la explosión de vistosidad con sus procesiones o con la escenificación de pasajes bíblicos. También una explosión de curiosos turistas. En la calle es donde el público mira, donde aplaude, donde calla, donde llora. Donde el silencio de algunos pasos contrasta con los vítores y canciones dedicadas a la imagen de Vírgenes y Nazarenos. El tambor, con sus redobles, marca el ritmo del camino del condenado, de la Dolorosa, del crucificado. El ritmo de corazones que viven con la pasión del fervor religioso estos días de luto y esperanza cristianos.

En la Semana Santa se funden no solo religiosidad y cultura, sino también arte. Aunque hay constancia de iconografía y devociones medievales, la mayor expresión de esta exuberancia casi mística se da entre los siglos XVII y XVIII. Muchas de las joyas escultóricas de nuestras iglesias salieron de los talleres de los imagineros de aquellos siglos. En tiempos más recientes, fue famoso en Valencia el taller de Vicente Tena (1861-1946), artista polifacético (cultivó la fotografía) de las primeras décadas del siglo XX.

En su vertiente literaria, la lírica de la Edad Moderna no escapaba a la religiosidad emanada del Concilio de Trento (1545-1563). Góngora, Quevedo, grandes y pequeños escritores auriseculares cuentan con alguna pieza donde la religiosidad era protagonista. Efervescencia creyente que camina con altibajos hasta el siglo XX, donde los poetas no dejarán de cantar el fenómeno espiritual cristiano. Por ejemplo, Gerardo Diego, que recorrió con sus versos las catorce estaciones del Via Crucis, construyendo una obra de 330 versos agrupados en 33 décimas (la edad de Cristo). Poco a poco, la Semana Santa se va convirtiendo en un fenómeno cultural, en un patrimonio cultural.

Teatro, lírica, escultura, y el nuevo espectáculo por antonomasia que acogerá la Semana Santa en sus argumentos: el cine. El relato de los hechos de la crucifixión y resurrección de Cristo se ha convertido en un extraordinario guion. En el año 2004 asistimos al estreno de la película dirigida por Mel Gibson «La Pasión de Cristo», un monumental ejercicio de reconstrucción de las últimas doce horas de vida de Jesús. Polémica por su violencia explícita y un presunto mensaje antisemita, es una de esas obras complicadas de ver no solo por sus características técnicas (su versión original está rodada en arameo, latín y hebreo) sino también por su potencia emocional traducida a imágenes. El dramatismo de las descripciones literarias, de las imágenes escultóricas barrocas, queda ampliamente superado por la crudeza de lo que en la mente del director debió ser la Pasión. Todos conocemos el guion de la historia y el final de la película, pero el tratamiento de lo íntimo, de lo humano, de lo divino que hubo en aquellos momentos solo queda a la interpretación, a la teatralización. La tortura física y emocional de los personajes alcanza una crudeza probablemente muy verosímil si nos trasladamos mentalmente al siglo I.

Imagen de una procesión de la Semana Santa Marinera de Valencia

Imagen de una procesión de la Semana Santa Marinera de ValenciaEP

Si han leído ustedes El Debate estos últimos días, hay una cantidad importante de artículos en los que se alude a la Semana Santa. No voy a referirme a todos, eso lo dejo para su curiosidad particular. A mí me resultó llamativo el que alude a chatGPT como predictor del mejor lugar para pasar estos días: Orihuela. No solo en éste, sino también en otros diarios podrán encontrar ustedes referencia a otro de los elementos cruciales de estas fechas: el estado meteorológico, con una clara relación con su efecto comercial. Contamos con turismo de playa, turismo de montaña, turismo de aventura, turismo gastronómico, y cómo no: turismo religioso, que en su ámbito nacional tiene su principal escaparate en la Semana Santa.

Ya sea desde la devoción, ya sea desde una mirada secular, la Semana Santa colapsa nuestras ciudades y pueblos por su intensidad desbordada. Es un gancho que atrae visitantes y genera dinamismo económico. Es un fenómeno social. Pero no pierdan ustedes la perspectiva por mucho que quieran convencerles de lo contrario: la Semana Santa no es un espectáculo turístico. Es un hecho religioso, aunque algunos no lo entiendan.

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