La oveja perdida
La Conferencia Episcopal dirige sus críticas más contra unos que contra otros: del Valle de los Caídos no ha dicho ni mu; ha alabado la política de papeles para todos de Sánchez...
Me encantan los amigos que juntan a los amigos, de modo que uno se puede encontrar charlando con un perfecto desconocido con el que comparte una sola cosa: el cariño por el anfitrión. Es estimulante. Así estaba el otro día, cuando mi recién conocido interlocutor, desde posiciones ideológicas muy distintas de las mías, me hizo un comentario atinado.
No se explicaba cómo el progresismo oficial, el oficioso de la prensa afín y el de infantería mantenían esa tendencia anticlerical a ultranza. La Iglesia, hoy por hoy, es su más fiel aliada. Aunque, en verdad, es una realidad más grande, que incluye la Iglesia celeste, la purgante e incluso la militante, con perdón; pero se entendía su punto. La Conferencia Episcopal dirige sus críticas más contra unos que contra otros: del Valle de los Caídos no ha dicho ni mu; ha alabado la política de papeles para todos de Sánchez; no da prioridad a la lucha contra el aborto; el caso Noelia no la ha movilizado, etc. Hay matices, por supuesto, y excepciones, pero a bulto, desde fuera y con un juicio general político, no hay duda del sesgo.
El amigo de mi amigo y ya mío y siempre de la verdad me dejó un rato pensativo. ¿Es posible que el progresismo sea tan torpe de no reconocer a un aliado que le queda? Gobernar, no; pero orientarse en la lucha política es su especialidad. De golpe, lo vi claro. Han detectado perfectamente su valor y, precisamente por eso, los fustigan. Saben que la jerarquía responde mejor al castigo que al cariño. Si El País o el portavoz del Gobierno se dedicasen a reconocer los méritos de la Iglesia, en vez de desdeñarla y señalar escándalos, empezaría un proceso de distanciamiento acelerado. En cambio, a más desdén, más afán.
La mecánica está muy clara y funciona también dentro de la Iglesia. Las consideraciones que se gastan con la conferencia episcopal alemana no tienen parangón con el trato a cualquier grupo más fiel a la ortodoxia y más obediente a Roma. Mi nuevo amigo ahora lo veía, sí.
Lo que nos teníamos que preguntar juntos es a qué responde esta estrategia episcopal. Puede haber, desde luego, un elemento morboso, casi masoquista o, si queremos decirlo de forma más delicada, un inconsciente complejo de inferioridad. Pero la razón no es solo política y psicológica. También hay –si somos honestos con nuestros líderes religiosos– una fidelidad a esa preocupación netamente cristiana por los enemigos. En el Padrenuestro, nada menos, se nos insta a perdonar a nuestros deudores y no a agradecer el pronto pago. La parábola de salir a buscar a la oveja perdida deja en un segundo plano a las noventa y nueve que tuvieron la discreción de no salirse del redil.
Hasta aquí tenemos detectada la contradicción aparente del pensamiento progre, su explicación profunda y las razones de la jerarquía, dos: una oscura y otra luminosa. ¿Qué solución tiene este embrollo?
Cartesiana, ninguna; pero prudencial, imprescindible. Para empezar, hay que discernir qué posicionamientos responden al morbo, al miedo y a la vanidad de ganarse el aplauso del mundo. Esos pueden y deben corregirse. Manteniendo, en cambio, aquellos que tengan su raíz en la caridad y en el afán apostólico. Recordando siempre que desdeñar la ortodoxia, malbaratar el rito y negociar con la moral no pueden usarse para atraer a nadie. Porque entonces, ¿qué se ofrece al distante?, ¿para qué?, ¿adónde?
Por último, en una reflexión muy propia de esta Semana Santa que empieza, se debe considerar que el mismo Cristo que nos recomendó salir a la búsqueda arriscada de la oveja díscola, también nos avisó de que lo natural era que el mundo nos odiase como le había odiado a Él.