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Enrique García-Máiquez

La raíz Reina

Si Rubio, Vance y Trump exigen a Europa tan perentoriamente que afronte sus problemas y se revitalice, es porque reconocen que Estados Unidos le debe el origen

El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich ya ha sido diseccionado por unos y por otros, incluso por mí. Su importancia no merece menos. Rubio explicó a los europeos (con pedagogía casi escolar) los retos geopolíticos a los que se enfrenta Occidente, o sea, América y Europa, de la mano.

Quedó clara la situación. Pero hay otro aspecto que, por muy reclamados que andemos por el fragor político, no debería pasársenos por alto, aunque parezca concesión al sentimentalismo. Aprovechemos la perspectiva que nos abre la semana larga que ha pasado desde el discurso para reflexionar sobre la insistencia del Secretario de Estado en las raíces europeas de los Estados Unidos. En un discurso tan breve y tan medido, nada se deja al albur. Repasó las contribuciones de cada nación europea. De España escogió la más épica: «Nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos, todo el romanticismo del arquetipo del vaquero, que se ha convertido en sinónimo del Oeste americano, nacieron en España».

No son puntadas sin hilo. Si Rubio, Vance y Trump exigen a Europa tan perentoriamente que afronte sus problemas y se revitalice, es porque reconocen que Estados Unidos le debe el origen. No hay un pacto de circunstancias ni un acuerdo más o menos sólido de intereses. La unión de América y Europa es la de un organismo vivo, cultural, sí, pero hasta extremos biológicos. Si el Viejo Continente se mustia, Estados Unidos tendrá un problema ontológico o de identidad.

Por eso, Rubio citó a Dante, a Shakespeare, a Mozart… pero también a su sangre. No fue una concesión emocional que recordase a los Reina, Manuela y José, sevillanos, que en 1776 quizá oyeron las noticias de la independencia de las 13 colonias con una premonitoria curiosidad. Sin sospechar –como Rubio dijo, emocionado– que un descendiente directo de ellos sería alguna vez Secretario de Estado de ese país que se estrenaba.

Hay una extraña ley histórica: ocurre con las familias y ocurre con las naciones. Las que olvidan su pasado no tienen futuro. La identidad se construye hacia atrás… y hacia delante, como una danza en la música del tiempo. Un aforismo reciente de Valentí Puig lo remacha: «Desidia de las razones cuando se incomodan con las raíces y por eso ya no pueden pensar en su futuro». Con mucha antelación lo vio Edmund Burke, tan perspicaz que roza la profecía: «Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán por la posteridad».

Marco Rubio, como hacía un discurso cargado de futuro, no podía, por tanto, despreocuparse de sus antepasados, tampoco de los italianos Lorenzo y Catalina Geroldi, de Casale Monferrato, en el Reino de Piamonte-Cerdeña. Mientras hablaba de las diversas genealogías culturales, podía dejarse algo atrás a la cultura española y no citar a Cervantes. Pero cuando llegaba a los cálidos dominios feudales de la sangre familiar, ahí aparece, esplendorosa, Manuela Reina, de la mano de un dignísimo don José, paseando juntos por las calles de Sevilla, oyendo un rumor de impensables independencias ultramarinas.

La lección geopolítica de Marco Rubio es clarísima. Y ya la han comentado todos. Han hecho bien. Pero nosotros haríamos muy mal si nos dejásemos en el tintero el homenaje a su familia. Es un recio reconocimiento del valor común e indistinguible que atesoramos. La solidaridad entre América y Europa tiene nudos de cultura humanística, soldadura de fe cristiana y lazos indisolubles de sangre. La comunidad entre el pasado y el futuro tiene que ser igual de sólida. Manuela y José Reina son los mejores embajadores de España ante Marco Rubio. (Menos mal).

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