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en primera líneaJuan Van-Halen

Literatura y política con Cela al fondo

Relacionar modelos políticos y modelos de creación literaria no deja de ser controvertido. La 'generación del 27' lleva el nombre de un año en el que España vivía una dictadura. Y, aunque algunos jaleen otra cosa, la supuesta floración literaria y cultural de la Segunda República venía de antes

España padece la mayor corrupción política que se recuerda. Ha habido anteriores, claro, pero nada comparable con la actual. Tratando de que olvidemos la realidad, Sánchez y sus palmeros resucitan mangancias ajenas de hace quince o veinte años. Son artimañas hábiles, pero inútiles. La porquería rebosa. Me asquea. Acaso por ello caigo, como hoy, en la tentación de escribir de otras cosas.

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El Debate (Asistido por IA)

Releo un viejo texto de Muñoz Molina, autor al que siempre es grato acercarse, sobre la complicidad de la prosa y la política; sus genealogías. Una afirmación del académico me sorprendió: «inventar la democracia sobre la marcha, como se hizo en España, requería inventar otra forma de prosa (…) imitando modelos exteriores, igual que se imitan instituciones y leyes». No comparto esa conexión. Muñoz Molina considera que la prosa «quevedesca», que identifica con «mala leche», es la adecuada para regímenes autoritarios, y acusa a Quevedo y a Lope de ser agresivos contra los débiles (por judaísmo y herejía), como contraste con el amable «modelo inglés» que al parecer sería adecuado para sistemas democráticos: «precisión y flexibilidad» y «mesura de tono», entre otras proclamadas virtudes.

No creo que exista una prosa más o menos adecuada a un sistema político. La creación vence a su entorno y, ante los autoritarismos, el creador resiste. Según las épocas y las geografías ha habido creadores perseguidos, censurados y silenciados, pero ni Dostoievski en el zarismo, ni Pasternak en el comunismo, ni Croce en el fascismo, ni Mann en el nazismo dejaron de ser ellos, de tener su voz y de construir su obra desde la reconocida –y sufrida– disidencia. Lo supo bien Bulgákov cuando escribió sus célebres cartas a Stalin.

Relacionar modelos políticos y modelos de creación literaria no deja de ser controvertido. La 'generación del 27' lleva el nombre de un año en el que España vivía una dictadura. Y, aunque algunos jaleen otra cosa, la supuesta floración literaria y cultural de la Segunda República venía de antes; sus cinco años suponen escaso tiempo para ver crecer la cultura, una acumulación de experiencias, un sedimento. La 'generación del 98' nació de una circunstancia amarga de nuestra Historia. Su propia existencia como generación fue negada por algunos de sus integrantes, pero precisó un camino de consolidación, y aún nos preguntamos si aquella pléyade de autores partía de planteamientos comunes, si tuvieron un desarrollo creativo semejante y, en definitiva, si eran algo más que un grupo de amigos o colegas.

Nuestro académico sitúa en la herencia quevedesca cierta prosa que tilda, a mi juicio injustamente, de «embuste» o «grosería chulesca presentada como autenticidad», contrastándola con el alabado «modelo inglés», y desde ese soporte adorna a Cela con opiniones y adjetivos nada agradables. Muñoz Molina, en alguna referencia de su texto, confirma que esa cierta inquina anticelesca refleja cierta rencilla del pasado, una especie de cuenta pendiente post mortem con el Nobel que, según recuerda Muñoz Molina, consideró «angloaburridos» a algunos narradores, incluso a él mismo. Alancear a moro muerto es menester que no requiere singular determinación ni valeroso empuje. A estas alturas abrir la caja de los truenos contra Cela viene a ser una inversión nada arriesgada en el mercado de la polémica; el atacante no tiene que buscar burladero. El académico denuncia en los demás «aliento podrido de rencor y desdén» pero él no los elude al valorar al Nobel.

Cela fue el primer rompedor literario en los ácidos años de la posguerra española; sus enemigos recuerdan que de joven fue ocasionalmente censor, cuando no tenía un chavo, pero se recuerda menos que La familia de Pascual Duarte sufrió la censura y, una vez editada, su distribución se prohibió por un tiempo, y que La Colmena, también censurada, tuvo que publicarse en Buenos Aires (1951) y su edición española no apareció hasta años después.

A menudo, en la búsqueda de genealogías literarias, se afirma que de Quevedo nos llega la mala leche sin mezcla de bien alguno y de Cervantes recibimos la inspiración de la prosa de ficción –las buenas maneras– del «modelo inglés», asumido en España desde el invento de nuevas fórmulas de prosa por la supuesta demanda de vientos políticos. Me produce sorpresa. Aceptarlo sin más supondría limitar el vitalísimo río de la influencia cervantina, inicio de la novela moderna, y olvidar la tradición realista española: la picaresca de los siglos XVI y XVII, el naturalismo del XIX, la novela social desde los años treinta del XX. Esa línea que en la posguerra desembocó en el llamado tremendismo, Cela, y recoge una renovación de la novela que venía, entre otros, de Blasco Ibáñez y Baroja, con originales aportaciones en su camino: Valle-Inclán, Pérez de Ayala.

No deben juzgarse con garantías de acierto las actitudes vitales de Quevedo o Cervantes desde nuestro tiempo. No se escribe la misma prosa ni en el mismo entorno. La generalización lleva al absurdo y el reduccionismo al error. En la novela española renovada, que guste o no en un momento protagonizó Cela, se acumulan materiales de la nueva novelística occidental, ya desde su tratamiento y estructura: Proust, Joyce, Mann, Faulkner, Dos Passos, Hemingway, entre otros. La innovación que supone la narrativa de Cela en su Pascual Duarte y en La Colmena regaría fértil la novela posterior al medio siglo, pero, al parecer, no llegó a los seguidores del «modelo inglés», llamados, desde luego injustamente, 'angloaburridos'. Como lector lo lamento.

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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