Por derechoLuis Marín Sicilia

Recuperar la decencia

«El sanchismo, cercado de corrupción por todos los frentes, no parará mientes en utilizar todos los instrumentos de poder para escapar del fango en que ha sumergido al conjunto del país»

Cada vez queda más clara la obsesión de Sánchez de llevarnos a todos al escenario que persiguió desde un principio: tener que optar entre lo que él persigue y representa y los que se resisten a que consiga su objetivo. Sin matices ni ambigüedades: Sánchez quiere que todos los españoles nos enfanguemos en la pocilga que ha cocinado, de modo que o estamos con el o estamos contra el, característica conducta de todos los autócratas totalitarios.

Para ganar esa batalla, la del enfrentamiento de los españoles, no ha escatimado en medios ni en procedimientos. Está consiguiendo que una sociedad, que ha dado sobradas muestras de sensatez y moderación, se involucre en esa lucha partidaria de polarización y destrucción del adversario que a nada bueno conduce, situando a todo el país al borde del precipicio.

Cualquier persona que tenga un mínimo de preocupación con la deriva sanchista haría bien en no bajar la guardia y recordar aquellas palabras del cronista americano George J. Nathan advirtiendo de que «los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan». No cabe mantenerse al margen de una situación que puede dañar durante mucho tiempo el futuro y la cohesión de la nación española.

Para comprobar el daño causado a la pacífica convivencia ciudadana basta con observar imparcialmente cualquier pretendido debate sobre temas de actualidad. El parlamento se ha convertido en una corrala de vecinos mal avenidos, donde es imposible articular una argumentación medianamente sólida porque el griterío de quienes deben rendir cuentas impide entrar a fondo para conocer los datos que se reclaman. Y convertir la televisión pública y todos los órganos oficiales en un altavoz partidario, manipulador permanentemente de la realidad, no sorprende ya a nadie porque se corresponde con la vocación totalitaria de quien ha convertido la política en un patio de monipodio. Ello explica que cualquier debate serio sobre cuestiones de especial trascendencia, como el del absentismo laboral injustificado, sea imposible de hacerlo razonadamente porque enseguida surge el populismo más primario para convertir lo blanco en negro.

Pese a todo ello, y precisamente por eso, lo que España necesita son políticos serios que no se dejen arrastrar por la bulla y que traten con rigor los verdaderos temas que preocupan a los ciudadanos en los distintos sectores sociales y en la actividad económica, tratando a sus destinatarios como ciudadanos adultos merecedores de respeto y no como masa a las que adoctrinar con mensajes facilones propios de embaucadores irresponsables. Porque la historia está llena de gente que presume de ser caritativos y justicieros con el dinero de todos, mientras atesoran para sí y los suyos abundantes bienes, a veces de forma ilícita. En España tenemos sobrados ejemplos de ello. Se suelen llamar progresistas y dicen tener poco y estar dispuestos a dar mucho.

El sanchismo, cercado de corrupción por todos los frentes, no parará mientes en utilizar todos los instrumentos de poder para escapar del fango en que ha sumergido al conjunto del país, con la única finalidad de que sólo haya dos alternativas: o el o sus adversarios, todo contemplado desde una arrogancia incivil y destructiva, hasta el extremo de no importarle el respeto institucional, la consideración al contrincante ni la responsabilidad política, manipulando la realidad y esparciendo porqueria en descrédito de quienes tienen la obligación legal de perseguir los delitos y restaurar el orden legal quebrantado.

La campaña de descrédito emprendida contra el poder judicial es tan evidente que hay que estar ciego para no ver la descarada manipulación de la opinión pública, a través de estudios de opinión sesgados, con el objetivo de crear un ambiente de descrédito de quienes tienen la obligación de perseguir al delincuente. Son ya 126 los imputados judicialmente que pertenecen al círculo de confianza, directa o indirecta, de un presidente del Gobierno que, como dice Pedro J. Ramírez, se ha convertido en un iman para atraer corruptos y que desprecia al ciudadano sin dar explicaciones ni asumir responsabilidades.

Ante la falta de escrúpulos del personaje, se necesita habilidad, decisión y firmeza para neutralizar el campo de minas en que ha convertido el espacio político e institucional español. Y hacerlo con la finalidad de sacarlo del poder, no para imponer una política de signo radicalmente distinto, sino para devolver a la actividad pública el prestigio y la dignidad que múltiples cloacas han tirado por la borda. Derogando todo aquello que ha contribuido al enfrentamiento social y a la polarización política, se trata de recuperar el espíritu cívico con mejor estilo político, ese que implica el respeto a las formas y a los modos democráticos. Es, en definitiva, una cuestión de higiene y dignidad que a todos nos concierne.

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