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El papa León XIV, durante su intervención en el Congreso de los Diputados

El papa León XIV, durante su intervención en el Congreso de los DiputadosVatican Media

La lección de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca que León XIV rescató ante las Cortes

El Santo Padre vinculó las reflexiones de la doctrina salmantina sobre el poder y la persona con los retos de la inteligencia artificial y la revolución tecnológica

Entre todas las citas a figuras de la historia de España, el Papa León XIV remarcó la aportación de la Escuela de Salamanca y, en concreto, la de fray Francisco de Vitoria. Resaltó su contribución a formar una «conciencia jurídica y moral» que permite recordar que la autoridad lleva consigo una responsabilidad y que todos debemos ser reconocidos como sujetos de derechos y deberes.

El movimiento intelectual de la Escuela de Salamanca se remonta principalmente a los siglos XVI y XVII, pero, para el Santo Padre, sus propuestas e ideas siguen vigentes hoy.

Versión pictórica de un aula antigua del Estudio salmantino con alumnos carmelitas, pintada por Martín de Cervera

Versión pictórica de un aula antigua del Estudio salmantino con alumnos carmelitas, pintada por Martín de CerveraWikimedia Commons

León XIV propuso ayer un paralelismo claro en el Congreso de los Diputados: en el siglo XVI, Salamanca reflexionó sobre los problemas planteados por el descubrimiento de nuevos pueblos y continentes. En el siglo XXI, la sociedad debe reflexionar sobre los desafíos creados por la tecnología. En ambos casos, la pregunta esencial es la misma: qué límites tiene el poder y cómo proteger la dignidad humana.

El Papa se basó en varias de las aristas del imaginario de la Escuela de Salamanca. Hizo alusión a la pregunta que se hicieron los maestros salmantinos sobre «el valor irreductible de todo ser humano». Ante ese interrogante, Francisco de Vitoria sostuvo que todos los hombres poseen la misma dignidad por naturaleza.

Francisco de Vitoria por Daniel Vázquez Diaz, 1957

Francisco de Vitoria por Daniel Vázquez Diaz, 1957

También esgrimió que la razón no puede utilizarse para legitimar «cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente». La doctrina salmantina argumentó que ningún gobernante posee un poder absoluto y que la autoridad política está sometida a la ley moral y al derecho natural. Para Vitoria, ni el emperador ni el Papa podían actuar arbitrariamente. El poder tenía límites y debía ejercerse en beneficio de la comunidad.

León XIV hizo una referencia explícita a la expresión latina totus orbis («todo el mundo» o «la comunidad universal de los pueblos»), que fue empleada por Vitoria para defender que la humanidad forma una comunidad moral y jurídica superior a los intereses de cada reino o Estado.

La idea del filósofo español goza de una vigencia rotunda. Es más, anticipó conceptos como la comunidad internacional, el Derecho Internacional, la cooperación entre Estados y la responsabilidad compartida entre naciones. Además, rechazó la fuerza militar como rectora de las relaciones entre Estados.

«La comunidad internacional sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza», aseveró el Santo Padre. En este contexto, la teoría de Vitoria argumentó que una guerra solo podía considerarse legítima en circunstancias muy concretas, como la legítima defensa o la reparación de una injusticia grave.

La Escuela de Salamanca defendió que existen derechos inherentes a la persona que no dependen de la voluntad de los gobernantes. Muchos historiadores, y también León XIV, consideran estas ideas un antecedente remoto de las declaraciones modernas de derechos humanos.

En el primer discurso de un Sumo Pontífice en el Congreso de los Diputados, León XIV presentó a la Escuela de Salamanca como un precedente histórico para afrontar los desafíos actuales: la inteligencia artificial, la biomedicina, la economía digital y las nuevas tecnologías.

Extracto del discurso de León XIV en el Congreso de los Diputados

La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

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