Pinturas Congreso
El Papa León XIV convierte dos pinturas del Congreso de los Diputados en símbolo de la libertad moderna
En su intervención ante las Cortes Generales, el Pontífice citó dos pinturas de Carlos Luis de Ribera, El Decálogo y El Evangelio, a las que atribuyó un valor simbólico en la formación moral de la ley
El patrimonio cultural nacional, como era de esperar, no ha pasado desapercibido para el Papa León XIV en sus primeros días en España. A las referencias a grandes figuras de la literatura española como Lope de Vega, Unamuno o Cervantes se suma la alusión a unas pinturas del Congreso de los Diputados en la visita que hizo al hemiciclo ayer.
El encuentro supuso un hito histórico, al convertirse en la primera vez que un Sumo Pontífice interviene ante las Cortes Generales. Para el Santo Padre, los óleos de la parte superior del muro principal recuerdan «algo esencial».
El comentario del Pontífice no fue casual. Las pinturas sirvieron a León XIV para articular una de las ideas centrales de su intervención: la relación entre tradición cultural y los fundamentos éticos que sostienen las democracias contemporáneas.
'El Evangelio', de Carlos Luis de Ribera
«Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana», afirmó León XIV en su discurso.
El Papa hizo alusión a las pinturas triangulares de El Decálogo y El Evangelio, que flanquean las efigies escultóricas que representan a la Marina, la Agricultura, el Comercio y las Ciencias. Ambos óleos fueron pintados por Carlos Luis de Ribera en 1850 como una alegoría del origen moral e histórico de las leyes en España.
El Decálogo muestra la imponente figura bíblica de Moisés con las Tablas de la Ley, simbolizando los mandamientos morales que sirvieron de base histórica para el desarrollo del derecho civil en la tradición occidental.
'El Decálogo', de Carlos Luis de Ribera
El Evangelio representa la escena donde un ángel le muestra el texto sagrado a un creyente, evocando la educación de la conciencia y los principios humanitarios arraigados en la cultura de los pueblos de Europa.
El gesto llamó la atención porque el Papa dirigió la mirada a un elemento artístico integrado en el propio hemiciclo y habitualmente secundario en las visitas institucionales.
El Papa León XIV, durante su intervención histórica en el Congreso de los Diputados
El Papa León XIV realizó esta alusión para remarcar el vínculo ético y cultural que existe entre la tradición cristiana y los pilares de la libertad, la justicia y la dignidad humana en la política moderna; así como para argumentar cómo esa tradición ayudó a educar la conciencia de los pueblos modernos en la justicia y los límites del poder.
Más aún, el Santo Padre aprovechó la referencia a El Evangelio y su principio del extranjero acogido para tender un puente con la actualidad y reclamar ante los diputados «una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración» para los migrantes.
Extracto del discurso del Papa en el Congreso de los Diputados
Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.
También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.
Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.
Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.