Guerra de Independencia Española: La milicia catalana de Bruch. Obra de Ramón Martí Alsin
La leyenda del Tambor del Bruch: la victoria española que anticipó el desastre de Napoleón en Bailén
En las gargantas del Bruch, entre historia y leyenda, los somatenes catalanes frenaron a las tropas napoleónicas y demostraron por primera vez que el ejército más temido de Europa podía ser derrotado
Apenas veintinueve días después del sangriento 2 de mayo de 1808 y dos meses y medio antes de los laureles de Bailén, el pueblo español protagonizó en Bruch «la primera victoria sobre las armas de Napoleón», tal y como recoge la entrada que dedica el Museo del Ejército a la leyenda del tambor o tamborilero del Bruch.
Tras la invasión napoleónica y el derrocamiento del monarca español, el pueblo catalán se levantó contra el nuevo poder francés. El 6 de junio, en las abruptas gargantas del Bruch, se libró una batalla de la que nacería una de las leyendas más conocidas de la Guerra de la Independencia.
El origen de la leyenda
Según la tradición popular, todo empezó con una tormenta que obligó a miles de soldados napoleónicos a detenerse en Martorell, camino de Zaragoza. El Gran Corso puso al mando del coronel Schwartz una brigada para ocupar Zaragoza y Valencia.
Aquel parón «dio tiempo al alcalde de Esparraguera para hacer circular por los pueblos vecinos la noticia de que venían los franceses», tal y como explica el Museo del Ejército.
En Cataluña, la resistencia contra el invasor se vio favorecida por la institución del somatén, un cuerpo de gente armada que no pertenece al ejército y que, a toque de campana, se reúne en un momento dado para defenderse de posibles enemigos.
De este modo, sonaron las campanas y centenares de miembros de los somatenes acudieron a la llamada para salir al encuentro de las tropas francesas. Cuando la fuerza invasora llegó al Bruch de Arriba, punto de bifurcación entre el camino de Manresa y el Camino Real que lleva a Lérida, fue recibida por el fuego de los paisanos y soldados que aguardaban su llegada.
El gran día de Gerona por Ramón Martí Alsina
«Inesperadamente, la fuerza de caballería que formaba en la vanguardia, al bordear una mancha de pequeños y espesos pinos que cubría una ladera, recibió una nutrida descarga, a la que siguió a quemarropa tan certero fuego graneado, que hizo retroceder a los jinetes, después de sufrir numerosas bajas», relata Celestino Pujol y Camps, historiador y académico numerario de la Real Academia de la Historia, en un artículo sobre la leyenda del tambor del Bruch.
Aquella fue «la primera y señalada victoria que el ardimiento español obtuvo sobre las armas de Napoleón, que gozaban de no desmentida fama de invencibles», destaca Pujol y Camps. El general francés recogió a los suyos y dio la orden de retirada.
El retumbar de la valentía española
A pesar de aquella derrota, las fuerzas francesas volvieron con más soldados. Ya sin el factor sorpresa, las tropas napoleónicas «eran mucho más importantes y dirigidas por el general Joseph Chabran, que era más experimentado», subraya la Asociación Española de Soldados Veteranos de Montaña (AESVM).
Según relata esta asociación, el ejército invasor llegó al Bruch con dos columnas que se enfrentaron a las fuerzas regulares y somatenes españoles, dirigidas por Joan Baget, de los tercios de Lérida y de Tárrega, además de los regimientos suizos. Pero la artillería española se impuso y los franceses volvieron a sufrir un «descalabro», comenta el académico de número de la RAH.
«Quizá fue de tanta magnitud como el primero, pues se retiraron los franceses con grandes pérdidas, al ver que no les era posible desalojar de sus posiciones al buen número de somatenes que les cerraron el paso», continúa Pujol y Camps.
Sin embargo, la leyenda cuenta que, cuando la línea española empezó a ceder, un joven tomó su tambor y la «reverberación del sonido del tambor al chocar con las paredes de Montserrat hizo creer que el número de soldados españoles era muy superior al que realmente había», recoge sobre el mito popular el Museo del Ejército. De esta manera, convencidos de que llegaban refuerzos masivos, los franceses dieron media vuelta por segunda vez.
Aunque los historiadores debaten cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda en la historia del Tambor del Bruch, lo cierto es que su mensaje sigue vivo: la determinación de un pueblo puede desafiar incluso al ejército que se creía invencible. El Bruch anticipó el golpe moral que, poco después, supondría Bailén para el prestigio militar napoleónico.
El tamborilero del Bruch en una ilustración de Marcelino de Unceta
Con aquellas victorias, España empezó a demostrar a Europa que Napoleón podía ser vencido. No en vano, la guerra española se convirtió en uno de los grandes quebraderos de cabeza del Gran Corso: «Todas las circunstancias de mis desastres vienen a vincularse con este nudo fatal; la guerra de España destruyó mi reputación en Europa, enmarañó mis dificultades», reflexionó Napoleón durante su exilio en Santa Elena.
¿Quién fue el tamborilero del Bruch?
La leyenda lo identifica habitualmente como Isidro Llusá y Casanovas, aunque su figura pertenece más al terreno del mito popular que al de la certeza histórica. Su tambor se convirtió desde entonces en símbolo de la resistencia española frente al invasor napoleónico.