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Litografía de la Batalla de la Poza de Santa Isabel

Litografía de la Batalla de la Poza de Santa IsabelWikimedia Commons

La primera derrota de Napoleón en España no fue en Bailén, sino un mes antes en la bahía de Cádiz

La batalla de la Poza de Santa Isabel, ocurrida en junio de 1808 en la bahía de Cádiz, marcó la primera gran victoria española frente a las tropas napoleónicas. Poco conocida, esta acción naval anticipó la resistencia que estallaría en Bailén

«Invadir España fue uno de los errores más grandes de Napoleón, y se supone que era un genio», declaró en conversación con El Debate el doctor en Historia Agustín Rodríguez, máximo experto en historia naval española. El empuje con el que el pueblo español defendió su patria sirvió de ejemplo para el resto de los pueblos europeos: los franceses podían ser derrotados, y así lo demostraron en Bailén, considerada la primera gran derrota del emperador francés.

Sin embargo, antes de vencer al ejército dirigido por el general Dupont el 19 de julio de 1808, la Grande Armée de Napoleón Bonaparte experimentó una derrota que probó el error y la arrogancia del Gran Corso al querer conquistar España. Esta fue la batalla de la Poza de Santa Isabel, en Cádiz.

Los restos de la flota francesa que luchó en Trafalgar

Tres años antes de que estallara la Guerra de la Independencia, España y Francia seguían siendo aliadas. Prueba de ello era la escuadra combinada al mando del almirante Villeneuve en la bahía de Cádiz, que aguardaba órdenes. Al saber que sería relevado por François-Étienne de Rosily, Villeneuve salió del puerto y se enfrentó a la Armada británica en Trafalgar, en un último intento por recuperar el favor de Napoleón.

Retrato de François Étienne de Rosily-Mesros, vicealmirante

Retrato de François Étienne de Rosily-Mesros, vicealmirante

Sin embargo, su plan no tuvo éxito y padeció una gran derrota. Ya lo advirtió Cosme Damián Churruca cuando tildó al almirante francés de inepto en una carta: «No conoce su obligación y nos compromete». Tras la tragedia, «solo unos pocos barcos del total de 33 navíos que componían la escuadra aliada consiguieron arribar a la bahía de Cádiz, y de ellos solo cinco navíos de línea franceses», que acabarían al mando de Rosily, tal y como recoge la historiadora Lourdes Márquez Carmona en su artículo Recuerdos de un timonel: Michel Maffiote y la rendición de la escuadra de Rosily en la batalla de la Poza de Santa Isabel (1808).

Según relata la historiadora, los tres años anteriores al estallido de la Guerra de la Independencia transcurrieron tranquilamente. Es más, los franceses salían de sus barcos y se juntaban con los gaditanos. «Hasta se iban de fiesta a una zona de Puerto Real que hoy se llama el barrio de Jarana precisamente por eso». Por ello, generó gran confusión la invasión del supuesto aliado.

«Napoleón Bonaparte seguía secretamente la estrategia de hacerse con el gobierno de España y con el poder naval de su armada, un elemento fundamental en sus planes para obtener el control de los mares y permitir su gran objetivo: la invasión de Inglaterra», comenta Márquez Carmona.

En este sentido, Agustín Rodríguez consideró en su entrevista con esta cabecera que el emperador francés se dejó llevar por la soberbia: «Uno de los puntos flacos de Napoleón era pensar que podía hacer todo. Podía permitirse todo, no tener límites. […] Piensa que lo mejor que podía hacer Francia es absorber España y todos sus dominios e introducir todos los cambios». No obstante, «es una locura invadir un país que había sido hasta entonces aliado y, además, fiel aliado», afirmó Rodríguez.

De aliados a enemigos

Con el Tratado de Fontainebleau, en 1807, Napoleón obtuvo el permiso de Carlos IV para atravesar España con más de 100.000 soldados, con el objetivo de invadir Portugal. Pero, a su paso por la península, fue conquistando casi todas las ciudades que encontraba, incluida la capital.

Cuando la noticia del alzamiento de Madrid contra las tropas imperiales de Napoleón llegó a Cádiz, los gaditanos empezaron a reclamar a las autoridades que detuvieran a los franceses: «Mientras se sucedían los primeros hechos de la Guerra de la Independencia, en la bahía de Cádiz seguía fondeada la escuadra de Rosily. […] La población se preguntaba el motivo de no intentar rendir los navíos enemigos anclados en la bahía», explica la historiadora.

Ante la tensión, el almirante francés prohibió a sus hombres desembarcar. Además, el gobernador de Cádiz, el marqués de Solano, puso algunas pequeñas embarcaciones para vigilar a la escuadra francesa por si se les ocurría levantarse en armas, siguiendo órdenes del Gran Corso: «Por orden imperial, [Rosily] debía permanecer en Cádiz para apoyar a las tropas imperiales que marchaban en dirección sur», comenta Márquez Carmona.

Sin embargo, «Solano, sin apenas infraestructuras para atacarla y mientras organizaba la táctica para rendirla, fue tachado de afrancesado e injustamente asesinado por el exaltado populacho», recoge la historiadora.

En sustitución, la Junta de Sevilla, ya sublevada contra los invasores franceses, nombró al capitán general Tomás de Morla sustituto de Solano y le otorgó las competencias necesarias para que apresara y destruyera a la escuadra francesa.

El combate

Tras reunirse con las autoridades, se acordó separar los buques españoles de los franceses para el combate. El francés Rosily contaba con un total de 3.676 hombres y seis embarcaciones supervivientes de Trafalgar: el Herós, de 84 cañones; el Algeciras, de 86; el Plutón y el Argonaute, de 74; el Neptune, de 92, y la fragata Cornelia, de 42 cañones.

Por su parte, la escuadra española, a las órdenes del general Ruiz de Apodaca, estaba formada por 4.219 hombres y seis embarcaciones: el Terrible, el Montañés y el San Justo, de 74 cañones; el San Fulgencio y el San Leandro, de 64; la fragata Flora y el buque insignia Príncipe de Asturias, de 112 cañones. Aunque los barcos españoles «padecían numerosas carencias», el arrojo de sus tripulaciones y un plan bien estructurado propiciaron la victoria.

Los supervivientes de la Batalla de Trafalgar regresan a Cádiz

Los supervivientes de la Batalla de Trafalgar regresan a Cádiz

Según menciona Agustín Rodríguez en su obra El fin de la Armada Ilustrada, mientras crecía la tensión, Rosily ordenó a su escuadra fondear junto al arsenal, en el lugar conocido como Poza de Santa Isabel, «mientras que los españoles esperaban autorización de la Junta de Sevilla para atacarlos».

Para evitar la huida de los galos, los españoles hundieron dos viejos e irreparables navíos, además de reforzar e improvisar unas baterías en las costas para cañonear a los buques franceses y alistar dos navíos españoles: el Príncipe de Asturias y el Terrible.

«Pero el arma decisiva serían nuevamente las cañoneras: 25 de ellas y otras 12 bombarderas, todas al mando del jefe de escuadra Diego de Alvear, que, sumadas a otras embarcaciones, formaron tres divisiones de 15 embarcaciones cada una, al mando de los brigadieres José Quevedo y Miguel Gastón, así como del capitán de navío José Rodríguez de Rivera. Se organizó un ataque a la escuadra francesa según la táctica ya experimentada, con las cañoneras a vanguardia y en línea, detrás las bombarderas, con armas de tiro curvo y, por último, las embarcaciones de apoyo, más los navíos mencionados y las baterías emplazadas en tierra», detalla el doctor en Historia.

Unido al despliegue español, la historiadora comenta en su artículo que «la posición de Rosily era muy complicada porque las tropas de Dupont no llegaron nunca. Él no tuvo ningún apoyo, estuvo solo en la bahía. Estaba rodeado por los ingleses con el bloqueo, por un lado, y los españoles, por otro. No podía hacer nada». Era «imposible que ganara la partida… estaba acorralado», sentencia.

Con todo ello, la rendición final de los franceses llegó el 14 de junio, cuando Rosily vio que no podría resistir más. Los pabellones franceses fueron sustituidos por los españoles y se hicieron 3.676 prisioneros, más un botín de cinco navíos de línea y una fragata, 442 cañones, grandes cantidades de pólvora y alimentos para cinco meses, según recopila Rodríguez en su obra.

La victoria en la Poza de Santa Isabel no solo anticipó el espíritu de resistencia que se consolidaría en Bailén, sino que también reveló la fortaleza de un pueblo que, sin apenas medios, supo enfrentarse al invasor más temido de Europa.

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