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TRIBUNAEloy Asenjo Carpintero

«Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia»

Frente a la polarización que simplifica el mundo entre «buenos y malos» o «amigos y enemigos», se vuelve urgente «cultivar un sano realismo» que esquive tanto el idealismo utópico como el cinismo estéril

La lectura de Un corresponsal en el frío, el libro de memorias de Ricardo Estarriol, ofrece una lúcida ventana al corazón de los países del telón de acero durante la Guerra Fría. Entre sus páginas, destaca con fuerza una entrevista al físico y disidente soviético Andréi Sájarov, premio Nobel de la Paz en 1975. Al ser preguntado sobre si se consideraba un político, Sájarov respondió con una claridad meridiana que cala hondo en nuestra sensibilidad contemporánea: «Mire: los problemas de nuestro país no son problemas políticos; aquí tenemos que luchar por los valores, por la moral: decir la verdad clara, por ejemplo, es muy importante para cambiar a nuestra gente».

Esta reflexión, formulada hace décadas bajo el yugo de un régimen totalitario, resuena hoy con una alarmante vigencia en nuestro autodenominado «mundo occidental». Habitamos un escenario cada vez más polarizado y polarizante, donde la palabra escrita y hablada parece haber perdido su función de puente para convertirse en trinchera. El diagnóstico de Sájarov es perfectamente extrapolable a nuestra realidad: la crisis profunda de Occidente no es un mero conflicto de siglas, estrategias o partidos políticos; es, fundamentalmente, un desafío moral.

Salir de esta espiral destructiva, que erosiona el bien común a pasos agigantados, exige el coraje de rescatar la verdad desnuda y pronunciarla sin ambages.

Este panorama me evoca la carta encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, un texto que nos insta de manera apremiante a «construir la civilización del amor». Lejos de pretender un exhaustivo desglose teológico, resulta sumamente sugerente recorrer sus principales ejes conceptuales para iluminar el laberinto político y social en el que nos encontramos.

En primer lugar, el texto pontificio nos recuerda que «todos podemos dar nuestro aporte». Con frecuencia caemos en la tentación de delegar la regeneración social en quienes ostentan el poder público, asumiendo de forma derrotista que las grandes dinámicas nos sobrepasan. La encíclica tacha esta actitud como «una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo», y recurre de manera brillante a J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos».

Para lograrlo, el primer campo de batalla es el lenguaje: es imperativo «desarmar las palabras» para poder desarmar la tierra. El poder de la palabra y de la imagen en la era digital es colosal. Quienes nos dedicamos a la educación, a la comunicación o a la política arrastramos la grave responsabilidad de hacer un examen de conciencia sobre la agresividad —abierta o encubierta— y los prejuicios que impregnan nuestros discursos. De la templanza de nuestra lengua depende que edifiquemos el bien común o alimentemos la hoguera de la discordia.

Asimismo, la paz verdadera no equivale a la mera ausencia de conflicto o al silencio impuesto a cualquier precio; la paz nace indefectiblemente de la justicia. Como recordaba san Agustín en sus Comentarios a los Salmos, no se puede pretender la paz interior ni social desoyendo los mandatos éticos elementales: no robar, no calumniar, no hacer al otro lo que no desearías para ti. «¿Quieres encontrarte en paz? Practica la justicia», sentenciaba el santo de Hipona.

Esta justicia exige también «asumir la mirada de las víctimas». Ante determinados atropellos a la dignidad humana, la neutralidad no es una opción justa ni una muestra de prudencia, sino una forma de complicidad implícita. Escuchar y dar voz a quienes sufren es el único antídoto contra la normalización de la violencia y el conflicto. Esta es la auténtica memoria histórica: una que aprende con dolor de los errores pretéritos para gritar a favor de la concordia, en lugar de instrumentalizar el pasado como preludio de nuevos agravios.

Frente a la polarización que simplifica el mundo entre «buenos y malos» o «amigos y enemigos», se vuelve urgente «cultivar un sano realismo» que esquive tanto el idealismo utópico como el cinismo estéril, males oncológicos que destruyen el tejido democrático. Este realismo es el que permite «relanzar el diálogo», huyendo del maniqueísmo que etiqueta al adversario para negarle la escucha. Urge transitar de la estéril «cultura del poder» e imposición a una «cultura de la negociación» y el encuentro, una asignatura clamorosamente pendiente tanto en la España actual como en el resto de Occidente.

Finalmente, la encíclica subraya la necesidad de la diplomacia y el multilateralismo frente a las lógicas de la comunicación impulsiva y las retóricas inflamadas. El diálogo es imprescindible incluso con los actores más incómodos; una tarea que demanda dosis heroicas de humildad, paciencia y una mirada de misericordia capaz de poner la dignidad humana por encima de las trincheras ideológicas. Es una invitación que, para los creyentes, se corona con la llamada a «orar y esperar», reconociendo con esperanza que la paz definitiva es un don que nos trasciende.

Es indudable que la escala de estos desafíos puede abrumarnos. Sin embargo, el núcleo de la transformación social no reside en las cancillerías internacionales, sino en la micro política de nuestra cotidianidad. Es en la familia, en la comunidad de vecinos, en el entorno laboral y en el círculo de amistades donde se decide la suerte de nuestra civilización. Si somos capaces de sembrar justicia, verdad y palabra desarmada en nuestro metro cuadrado, la sociedad cambiará por añadidura.

Lo resumió con insuperable sabiduría Santa Teresa de Calcuta: «Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia». El destino de Occidente comienza hoy en nuestro propio hogar.

Eloy Asenjo Carpintero es licenciado en CC Físicas y profesor en el colegio María Teresa, en Alcobendas (Madrid)

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