El futuro descansa en los abuelos
Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural
Ayer fue el Día de los Abuelos; esta semana mi suegra y mi padre están al cuidado de nuestros hijos mientras mi mujer me acompaña a un viaje de trabajo; y llevamos dos semanas emocionados con el abuelo de Pedro Porro. El poeta inglés A. E. Housman dijo que la poesía se reconoce mejor por sus efectos físicos: un escalofrío que recorre la espina dorsal o la carne de gallina. Todos los hemos sentido ante la historia y los homenajes del jugador de la selección a su abuelo, Antonio Sauceda. Según el test de Housman, ya bastaría, pero aquí somos más analíticos.
No es un caso aislado. Tengo el privilegio de ser miembro del jurado permanente del Premio Adonáis de Poesía, quizá el más importante premio para jóvenes del ámbito hispánico y, sin duda, el más veterano. Es una atalaya inmejorable para otear los nuevos rumbos. Desde hace bastantes años venimos observando que los poemas a los abuelos se multiplican en manuscritos de todos los estilos y concepciones. Es un signo generacional transversal.
Como en el jurado tenemos a Aurora Luque, que es abuela, joven, sí, y muy ejerciente, la animamos a hacer una antología de textos a los abuelos, como la que yo hice de poemas al padre, titulada Tu sangre en mis venas. Material, desde luego, no le va a faltar.
El abuelo de Pedro Porro Sauceda ha vuelto a poner en el candelero la cuestión y por las razones correctas. Es –además de un caballero concreto que se viste por los pies– un arquetipo.
La importancia de los abuelos viene dada por una compleja coincidencia de causas. La primera, el aumento de la esperanza y de la calidad de vida, que permite que los abuelos lleguen a ese estadio de la vida en plena forma para echarse muchas responsabilidades a las espaldas. Después viene la dificultad de la conciliación familiar de los padres. No les queda más remedio que recurrir con frecuencia al comodín de los abuelos. También hay que sumar la epidemia de separaciones, que obliga a veces a los abuelos a asumir un papel que ya no les correspondía, pero que alguien tiene que ocupar. Y, de una manera más coyuntural, están las vacaciones escolares, que no coinciden del todo con las laborales, creando desajustes que, de nuevo, los abuelos se aprestan a remediar.
No todo es organizativo. Hay razones más hondas. En los abuelos pervive la voz de la autoridad, cuya ausencia es uno de los agujeros negros de nuestro tiempo. Hay mucha potestad, como se ve en los gobiernos y en su inflación legislativa, con normas y multas y cámaras de vigilancia para todo. Pero falta la dignidad que dan el consejo sabio y el ejemplo limpio. Los abuelos la tienen, y eso es un tesoro para los nietos. Ellos son un reservorio, además, de los principios y valores que brillan por su ausencia: la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y el valor sagrado de la palabra dada.
Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural. Los padres, apremiados por el presente no siempre tenemos tiempo ni paciencia para contar esas historias; a veces ni siquiera las recordamos.
Hay que ser bien conscientes para proteger ese vínculo como un tesoro. No quebrar la paciencia de los mayores abusando de su disponibilidad. Ni menoscabar su autoridad dándoles un montón de instrucciones sobre cómo tienen que cuidar a sus nietos y, mucho menos, riñéndoles si no lo hacen tal y como les exigimos. Si queremos cuidadores a nuestras órdenes, hay que contratar a un canguro. Nuestros padres ya demostraron que saben criar a un niño, así que, si les dejamos a los nietos, que sea reconociendo su saber y entender. Nuestros hijos tienen que advertir nuestra reverencia a nuestros padres.
El fervor y la gratitud de Pedro Porro hacia su abuelo, a quien lleva sus trofeos, nos producen una emoción física —el test de la carne de gallina— porque en ellos reconocemos la labor de esas generaciones que siguen al pie del cañón. También el futuro descansa en los abuelos.