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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Valentina y los Valentines

Jamás descansan en su infatigable campaña de ingeniería social, su ideología tiene que impregnarlo todo, incluso lo que parece amable y anecdótico

Me parecen admirables las personas que asumen sacrificios físicos por motivos de puro ocio. Pero conmigo que no cuenten.

No esquío, porque no me gusta pasar frío por afición, ni los madrugones en días de descanso, ni las colas para el telesilla, ni romperme alguna vez el cruzado. No hago surf, porque no me gusta sufrir a remojo esperando la mítica ola buena. No voy de camping o similar, porque prefiero mi cama y mi ducha. No acudo a festivales, porque ya tengo mis años y porque me cargan los mogollones. No me planteo correr maratones en edad de jugar a la petanca, pues por algo el primero que lo hizo, el soldado griego Filípides, la palmó de fatiga tras correr los 42 kilómetros entre Maratón y Atenas. Y por supuesto tampoco me baño en el mar pasados los meses de verano, a pesar de que al parecer está probado clínicamente que sumergirse en el agua muy fría tonifica el ánimo.

Algunos sostienen que la Costa de la Muerte empieza en realidad pasado el colegio de las Esclavas, al final de la playa de Riazor. Puede ser. Cuando me fui a vivir en su día a San Roque de Afuera aquello estaba, en efecto, muy «afuera», era como el final de la ciudad. Enfrente se encontraba la bonita y recogida cala del mismo nombre, donde desde el balcón veíamos bañarse cada día a nuestro intrépido y cordial vecino Manuel, «el fonta».

Cualquier mañana gris de invierno estabas tú en pijama en tu casa, con la calefacción y disfrutando de un café caliente, y de repente veías bajar a la cala al valeroso Manuel, del gremio de los bajitos, con su albornoz y sus chancletas, presto a sumergirse en un nada amistoso Atlántico. Cuando inició sus baños diarios, su estilo natatorio resultaba un tanto incierto. Me perdonará si digo que nadaba un poco al estilo perrito. Pero con tanto entrenar perfeccionó muchísimo su técnica, amplió sus distancias y desarrolló una gran caja torácica. No lejos ya de la edad de jubilación está hecho un Tarzán. A poco que se descuide, cualquier día de estos se pone a dar brazadas, cruza la ría y les aparece a los chinos en el Puerto de Ferrol.

El encantador Manolo Corral no es el único coruñés que se baña a diario. En Riazor se junta todo el año una parroquia de veteranos, hombres y mujeres, que son como morsas y se meten a la mar aunque caigan chuzos. Los apodan «los golfiños», por el nombre que se da en gallego a los delfines. El Ayuntamiento –que en su jerga se autodenomina «Concello»–, ha decidido rendirles un cariñoso homenaje en forma de estatua. Pero tratándose de un gobierno municipal socialista no podía faltar la preceptiva carga ideológica que todo lo embadurna.

La escultura de bronce verdoso se ha colocado en el Paseo Marítimo frente al lugar de la playa de Riazor donde se bañan. Muestra a una mujer mayor en bañador estirándose antes de entrar al agua. La han bautizado como «Valentina», persona que no existe, a modo de homenaje simbólico a toda la pandilla de bañistas. Aunque cada día pasan por allí docenas de visitantes de fuera de Galicia, el cartel explicativo de la estatua está solo en gallego. Una decisión puramente ideológica, pues la realidad es que el 85 % de los coruñeses hablan a diario solo en castellano.

Ideológica es también la elección de la figura de la estatua, Valentina. Allí se bañan varias mujeres, como Marisol, Ana, Mercedes, un par de Marías, Esther, Marga… Pero también lo hacen Alfredo, José, Manolo, Antonio Francisco… Ellos se han quedado fuera de la escultura; «no hay golfiño, solo golfiña», como lamentaba en la inauguración alguno de los bañistas varones. ¿Y por qué no se eligió a un hombre y una mujer, o no digamos ya a solo a un hombre? Pues porque la plomo de la alcaldesa socialista no podía perdonar la ocasión de convertir la bonita idea de homenajear a los viejos nadadores en un alegato ideológico marca PSOE, es decir, feminista y monolingüe en gallego.

La pequeña anécdota refleja algo más grande. La izquierda y el nacionalismo están embarcados desde hace años en un incansable –y semitotalitario– ejercicio de ingeniería social para intentar que la sociedad se someta a su manera de ver el mundo, que es la única que consideran aceptable. Nos meten su ideología hasta en la sopa, desde las aulas escolares hasta la universidad, pasando por el sesgo de las series y películas, promocionando y premiando siempre a creadores nacionalistas y/o de izquierdas, tergiversando la historia de España para imponer mixtificaciones localistas, promoviendo una deprimente subcultura de la muerte y una queja victimista paralizante.

La derecha ha hecho casi siempre el canelo en estas cuestiones ideológicas. Y de hecho sigue haciéndolo. A efectos culturales, por ejemplo, el PP en Galicia no deja de ser una especie de (amable) PNV y el PSOE directamente se ha convertido en un partido filonacionalista. Ambos arrastran un penoso complejo de inferioridad ante el separatismo, no vaya a ser que les riña el Bloque con sus talibanes intelectuales de guardia (a los que el PP subvenciona y premia, por supuesto).

Felices chapuzones a las Valentinas… y también a los Valentines.

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