Una condena como un piano de cola contra el hermanísimo de P. S.
A diferencia de aquel PSOE que arribó a municipios y diputaciones en 1979 y del que muchos se hacían cruces de lo raudo que habían aprendido a robar, los sanchistas ya estaban aprendidos cuando presentaron su moción de censura de 2018 contra Rajoy en defensa de la regeneración
Tras las condenas de su fiscal general y de su mano derecha en el Gobierno y en el PSOE, José Luis Ábalos, la sentencia de la Audiencia Provincial de Badajoz contra su hermanísimo, David Sánchez, a 9 años de inhabilitación por prevaricación como beneficiario de una «actividad criminal de despacho, organizada y en una corporación piramidal, fuertemente jerarquizada, de carácter presidencialista» como la Diputación pacense, Pedro Sánchez hunde más en el desprestigio la alta función que desempeña. De no ser periodistas, guardias civiles y jueces que han puesto al trasluz tal oprobio, singularmente Alejandro Entrambasaguas y El Debate, junto a los agentes de la UCO y a la juez Biedma, a los que se ha tratado de destruir decretando su muerte civil, España ya sería irreversiblemente uno de esos reinos de ladrones que refiere San Agustín en La ciudad de Dios.
En este sentido, la sentencia contra quien es carne de su carne debiera provocar la dimisión inmediata de Sánchez al no haber sido posible la comisión de tales delitos por parte del hermanísimo, junto al resto de penados, sin su contribución directa. No le debiera servir de mucho que ayer pusiera rumbo a París huyendo de la quema y de que adopte al frente de un Gobierno cercado por la corrupción un sucedáneo de aquella vieja técnica de autosugestión ideada en su día por el terapeuta francés Émile Coué. Basaba en la repetición monocorde del «cada día me siento mejor», dio pie a un memorable artículo de Julio Camba en el que el escritor gallego narra la visita que cursó a su agonizante amigo Manolo, quien no paraba de exclamar «cada día estoy más joven, más fuerte y más sano» con cara de muerto viviente para fallecer a los pocos días del encuentro.
Muchos podrán achacar que, pese a ser un correctivo del tamaño de un piano de cola, el fallo debiera haber entrañado el resarcimiento de lo cobrado a quien le importará una higa tal inhabilitación al poder seguir gozando como hasta ahora de La Moncloa como parada y fonda, luego de empadronarse para burlar al Fisco en una casa portuguesa que no habitó, y no les faltará razón a los que así opinan, hartos de este familismo amoral por parte de los que detentan —sí detentan, no ostentan— la gobernación de España. De hecho, así lo subraya la sentencia, sin actuar en correspondencia al aludir certeramente a este enchufismo para que familiares o amigos cosechen puestos, ascensos o beneficios, ignorando «los principios de igualdad, mérito y capacidad que rigen el acceso a los cargos públicos, la promoción en los mismos o la obtención de ventajas derivadas del ejercicio de funciones administrativas».
Si Ennio Flaiano, el guionista preferido de Fellini, bromeaba con que, en la bandera italiana, debería figurar la divisa: «¡Tengo familia!», tal invocación la ha hecho suya Sánchez por medio de una corrupción sistémica en la que ha antepuesto los lazos de sangre (nepotismo), de amistad (favoritismo) y de militancia (partidismo) a los de la nación, sin importarle mercadear la Presidencia del Gobierno en un acto de corrupción máxima como su simonía con el prófugo Puigdemont. De esta guisa, ha obrado con su consorte, su hermano, quien se orquestó una buena bicoca sin ir a trabajar, y esa panda de compinches con los que ha colonizado instituciones y empresas públicas saqueando el presupuesto.
A diferencia de aquel PSOE que arribó a municipios y diputaciones en 1979 y del que muchos se hacían cruces de lo raudo que habían aprendido a robar, los sanchistas ya estaban aprendidos cuando presentaron su moción de censura de 2018 contra Rajoy en defensa de la regeneración con Ábalos, hoy con 24 años de prisión a cuestas, de mantenedor de aquellos juegos florales. Así, Begoña Gómez pasaba de llevar la contaduría de las saunas paternas a gozar de cátedra extraordinaria, sin ser licenciada, en la Universidad Complutense, y su hermano a coordinar los conservatorios cuya creación «con el objetivo de que el puesto fuera ocupado por David Sánchez, quien en ese momento carecía de trabajo estable».
A este respecto, precisa la Sala que no ha quedado acreditado si tal decisión se realizó con el designio de favorecer a Pedro Sánchez. Ello prueba el éxito que tuvo en ese cometido la cloaca con la asistencia de la Fiscalía General, cuyo número dos, el inhabilitado García Ortiz, ordenó que se archivara la denuncia contra la fontanera Leire Díez por espiar a la magistrada Beatriz Biedma, instructora del sumario, y del DAO de Guardia Civil, Manuel Llamas, quien amonestó al analista de la UCO que mencionó el correo de la esposa del presidente en un informe dirigido a la instructora.
En pleno «caso Juan Guerra», el cantaor Beni de Cádiz lo explicaba con su «estilito y agrado» de guasón: «Si yo tengo que ponerle un despachito a alguien, ¿a quién mejor que a mi propia sangre? Si mi hermano Amós fuera cardenal de Sevilla, haría lo mismo, o sea, me diría: «Beni, hermano mío, ve a la Catedral y manga los cuadros que puedas, pero no te lleves el greco por tu madre, que va a dar el cante». Y eso es lo que ha acontecido con la pareja y el hermano de Sánchez. Como suele reiterar Miriam González, esposa del viceprimer ministro Nick Clegg, a ella la hubieran quemado viva en Trafalgar Square y su pareja hubiera dimitido. Empero, Sánchez se sirve de un partido al que, en su servidumbre, no necesita explicitarle el juramento que Calígula impuso a sus senadores: «No valoraré mi vida ni la de mis hijos más que la del Emperador o la de su hermana Drusila».
Para un mentiroso compulsivo como Sánchez, lo peor que le podía sobrevenirle es ser llamado como testigo al no poder hacer lo que mejor sabe: mentir. Como testigo de cargo contra sí mismo, se volvería como un bumerán contra él aquello que le soltó a Rajoy en 2017 cuando su antecesor depuso en el 'caso Gürtel'. «Su imagen declarando en la Audiencia Nacional –aseveró– quedará para siempre en la retina de los españoles, una imagen que resume seis años de un gobierno irresponsable ante la corrupción. Señor Rajoy, presente su dimisión ante el Rey (…) Un presidente debe ser un referente moral y usted no lo es».
Pese a estos antecedentes, Sánchez no consiente el escrutinio de la Justicia, del Parlamento y de la Prensa en una estrategia parangonable a la de Berlusconi como primer ministro italiano, que cortó de raíz el Tribunal Constitucional trasalpino (nada que ver con Conde-Pumpido) al anular el «laudo Alfano» (ministro de Justicia) por el que se autoconcedía un escudo inmunitario esgrimiendo que «la ley puede ser igual para todos, pero no su aplicación», por no ser un primus inter pares, sino un primus supra pares por su victoria en las urnas.
En un artículo titulado El enemigo de la prensa, el escritor Umberto Eco exponía por aquellas fechas que, en las democracias robustas, no hacía falta defenderlas porque a nadie se le ocurría limitarlas, pero sí advertida de que la historia era rica en aventureros con nulo sentido del Estado, pero altísimo de sus intereses proclives a instaurar un poder personal sobre parlamentos, magistraturas y constituciones con favores a cortesanos, si bien no siempre lo culminaron al no transigir la gente. No obstante, se preguntaba qué sucedería cuando la sociedad permitiera que un autócrata dictara leyes para ser inmune e impune, tapando la boca a la prensa. Por eso, Eco entendía que debía persistir en su lucha para poder decir un día que supo decir «no». Justo lo que ha hecho la Prensa, la Guardia Civil y la Justicia (o al menos un parte de ellas) para estar a la altura de la encrucijada que atraviesa España.