El saqueo de Amberes en una obra del siglo XVI

El saqueo de Amberes en una obra del siglo XVI

Más allá del Mundial: cómo Francia se convirtió en el gran altavoz de la Leyenda Negra contra España

Portugal, Bélgica y ahora Francia. El Mundial está reviviendo, partido a partido, algunos de los capítulos más decisivos de la historia de España a través de adversarios que ya lo fueron siglos antes sobre los campos de batalla

Parece que este Mundial se ha empeñado en hacer recorrer a España algunos de los episodios más apasionantes de su propia historia y esto, además de resultar una coincidencia muy simpática, quizás sirva para dar difusión a nuestra historia y a su glorioso pasado, ese que los propios españoles parecemos olvidar.

Las redes sociales, tan poco útiles para algunas cosas, están sirviendo, en forma de memes, para hacernos un buen recorrido. Primero fue Portugal, el país vecino con el que compartimos mucho más que una frontera y una eterna rivalidad futbolística, porque durante sesenta años, entre 1580 y 1640, españoles y portugueses vivieron bajo una misma Monarquía y un mismo soberano gobernó un imperio que se extendía por Europa, América, África y Asia.

Después llegó Bélgica, nombre moderno de una parte de aquellos Países Bajos en los que Felipe II tuvo que enfrentarse a una rebelión que puso a prueba la fortaleza de la Monarquía Hispánica y donde el duque de Alba escribió algunas de las páginas más controvertidas, pero también más decisivas, de su carrera militar.

Superados portugueses y belgas, ahora toca Francia. Y quizá no exista un adversario que simbolice mejor la larga lucha por la supremacía europea que mantuvo España durante los siglos en los que fue la potencia dominante del continente. Antes de que ambas selecciones disputaran partidos de fútbol, franceses y españoles se habían enfrentado por Italia, Flandes, Navarra, el Mediterráneo y el control político de Europa. También lo hicieron por algo menos visible, pero no menos importante: la interpretación de la historia.

Porque Francia no fue únicamente uno de los principales rivales militares de la Monarquía Hispánica. Durante los siglos XVIII y XIX se convirtió, además, en uno de los grandes centros desde los que se difundió una imagen de España asociada al fanatismo religioso, la intolerancia, la crueldad, la ignorancia y el atraso. La leyenda negra suele relacionarse casi exclusivamente con la propaganda protestante de Inglaterra y los Países Bajos, con nombres como John Foxe o Guillermo de Orange, pero su permanencia en la cultura europea difícilmente puede explicarse sin atender a la aportación francesa.

Los pensadores de la Ilustración transformaron antiguas acusaciones nacidas de las guerras religiosas y políticas del siglo XVI en un juicio general sobre el carácter y la historia de España. Montesquieu, Voltaire, Diderot, Raynal y otros autores presentaron con frecuencia a la Monarquía Católica como la antítesis del progreso, la razón y la libertad que ellos decían encarnar. La conquista de América, la Inquisición, la expulsión de los judíos o la decadencia política española fueron reinterpretadas como pruebas de una supuesta anomalía nacional que habría condenado al país al atraso.

Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid , Francisco Ricci

Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid , Francisco Ricci

Aquella visión tuvo una enorme capacidad de penetración porque Francia se convirtió en el siglo XVIII en el gran referente cultural de Europa. Su lengua era la de las cortes, la diplomacia y las élites ilustradas; sus libros circulaban por todo el continente y sus categorías intelectuales terminaron siendo asumidas incluso por numerosos autores españoles.

La propaganda dejó así de parecer propaganda y adquirió la apariencia de un análisis desapasionado y universal. Francia no inventó todos los materiales de la leyenda negra, pero contribuyó decisivamente a secularizarlos, ordenarlos y convertirlos en una explicación aparentemente racional de la historia española.

Sin embargo, para comprender el origen de aquella hostilidad hay que retroceder al siglo XVI, cuando Francia y la Monarquía Hispánica protagonizaron una pugna casi ininterrumpida por la hegemonía europea. El primer gran duelo estuvo encarnado por dos monarcas de personalidades formidables: Carlos I de España y V del Sacro Imperio y Francisco I de Francia.

Ambos eran jóvenes, ambiciosos y estaban convencidos de que les correspondía desempeñar un papel principal en Europa. La elección imperial de 1519 los convirtió en adversarios directos. Francisco I aspiraba a la corona del Sacro Imperio, pero los electores se decantaron finalmente por Carlos, que reunía ya bajo su autoridad una extraordinaria acumulación de territorios: los reinos hispánicos, las posesiones americanas, los Países Bajos, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y los dominios hereditarios de los Habsburgo.

Francia quedó prácticamente rodeada por los territorios de Carlos V. Al norte estaban los Países Bajos; al este, el Imperio; al sur, España, y, en Italia, los intereses de ambos soberanos chocaban de forma constante. El control del ducado de Milán era especialmente importante porque permitía comunicar las posesiones italianas de la Monarquía con el centro de Europa. Para Francisco I, impedir que Carlos consolidara aquel corredor constituía una cuestión de supervivencia política.

Las llamadas guerras de Italia se transformaron así en el gran campo de batalla entre ambos monarcas. El episodio más célebre fue la batalla de Pavía, librada el 24 de febrero de 1525, cuando el ejército imperial derrotó de forma contundente a las tropas francesas y capturó al propio Francisco I.

El rey fue trasladado a Madrid y obligado a firmar en 1526 un tratado por el que renunciaba, entre otras pretensiones, a sus derechos sobre Milán, Nápoles y Flandes. Apenas recuperó la libertad, sin embargo, declaró que había aceptado aquellas condiciones bajo coacción y volvió a combatir contra Carlos.

La rivalidad llegó a extremos que muestran hasta qué punto la política pesaba más que las afinidades religiosas. Francisco I, rey cristianísimo de Francia, no dudó en aliarse con los príncipes protestantes alemanes e incluso con el Imperio otomano de Solimán el Magnífico para debilitar al emperador. Carlos V, que se presentaba como defensor de la unidad de la cristiandad, tuvo que combatir simultáneamente contra Francia, los turcos y quienes cuestionaban su autoridad dentro del Imperio.

San Quintín

San QuintínFerrer-Dalmau

Las guerras no concluyeron con la abdicación de Carlos V. Felipe II heredó de su padre la Monarquía Hispánica y también la rivalidad con Francia, entonces gobernada por Enrique II, hijo de Francisco I. El enfrentamiento volvió a trasladarse a Italia y a la frontera de los Países Bajos. En 1557, las tropas de Felipe II obtuvieron una victoria decisiva en San Quintín, en el norte de Francia, y al año siguiente volvieron a imponerse en Gravelinas.

Francia estaba exhausta. Después de décadas de guerras, sus recursos financieros se encontraban al límite, mientras que Enrique II debía hacer frente al crecimiento de las tensiones religiosas entre católicos y hugonotes. Felipe II, por su parte, también necesitaba cerrar aquel frente para concentrarse en otros desafíos de una Monarquía inmensa y costosa. De esa necesidad compartida nació la Paz de Cateau-Cambrésis, firmada en abril de 1559.

Paz de Cateau-Cambrésis

Paz de Cateau-Cambrésis

El acuerdo puso fin a más de medio siglo de guerras italianas y confirmó la supremacía española en Europa occidental. Francia renunció a sus pretensiones sobre Milán y Nápoles, mientras que la Monarquía Hispánica consolidó su dominio sobre buena parte de Italia, pieza fundamental de su sistema político y militar. España devolvió algunas plazas ocupadas en territorio francés y se concertaron dos matrimonios destinados a sellar la reconciliación, entre ellos el de Felipe II con Isabel de Valois, hija de Enrique II.

Cateau-Cambrésis fue mucho más que el final de una guerra. Marcó el reconocimiento internacional de la hegemonía de Felipe II y abrió una etapa en la que Francia, debilitada además por sus guerras de religión, dejó temporalmente de disputar a España el liderazgo continental. La influencia española en Italia quedó asegurada durante más de un siglo y la Monarquía Hispánica pudo concentrar su atención en el Mediterráneo, los Países Bajos y la defensa de sus territorios ultramarinos.

Pero las rivalidades entre las grandes potencias rara vez desaparecen con una firma. Francia volvería a enfrentarse a España y, con el paso del tiempo, encontraría en las ideas y la cultura un campo de batalla tan eficaz como los territorios italianos. Allí donde sus ejércitos no siempre habían logrado imponerse, sus escritores consiguieron fijar una imagen de España que sobrevivió durante generaciones.

Este martes, cuando españoles y franceses vuelvan a enfrentarse, el escenario será mucho más pacífico y el premio no será Milán, Nápoles ni la hegemonía en Europa, sino una plaza en la final del Mundial. Aun así, resulta difícil no pensar que el campeonato está recorriendo, partido a partido, el mapa sentimental de la antigua Monarquía Hispánica.

Austria, Portugal, Bélgica y ahora Francia: cuatro adversarios deportivos que, mucho antes de que existiera el fútbol, ya ocupaban un lugar central en la historia de España.

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