Las sombras de William Golding: el lado oscuro del autor de 'El señor de las moscas'
Hay personas a las que fotografiamos; otras terminan fotografiándonos a nosotros. William Golding pertenecía a la segunda categoría
William Golding retratado por Fernando Quintela
Le faltaba un año para morir, aunque bajo su apariencia de Papá Noel avejentado se escondiese un hombre duro y, a veces, rudo.
Sucedió en Asturias, porque a William Golding lo iban a hacer doctor honoris causa por la Universidad de Oviedo, un reconocimiento más que ya se quedaba pequeño desde que recibió el Premio Nobel de Literatura. Arrancaba el verano de 1992.
Es probable que su nombre ni siquiera les suene a las generaciones más jóvenes; tampoco su cara tan particular, pero seguro que conocen su obra maestra, su primera novela, no porque la hayan leído, sino porque ha sido llevada al cine en más de una ocasión. Hablamos de la mítica y misteriosa El señor de las moscas.
La fotografía tampoco intenta explicar su legado; apenas muestra medio rostro. El resto desaparece bajo una oscuridad casi absoluta. La luz entra lateralmente, acaricia la mirada, recorre la barba y modela las arrugas sin llegar nunca a conquistar del todo la sombra. No es un retrato pensado para identificar a un escritor famoso. Es un retrato construido para sugerir que, en todo ser humano, siempre existe una parte que permanece oculta.
Y quizá nadie escribió mejor sobre esa oscuridad que William Golding.
Había leído El señor de las moscas pocos días antes. Casi por obligación profesional, porque creo que un fotógrafo debe conocer, aunque sea poco, a la persona que va a retratar. La complicidad nunca nace desde el disparador. Empieza mucho antes, cuando existe un interés sincero por quien tienes delante. La complicidad está siempre presente en la vida; sin ella parece no haber nada, como si se facilitase el fallo en cualquier intento de comunicación.
Golding me esperaba con una copa. Nunca he sabido si era ginebra, whisky o ron. Yo pedí un vodka con limón y comenzamos a hablar antes de que llegara el entrevistador. Esos minutos previos siempre me han parecido los más valiosos. Ahí desaparece el personaje y empieza a asomar la persona. Me preguntó mi opinión sobre El señor de las moscas, ya que yo había roto el hielo por ahí.
Entonces me hizo una pregunta: «¿Quién serías tú en el grupo?». Respondí que yo sería Piggy, porque siempre había sentido una extraña empatía por los personajes que intentan mantener la razón cuando todos los demás han decidido abandonarla.
Piggy, en la novela, es objeto de burla por parte del resto debido a su físico y se muestra inseguro ante la falta de una figura de autoridad. En la isla en la que «cae» el grupo de la novela solamente hay menores, por lo que tienen que crear su propio ecosistema de vida, que al final acaba en muerte y caos.
Cuando le dije que sería Piggy, me miró con lentitud y me dijo que yo ya no era tan joven –tenía 24 años–. No contesté, porque no sabía qué decir, y volvió a preguntarme si vivía solo o dependía de alguien. Le contesté que vivía solo desde hacía ya algunos años. Y con su respuesta terminó la conversación, porque apareció el redactor: «No puedes ser Piggy; tú diriges tu vida», me contestó.
La conversación terminó ahí, pero la fotografía ya estaba hecha. No cuando apreté el disparador, sino mucho antes.
Susan Sontag escribió que «fotografiar es conferir importancia». Tenía razón. Pero un retrato va todavía más lejos. No consiste únicamente en decidir quién merece ser fotografiado. Consiste en descubrir qué parte de esa persona merece permanecer cuando desaparecen las palabras.
Desde el punto de vista de la composición, la imagen trabaja precisamente sobre esa idea. Golding ocupa apenas el extremo izquierdo del encuadre. Todo lo demás es un inmenso espacio vacío. Ese vacío no sobra. Al contrario. Obliga al espectador a convivir con el silencio del personaje. La luz lateral esculpe el perfil mientras la oscuridad engulle el resto del rostro. La fotografía no pretende describir físicamente al escritor. Intenta representar visualmente el conflicto moral que atraviesa toda su obra.
No es casual. El señor de las moscas parte de una pregunta tan sencilla como dura: ¿qué ocurre cuando desaparece la autoridad y el ser humano queda solo frente a sí mismo?
Golding no escribía sobre monstruos imaginarios. Escribía sobre una oscuridad que intuía dentro de sí mismo
Durante décadas, Golding sostuvo que la barbarie no era una excepción de la historia, sino una posibilidad permanente de nuestra naturaleza. Muchos interpretaron esa idea como una metáfora literaria, pero con el paso del tiempo adquirió un significado más incómodo. Años después de su muerte salieron a la luz sus diarios personales.
En ellos confesaba haber intentado agredir sexualmente a una adolescente cuando era joven y describía aspectos profundamente perturbadores de su propio carácter. Aquellas revelaciones no invalidaban su literatura; la hacían todavía más inquietante. Golding no escribía sobre monstruos imaginarios. Escribía sobre una oscuridad que intuía dentro de sí mismo. Algo tan frecuente como tabú, un asunto difícil de abordar en este siglo XXI.
Quizá por eso este retrato funciona: porque la luz nunca consigue vencer del todo a la sombra.
Trent Parke, fotógrafo australiano, ha construido buena parte de su obra sobre esa misma tensión. Sus fotografías no utilizan el blanco y negro como una decisión estética, sino emocional. La luz extrema y los negros profundos convierten el silencio en un protagonista más de la imagen. Aquí ocurre algo parecido. No contemplamos únicamente a un premio Nobel. Contemplamos a un hombre encerrado en sus propios pensamientos.
La norteamericana Mary Ellen Mark defendía que la cámara era una herramienta para escuchar, generar confianza y contar historias con dignidad. Esa idea explica mejor que ninguna otra lo que intento buscar cada vez que retrato a alguien. La fotografía nunca debería arrancar una verdad. Debería esperar a que la verdad decidiera aparecer.
Hoy, más de treinta años después, sigo pensando muchas veces en aquella pregunta: «¿Quién serías tú en el grupo?». Y sigo respondiendo lo mismo: sería Piggy, aunque ahora añadiría algo más. Si volviera a encontrarme con William Golding, ya no hablaríamos de Ralph, Jack o Piggy.
Hablaríamos de esa mitad del rostro que la luz nunca consiguió iluminar. No le hablaría de los personajes de su primera novela, sino de esa parte extraña y oscura que viene a confirmar rasgos de su carácter y que seguramente motivó el argumento de El señor de las moscas.
Porque hay fotografías que retratan a una persona. Y otras que terminan revelando aquello que ni siquiera su protagonista habría querido enseñar.