Batalla de Jemmingen, por Frans Hogenberg
El otro España-Bélgica: la batalla en la que el duque de Alba cambió la historia de Europa
El ejército de Felipe II derrotó en Jemmingen a las tropas de Luis de Nassau en una de las mayores victorias de los Tercios. Aquella campaña; sin embargo, marcó también el nacimiento de la imagen del duque de Alba como el «carnicero de Flandes», uno de los grandes mitos de la Leyenda Negra
La niebla todavía cubría las orillas del río Ems cuando comenzó a escucharse un rumor sordo, primero lejano y después cada vez más cercano. No eran truenos, sino miles de botas golpeando la tierra al mismo compás. Poco a poco, como si surgieran de la propia bruma, fueron apareciendo las primeras picas.
Después, los estandartes con la cruz de Borgoña. Más atrás, los arcabuceros y la artillería. Ningún hombre rompía la formación, ninguna voz sobresalía sobre las demás. Aquel ejército avanzaba con la precisión de un mecanismo perfecto.
Era el 21 de julio de 1568. En apenas unas horas, las tropas rebeldes de Luis de Nassau, hermano de Guillermo de Orange, serían barridas en la batalla de Jemmingen. Al frente del ejército de la Monarquía Hispánica cabalgaba un hombre de gesto impenetrable que no necesitaba espolear a su caballo ni desenvainar la espada para imponer autoridad. Bastaba su presencia.
Luis de Nassau, por Adriaen Thomasz Key
Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III duque de Alba, contemplaba el horizonte con la serenidad de quien había aprendido mucho tiempo atrás que el miedo nunca desaparece; simplemente cambia de bando.
Sus soldados le seguían porque sabían que jamás les ordenaría avanzar hacia un lugar donde él no estuviera dispuesto a hacerlo primero. Sus enemigos le temían porque conocían de sobra su reputación.
Durante décadas, aquel castellano austero, parco en palabras y de voluntad inquebrantable, había derrotado a algunos de los mejores ejércitos de Europa hasta convertirse en el militar más respetado —y también más temido— de su tiempo.
No era un capitán cualquiera. Era el hombre de máxima confianza de Felipe II, el general al que el rey recurría cuando la autoridad de la Corona estaba en juego. Había combatido junto a Carlos V en Italia, Alemania, Francia y el norte de África, y acumulaba una experiencia militar que muy pocos hombres de su generación podían igualar. No dirigía la guerra desde la seguridad de un palacio.
Compartía con sus soldados las marchas interminables, el barro de los caminos y las penalidades de las campañas. Sabía que los ejércitos no vencían únicamente por el valor de quienes empuñaban las armas, sino por la disciplina que eran capaces de mantener cuando todo invitaba a romper filas. Felipe II no buscaba un negociador ni un político; necesitaba al militar que nunca había fallado cuando la Monarquía atravesaba una situación crítica. Por eso recurrió al duque de Alba.
Importa hacer un inciso en un detalle que suele inducir a error. Los Países Bajos del siglo XVI no eran los actuales Países Bajos ni la Bélgica que hoy conocemos. Formaban un complejo mosaico de diecisiete provincias que se extendía por territorios de ambos Estados actuales, además de Luxemburgo y parte del norte de Francia. Aquella región, una de las más ricas, urbanizadas y prósperas de Europa, constituía una pieza esencial dentro de la Monarquía Hispánica.
Pero también era uno de sus territorios más difíciles de gobernar. La expansión del calvinismo, el creciente descontento de parte de la nobleza local y la Furia Iconoclasta de 1566, durante la cual centenares de iglesias y monasterios fueron saqueados y destruidos, convencieron a Felipe II de que la negociación había llegado a su límite.
En agosto de 1567, decidió enviar al duque de Alba al frente de unos diez mil veteranos que recorrieron el llamado Camino Español, una extraordinaria ruta logística que unía el Milanesado con los Países Bajos atravesando media Europa y que durante décadas permitió abastecer y reforzar los ejércitos de la Monarquía.
Su misión era restaurar la autoridad del rey. Lo hizo con la firmeza que había caracterizado toda su carrera. Instituyó el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los responsables de la rebelión —rebautizado muy pronto por sus enemigos como el «Tribunal de la Sangre»— y, en el terreno militar, obtuvo dos victorias decisivas en los primeros compases de la Guerra de los Ochenta Años.
En Jemmingen derrotó de manera incontestable a Luis de Nassau y, pocos meses después, obligó a Guillermo de Orange a retirarse tras la batalla de Jodoigne. Durante un breve tiempo, pareció que la rebelión había quedado sofocada. Pero la guerra no había hecho más que empezar.
Este 10 de julio, España y Bélgica volverán a verse las caras. Lo harán sobre un terreno de juego, con once futbolistas por equipo y millones de espectadores pendientes del marcador. La comparación, naturalmente, tiene sus límites.
La Bélgica actual no existía en tiempos de Felipe II y aquellos Países Bajos eran una realidad política muy distinta de la que hoy conocemos. Sin embargo, buena parte de su territorio fue el escenario donde la Monarquía Hispánica libró una de las guerras más largas y trascendentales de su historia.
Fue allí donde el duque de Alba escribió algunas de las páginas más brillantes de su carrera militar y también donde comenzó a forjarse la leyenda que lo acompañaría durante siglos. Porque pocas figuras encarnan mejor la paradoja de la historia de España: mientras sus ejércitos cosechaban victorias sobre el campo de batalla, sus enemigos comprendieron que existía otro frente mucho más decisivo, el de la opinión pública europea.
Guillermo de Orange entendió antes que nadie que una guerra también podía ganarse con palabras. A través de panfletos, libelos, relaciones impresas y grabados difundidos por toda Europa empezó a construirse la imagen del «carnicero de Flandes», un gobernador sanguinario movido únicamente por la crueldad.
Aquella caricatura simplificaba deliberadamente una realidad mucho más compleja, pero resultó extraordinariamente eficaz. Con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en una de las piezas fundamentales sobre las que se edificó la Leyenda Negra española.
Esto no significa que la actuación del duque de Alba estuviera exenta de episodios de extraordinaria dureza. Sería absurdo sostener lo contrario, ya que la represión existió y dejó una profunda huella en aquellas provincias.
Pero también es cierto que la imagen que ha llegado hasta nuestros días fue moldeada por una campaña propagandística sin precedentes que convirtió a un personaje histórico de claroscuros en el símbolo de todos los excesos atribuidos al Imperio español.
Cinco siglos después, Fernando Álvarez de Toledo continúa despertando pasiones encontradas. Para unos representa el paradigma del militar implacable; para otros, uno de los estrategas más brillantes de la Europa moderna. Probablemente ambas afirmaciones contengan parte de verdad.
Lo que resulta mucho más difícil de discutir es que fue uno de los mejores generales de su tiempo y que, paradójicamente, la única batalla que terminó perdiendo fue la que nunca pudo librar con los Tercios: la de la memoria. Y es que las victorias militares pertenecen a una generación; los relatos, en cambio, pueden sobrevivir durante siglos. Y pocos lo demuestran mejor que el duque de Alba.