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Un Capitán de los Tercios. Por Augusto Ferrer Dalmau

Un Capitán de los Tercios. Por Augusto Ferrer Dalmau

Cinco héroes de los Tercios españoles que merecen ser recordados

El Debate rescata las vidas de cinco figuras esenciales, pero poco conocidos de la «temible infantería del ejército de España»

La historia de los Tercios españoles está repleta de soldados y capitanes que, aunque fueron fundamentales para sostener el Imperio, a menudo quedan eclipsados por figuras como el Gran Capitán o Alejandro Farnesio.

Esta «temible infantería del ejército de España» —en palabras del historiador René Quatrefages— dominaría los campos europeos durante más de un siglo y medio. A continuación, El Debate rescata algunas pinceladas —porque cada uno merecería un artículo entero— de las vidas de cinco héroes esenciales, pero poco conocidos.

Juan del Águila

«Señor, conozca Vuestra Majestad a un hombre que nació sin miedo», así se dice que presentaron a Felipe II a Juan del Águila, ilustre capitán de los Tercios de Flandes. Antes de aquel episodio, se había labrado una hoja de servicio intachable en campañas como la toma del Peñón de Vélez de Gomera, el socorro de Malta y Córcega.

En Flandes combatió en Maastricht y Vileborde, ascendió a maestre de campo y tuvo una participación decisiva en el asedio de Amberes y en el milagro de Empel. Conocido ya como «Juan sin miedo», fue enviado después a Francia para auxiliar a la Liga Católica contra los hugonotes.

Retrato de Juan del Águila, realizado por Otto van Veen en 1587

Retrato de Juan del Águila, realizado por Otto van Veen en 1587

Su última gran campaña fue Irlanda, donde desembarcó con 3.000 españoles para apoyar la sublevación contra Inglaterra. La falta de coordinación con los irlandeses frustró la empresa y, de regreso a España —«sin haberse hecho cosa de consideración», llegaron a decir para reprocharle su fracaso—, enfermó sin poder defender su honor en Madrid. Murió en 1605 en su pueblo natal, El Barraco.

Lope de Figueroa

Las gestas de Lope de Figueroa fueron recogidas por Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca. Con apenas 16 años, puso rumbo a Milán para entrar en el Tercio de Lombardía y, con el tiempo, llegó a ser caballero de la Orden de Santiago, miembro del Consejo de Guerra de Felipe II y uno de los grandes mandos militares de su época.

Combatió en Trípoli, Los Gelves, Vélez de la Gomera, Malta, Flandes, las Alpujarras y Lepanto. También volvió a Flandes por lealtad a don Juan de Austria: «Su historial es un repertorio de hazañas y su hoja de servicio la constatación de su valor y su lealtad», destaca Juan Orti Pérez, general de brigada de Infantería de Marina retirado, en la Revista de la Armada.

Lope de Figueroa

Lope de Figueroa

Bajo las órdenes de Alejandro Farnesio participó en el asedio y conquista de Maastricht. Entre 1580 y 1583 destacó en la campaña de Portugal, especialmente en la batalla naval de las Azores y en el desembarco de la isla Terceira.

Su tercio, de carácter marítimo y reforzado con hombres como Miguel de Cervantes, fue considerado uno de los mejores de su tiempo. Murió el 28 de agosto de 1585, tras una vida dedicada a las armas, al rey y a España.

Francisco de Cuéllar

«Yo me escapé de la mar y de estos enemigos por encomendarme muy de veras a Nuestro Señor y a la Virgen Santísima, madre suya, con trescientos y tantos soldados que también se supieron guardar y venir nadando a tierra, con los cuales pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, pasando más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos», dejó por escrito Francisco de Cuéllar, superviviente del naufragio de la Gran Armada.

Aunque se conoce poco sobre su vida antes de aquel episodio, se sabe que se enroló en la Armada de Felipe II desde joven, que luchó contra los franceses en Brasil y en la batalla de la isla Terceira en 1582.

Cuéllar fue capitán del San Pedro Mayor, una de las embarcaciones del escuadrón de Castilla. Sin embargo, tras el fracaso de la expedición, el barco en el que iba a bordo encalló en las costas del condado de Sligo, en Irlanda, debido a los fuertes temporales. Fue un 21 de septiembre de 1588.

Pedro Luis Chinchilla, quien trabaja por recuperar la memoria de los prisioneros de la Armada Invencible, indica que, durante meses, Cuéllar caminó para ponerse a salvo y que por su ruta pasó duras penurias: fue reducido a la esclavitud temporal por un herrero hasta que fue rescatado por un cacique local irlandés llamado Brian O’Rourke, quien proporcionó refugio a varios náufragos españoles, y juntos resistieron asedios de las fuerzas inglesas.

Fernando Corral interpretando al capitán Francisco de Cuéllar en un documental sobre el naufragio de la Armada Invencible

Fernando Corral interpretando al capitán Francisco de Cuéllar en un documental sobre el naufragio de la Armada Invencible

Finalmente, logró embarcar hacia Escocia en un pequeño navío, que desafortunadamente fue nuevamente atacado y hundido, lo que lo forzó a terminar el trayecto por tierra hasta Dunkerque. Tras escribir la famosa carta al rey Felipe II narrando su odisea, y recuperarse de las secuelas de su aventura irlandesa, «volvió a la vida militar, y en 1590 ya andaba por Flandes y el norte de Francia a las órdenes de Alejandro Farnesio», comenta el capitán de corbeta Alfonso Martínez Ferra en la Revista General de Marina.

Alonso de Contreras

Autor de una de las más famosas memorias biográficas de soldados del Siglo de Oro, Alonso de Contreras fue un militar y corsario español cuya vida inspiró a Arturo Pérez-Reverte para escribir a su famoso capitán Alatriste.

Con tan solo catorce años decidió «servir al Rey», tal y como recoge en su biografía. Desde entonces, su hoja de servicio se llenaría de grandes hazañas: comenzó como soldado en Sicilia para luego ascender a alférez en la Armada del Mar Océano.

Alonso de Contreras

Alonso de Contreras

Intentó sin éxito hacer carrera en la Corte, por lo que se retiró al Moncayo para seguir una vida eremita. Allí le sorprendió en 1609 la acusación de encabezar una rebelión morisca. Un año más tarde, pasó a Flandes con los Tercios hasta ser armado caballero de la Orden de Malta, con la que recorrió el Mediterráneo como corsario, según detalla la Real Academia de la Historia (RAH).

Asimismo, participó en el socorro de Rijoles y en la toma de la Mahometa. En 1618 «le fue encomendado el gobierno de uno de los dos bajeles que acudieron al socorro de Puerto Rico, expulsando a los corsarios que infestaban las costas de Cuba y enfrentándose al inglés Walter Raleigh».

De regreso a España, su fama aumentó con su intervención en el socorro a la Mámora en 1621. Dos años después participó en el combate naval cerca de Gibraltar contra navíos holandeses, donde destacó como responsable de la artillería de la nave almiranta.

Más tarde fue gobernador de Pantelaria, sirvió en Roma y Nápoles junto al conde de Monterrey y pasó a Nueva España, donde gobernó los presidios de Cinaloa, fue castellano de San Juan de Ulúa y recibió el nombramiento de sargento mayor.

Probablemente animado por su amigo, Lope de Vega, Contreras amplió su autobiografía con intención literaria. Su vida, marcada por guerras, viajes, naufragios, corsarios y servicios a la Corona, quedó convertida en un testimonio excepcional del soldado español del Siglo de Oro. Como advirtió Antonio Pérez Henares en El Debate, la historia de este hombre «daría para mucho en el cine y la televisión».

Julián Romero

Considerado uno de los soldados «más míticos y carismáticos de Flandes de todo el siglo XVI», Julián Romero empezó su carrera militar como mozo de tambor hasta alcanzar el máximo cargo reservado en la milicia: maestre de campo de los Tercios de Flandes.

Se alistó con 16 años y «su trayectoria militar es la de un soldado que ha conquistado todos los escalones de la fama a fuerza de valor y destreza en los campos de batalla de Europa y que ha conseguido la nobleza por el mérito de las armas más que por la de la sangre», recoge la Real Academia de la Historia (RAH).

Julián Romero

Julián Romero

Aunque de sus primeros años se sabe poco, desarrolló una brillante carrera militar en Italia, Flandes, Inglaterra y el Mediterráneo. Probablemente participó en la toma de Túnez en 1535, en las galeras de Nápoles, a las órdenes de Felipe de Cervellón o de Alonso de Grado. En dicha campaña «se dio a conocer por su valor y arrojo», destaca la RAH.

Más tarde entró al servicio de Enrique VIII de Inglaterra, donde fue armado caballero después de trabajar como mercenario. Sin embargo, regresó al servicio de Carlos V al no querer seguir sirviendo a «herejes». Ya bajo Felipe II, fue nombrado capitán y destacó en la batalla de San Quintín, en 1557, donde fue herido en una pierna y quedó cojo de por vida. Su valor le valió el nombramiento de maestre de campo, así como el hábito de Santiago y distintas encomiendas.

Pero su etapa más importante transcurrió en Flandes, donde combatió bajo las órdenes del duque de Alba y participó en campañas decisivas contra Luis de Nassau y Guillermo de Orange. Estuvo presente en Mons, Malinas, Zutphen, Naarden y Haarlem, ciudad en cuyo asedio perdió un ojo por un arcabuzazo.

Pese a sus heridas —cojo, manco y tuerto—, conservó un enorme prestigio militar y político entre los mandos españoles. Tras el fracaso de la pacificación de los Países Bajos, fue designado maestre de campo general para conducir de nuevo los tercios desde Italia a Flandes, pero murió sobre su caballo antes de llegar a destino. Su fama fue inmediata: Lope de Vega le dedicó una obra de teatro, El Greco lo retrató y los cronistas de su tiempo lo recordaron como símbolo del soldado español del Siglo de Oro.

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