Imagen del primer real de a ocho acuñado en América en el siglo XVI

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El dinero de La Habana que ayudó a nacer al país más poderoso del mundo

Tenemos una gran y gloriosa historia como nación que tuvo que ver en la construcción de numerosos países, incluido, claro está, el que ahora es el más poderoso del mundo

Cada 4 de julio Estados Unidos celebra el nacimiento de su nación. Hace ahora 250 años, el Segundo Congreso Continental aprobó la Declaración de Independencia y las trece colonias británicas –Massachusetts, Nueva Hampshire, Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia– rompieron formalmente sus vínculos con la Corona británica. Aquella fecha ocupa un lugar central en la memoria nacional estadounidense.

Sin embargo, existe un capítulo mucho menos conocido: el decisivo papel que desempeñó España para que aquella independencia pudiera hacerse realidad. Tenemos una gran y gloriosa historia como nación que tuvo que ver en la construcción de numerosos países, incluido, claro está, el que ahora es el más poderoso del mundo, que no se entendería sin la historia de España.

La ayuda resulta históricamente paradójica, ya que la monarquía de Carlos III no era precisamente una defensora de las ideas revolucionarias que inspiraban a los colonos. Al contrario, contemplaba con preocupación cualquier movimiento que cuestionara la autoridad de un rey.

Pero la política internacional rara vez se mueve por afinidades ideológicas; suele hacerlo por intereses estratégicos, y esto es una constante en la historia de las naciones.

Para comprender por qué España terminó apoyando la independencia de Estados Unidos hay que retroceder unos años. Entre 1756 y 1763 Europa se vio envuelta en la Guerra de los Siete Años, considerada por muchos historiadores la primera guerra verdaderamente mundial. El conflicto enfrentó a Gran Bretaña y Prusia contra Francia, Austria, Rusia y, desde 1761, España.

Carlos III decidió entrar en la contienda tras firmar el Tercer Pacto de Familia con la monarquía francesa, convencido de que era necesario frenar la creciente hegemonía británica sobre los mares y el comercio internacional.

La guerra resultó especialmente costosa para la Monarquía Hispánica. El intento de invadir Portugal, aliado tradicional de Gran Bretaña, terminó en fracaso, mientras que la Royal Navy asestó dos golpes de enorme impacto al apoderarse de La Habana y Manila en 1762, dos enclaves estratégicos del imperio español.

El Tratado de París de 1763 permitió recuperar ambas ciudades, pero a un precio muy elevado: España tuvo que ceder Florida a los británicos. Como compensación, Francia entregó a Carlos III la Luisiana, situada al oeste del río Misisipi. Aquella experiencia dejó una profunda huella en la política exterior española. Cuando estalló la rebelión de las colonias norteamericanas apenas trece años después, debilitar a Gran Bretaña y recuperar el equilibrio de poder en el Atlántico se convirtió en una prioridad estratégica para Madrid.

La ayuda española comenzó mucho antes de que se declarara la guerra. Aunque oficialmente la Corona mantenía la neutralidad, desde la Luisiana española se organizó una eficaz red de suministros para hacer llegar armas, pólvora, uniformes, medicinas y dinero a los insurgentes.

Luis de Unzaga y Amezaga

Luis de Unzaga y AmezagaReal Academia de la Historia

Uno de los principales artífices de aquella operación fue Luis de Unzaga y Amézaga, gobernador de la Luisiana entre 1770 y 1777, que autorizó el envío clandestino de material militar a través del río Misisipi desde Nueva Orleans. Junto al comerciante Oliver Pollock, aquella red logística permitió abastecer a las tropas de George Washington cuando los recursos escaseaban.

En 1779 España decidió intervenir directamente. Lo hizo como aliada de Francia, aunque nunca llegó a reconocer oficialmente la independencia de las colonias. Su objetivo seguía siendo derrotar a Inglaterra. Aquella decisión abrió un nuevo frente que obligó al Ejército británico a dispersar tropas y recursos por buena parte del continente americano.

El gran protagonista de aquella campaña fue Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española. En apenas dos años conquistó Baton Rouge, Natchez, Mobile y, finalmente, Pensacola, la principal base británica en la Florida Occidental.

Con aquellas victorias eliminó la presencia inglesa en el golfo de México e impidió que los británicos pudieran atacar a los rebeldes desde el sur. Su éxito fue tal que Carlos III autorizó a Gálvez a incorporar a su escudo el lema «Yo solo», en recuerdo del audaz asalto con el que encabezó la entrada en la bahía de Pensacola.

George Washington reconocería después la enorme importancia de aquella campaña para el desarrollo de la guerra.

Pero la contribución española fue mucho más allá de las victorias militares. La independencia estadounidense también se ganó con dinero. En 1781, cuando se preparaba la operación decisiva contra las tropas británicas de lord Cornwallis en Yorktown, la escuadra francesa del almirante De Grasse necesitaba financiación urgente para mantenerse en campaña.

La respuesta llegó desde La Habana. Comerciantes, funcionarios y vecinos de la ciudad reunieron en apenas unas horas cientos de miles de pesos que permitieron sostener la ofensiva. Aquel dinero salido de Cuba contribuyó a financiar la campaña que terminaría sellando la derrota británica en Yorktown.

La victoria obligó finalmente a Londres a negociar. En el Tratado de París de 1783 Gran Bretaña reconoció la independencia de Estados Unidos. España recuperó Florida Oriental y Occidental, así como la isla de Menorca, aunque no consiguió uno de sus grandes objetivos estratégicos: Gibraltar permaneció bajo soberanía británica (lo estaba desde 1713, en virtud del Tratado de Utrecht… y lo sigue estando).

Imagen de John Ogilby que muestra en 1671 la Florida, entonces española

Imagen de John Ogilby que muestra en 1671 la Florida, entonces española

A pesar de todo ello, la memoria histórica estadounidense terminó reservando un lugar mucho más destacado a la ayuda francesa. El nombre del marqués de Lafayette es conocido por prácticamente cualquier estudiante norteamericano.

En cambio, Bernardo de Gálvez sigue siendo un personaje relativamente desconocido fuera de algunos estados del sur, pese a que en 2014 fue declarado Ciudadano Honorario de Estados Unidos, una distinción concedida a muy pocas personas a lo largo de la historia del país.

Las razones son diversas. Francia apoyó abiertamente la causa independentista e incorporó aquel episodio a su propio relato nacional. España, en cambio, actuó movida por intereses geopolíticos más que por afinidad con las ideas ilustradas que inspiraban a los revolucionarios.

A ello se sumaron las tensiones posteriores entre ambos países y el predominio de una historiografía anglosajona que terminó relegando la participación española a un segundo plano. Nada nuevo en la historiografía británica, por otra parte.

Sin embargo, los hechos son difíciles de discutir. España abrió un frente militar decisivo en el sur, suministró armas y municiones cuando los rebeldes apenas podían sostener la guerra, aportó recursos económicos fundamentales y obligó a Gran Bretaña a combatir simultáneamente en escenarios muy distintos.

La independencia de Estados Unidos fue el resultado de una compleja coalición internacional en la que la Monarquía Hispánica desempeñó un papel mucho más importante del que suele reconocerse.

La independencia de Estados Unidos no se escribió únicamente en Filadelfia, Boston o Yorktown. También pasó por Nueva Orleans, La Habana, Pensacola y Madrid. Durante demasiado tiempo esa parte de la historia ha permanecido en segundo plano.

Cuando se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia, merece recuperar el lugar que le corresponde. No para sustituir a otros protagonistas, sino para completar un relato que, sin España, siempre ha estado incompleto. Es tiempo de reclamar nuestro protagonismo y aquellas acciones que miles de hombres, por amor a su patria, llevaron a cabo.

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