Antonio Ruiz Benítez

La deuda histórica que Estados Unidos aún no ha saldado con España

A pesar de su importancia estratégica y su generosidad, la trascendente ayuda española ha sido ignorada y silenciada en la historiografía española e internacional

Madrid

Washington cruza el Delaware por Emanuel Leutze

Washington cruza el Delaware por Emanuel Leutze

Este 4 de julio se cumplirán 250 años de la independencia de los Estados Unidos de América. A pesar de que España contribuyó a ella de forma decisiva, su aportación no se ha visto refrendada con el debido reconocimiento histórico.

En junio del año 2022, Joe Biden, entonces presidente de la nación americana, durante su visita de Estado a España, pronunció la siguiente frase: «Dicen que no hubiéramos sido un país independiente sin vosotros», en la que ponía de manifiesto, aunque de forma timorata y meramente diplomática, la enorme importancia que la ayuda española supuso para la independencia del país norteamericano.

El dominio colonial británico sobre Norteamérica se había iniciado a principios del siglo XVII con la fundación de las primeras ciudades en la costa este, precisamente para evitar su ocupación por parte de la potencia hegemónica entonces, España. En apenas cien años transcurridos desde entonces, ya gozaban de una floreciente red de colonias a lo largo de la costa atlántica, entre el Canadá francés y la Florida española.

Los colonos norteamericanos gozaban de un elevado nivel de autonomía política y económica, circunstancia que cambió radicalmente a raíz de la guerra de los Siete Años. Este conflicto estalló en 1756, siendo los dos oponentes principales Francia y Gran Bretaña, pero implicó a la mayoría de las grandes potencias de la época, incluida España a partir de 1761, para obtener, entre otros objetivos, la supremacía colonial en América del Norte y la India.

La guerra finalizó con el Tratado de París entre Francia, España y Gran Bretaña, firmado el 10 de febrero de 1763, por el que España entregaba la Florida, la Colonia del Sacramento, Pensacola y las tierras ribereñas del Misisipi a Gran Bretaña y recibía de esta la Luisiana, la devolución del puerto de La Habana y la ciudad de Manila, ocupada durante la guerra.

El conflicto provocó serios apuros económicos a Inglaterra, por lo que la presión en forma de impuestos aumentó sobre las colonias de ultramar. Además de ello, la necesidad de mantener un ejército permanente que hiciese frente a las agresiones de franceses e indios, así como al contrabando y bandolerismo, agravó la presión fiscal, estallando la situación definitivamente a raíz del denominado «incidente del té» el 16 de diciembre de 1773, cuando colonos norteamericanos disfrazados de indios arrojaron por la borda el cargamento de este producto, considerado básico, de tres barcos atracados en el puerto de Boston, provocando así pérdidas muy elevadas para las ya afectadas arcas reales.

El incidente fue una auténtica protesta política y un acto de rebeldía de los colonos estadounidenses contra la Corona británica. La respuesta inglesa no se hizo esperar, declarando el estado de excepción, lo que, lejos de favorecer el control de la situación, exacerbó aún más los ánimos de los colonos en su oposición al gobierno de Su Majestad.

La situación comenzaba a escapar del control británico, optándose por la vía de la fuerza, lo que significaba, en palabras del rey británico: «Los golpes decidirán si han de ser súbditos del país o independientes». Efectivamente, solo un año después tenían lugar los primeros enfrentamientos entre las tropas inglesas y las incipientes y bisoñas milicias coloniales en Bunker Hill, que se saldó con una sangrienta victoria inglesa.

A partir de entonces, la causa independentista se disparó. En julio de 1776, el Congreso Continental, convertido ya en el gobierno oficioso de las sublevadas colonias, se reunía en Filadelfia, aprobándose la Declaración de Independencia, obra en su mayor parte de Thomas Jefferson, lo que marcó la ruptura definitiva con la metrópoli.

Detalle del primer borrador conocido de Jefferson

Detalle del primer borrador conocido de Jefferson

El naciente ejército norteamericano, constituido en su gran mayoría por artesanos o granjeros, en absoluto familiarizados con la milicia, a diferencia de las disciplinadas e instruidas tropas británicas, pronto se manifestó incapaz de refrendar, por sí mismo, en el campo de batalla, la recién declarada independencia.

A pesar de ello, y bajo la dirección de su comandante en jefe, George Washington, los colonos se hicieron con Nueva York y, tras una serie de combates, lograron derrotar a las tropas británicas en Saratoga (17 de octubre de 1777), donde los británicos sufrieron un humillante descalabro.

Este éxito inicial alentó a los rebeldes, demostrando que los temidos ingleses eran vulnerables, lo que animó a Francia a entrar en el conflicto, ansiosa por vengar la derrota sufrida en la guerra de los Siete Años.

Pese a que España estaba también deseosa de sumarse a las hostilidades, la declaración de guerra de Carlos III a Inglaterra no se produjo, por motivos políticos, hasta 1779. Nuestra nación, con un imperio importante en América, se mostraba recelosa ante la posibilidad de que la mecha del independentismo se propagara a sus posesiones de ultramar. A pesar de ello, ayudó de forma encubierta a los rebeldes de las Trece Colonias casi desde el principio del conflicto mediante apoyo financiero y logístico clandestino. Tras 1779, la ayuda se manifestó de forma abierta mediante campañas militares y sustanciales envíos de dinero.

El recién creado ejército continental norteamericano fue organizado por el comité de suministros de Massachusetts en julio de 1775. Los miembros de dicho comité tenían como socio preferente a Diego de Gardoqui, naviero de Bilbao, al que se dirigieron a finales de 1774 en petición de ayuda. Gardoqui contestó en una carta fechada el 15 de febrero de 1775, en la que se concretaba una ayuda consistente en «300 mosquetes y bayonetas y 600 pares de pistolas».

El 12 de enero de 1776, George Washington manifestaba en nuevas epístolas que «después de la pólvora, la principal deficiencia del Ejército son las armas, mantas y uniformes». Gardoqui envió pólvora en abril de ese año, y probablemente en varias ocasiones más que se conocen por diversos indicios documentales.

En septiembre de 1776, por indicación del conde de Aranda, embajador en París, las cortes española y francesa costearon secretamente el envío de 216 cañones, 30.000 fusiles, tiendas, pólvora, munición y miles de uniformes.

En años posteriores, el rey Carlos III, a través de Gardoqui, organizó el envío de no menos de 13 remesas de armamento, material y equipo, que salieron de Cádiz, La Coruña y Bilbao en barcos españoles y americanos.

Pero a todas estas ayudas hay que añadir otra, ignorada y decisiva. El 6 de septiembre de 1781, un atribulado George Washington escribía que, ante los amotinamientos de varias unidades de su ejército: «Necesito dinero para las tropas, un mes de paga, con la mayor celeridad posible».

Una vez más, España se mostró solidaria y, el 15 de agosto de 1781, la fragata Aigrette partía de Cuba con 700.000 pesos a bordo, repartidos en cincuenta cajas, que llegaron a la bahía de Chesapeake junto con la escuadra francesa el 30 de agosto. El dinero español acalló la rebelión de las tropas norteamericanas y permitió continuar la campaña. Además, el real de a ocho (dólar español) fue moneda oficial en la nueva nación hasta 1857.

Durante los años 1780 y 1783, Carlos III impuso el donativo universal para sostener la guerra contra Gran Bretaña. En América, todos los particulares de todas las castas debían contribuir con dinero y una gran parte de estos caudales provino significativamente del virreinato de Nueva España.

La Iglesia también hubo de contribuir con fondos, hasta tal punto que algunas de sus catedrales, cuyo ejemplo más patente es la de Málaga, quedaron inacabadas porque el dinero que inicialmente iba a ser destinado a ellas fue dirigido a sufragar el apoyo a la incipiente nación norteamericana.

La independencia de los Estados Unidos de América no hubiera sido posible sin la ayuda española. España no solo proporcionó armas, municiones, uniformes, tiendas de campaña, medicamentos, dinero, apoyo logístico, naval y diplomático a los rebeldes contra el dominio británico, sino que importantes líderes militares como Bernardo de Gálvez, gobernador de la provincia de la Luisiana, emprendieron una serie de audaces campañas contra las posesiones británicas a lo largo del curso bajo del Misisipi y la Florida Occidental. Sus victorias en Manchac, Baton Rouge, Mobila y Pensacola fueron decisivas para el final de la contienda en favor de las tropas norteamericanas.

No obstante, a pesar de su importancia estratégica y su generosidad, la trascendente ayuda española ha sido ignorada y silenciada en la historiografía española e internacional. Muestra palpable, una vez más, de la desafortunada interpretación y difusión de nuestro imponente legado histórico.

  • Antonio Ruiz Benítez es General de División (retirado) del Ejército de Tierra español.
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