'Capitulación de Cornwallis en Yorktown', obra de John Trumbull
250 aniversario
¿Fue una buena decisión de España ayudar a la independencia de Estados Unidos?
¿Por qué la ayuda española es mucho más desconocida que la francesa? ¿En qué consistió esa ayuda y por qué fue decisiva? ¿Fue una buena decisión política?
Este 4 de julio de 2026 Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su independencia. Es, por tanto, una buena ocasión para recordar que, sin la generalmente ignorada aportación española, posiblemente las Trece Colonias no hubiesen conseguido convertirse en un Estado independiente.
En este artículo intentaremos contestar a algunas preguntas clave. ¿Por qué la ayuda española es mucho más desconocida que la francesa? ¿En qué consistió esa ayuda y por qué fue decisiva? ¿Fue una buena decisión política?
Viajemos al siglo XVIII, cuando empieza el declive imperial hispano con una cruenta guerra civil, la guerra de Sucesión, un cambio dinástico y una serie de tratados que despojarán a la corona hispana de todos sus territorios europeos, además de Gibraltar y la isla de Menorca. La nueva dinastía borbónica nos obligará a un cambio de alianzas y a los denominados pactos de familia.
De hecho, tras la firma del tercero, España se verá forzada a participar en la parte final de la guerra de los Siete Años, un cruento y largo conflicto internacional (para algunos historiadores, la auténtica Primera Guerra Mundial). En 1762, los británicos ocupan La Habana y Manila, lo que causó una gran preocupación en la corte de Carlos III, y tras el tratado de París del año siguiente España perderá la Florida, aunque recupera las dos importantes ciudades de Cuba y Filipinas y por el tratado de Fontainebleau obtiene la Luisiana, por parte francesa, como compensación. Lo que no va a evitar un general sentimiento de venganza contra Gran Bretaña.
Ya antes de 1776, cuando se produce la primera petición formal de ayuda, algunos españoles como el gobernador de la Luisiana, Luis de Unzaga (por cierto, el primero en usar el término Estados Unidos de América), o el empresario Diego Gardoqui mantenían relaciones con los colonos rebeldes, a quienes entregan, con la aquiescencia de las autoridades españolas, mosquetes, pistolas y suministros. Pero la solicitud formal la hace, en París, una delegación encabezada por Benjamín Franklin al embajador español, el conde de Aranda.
En la corte de Carlos III hubo una gran discusión sobre este apoyo. Por un lado, además del gobernador Unzaga y del conde de Aranda, los partidarios de apoyar al Congreso Continental que representaba a las colonias contaban con un joven y brillante militar malagueño, que sustituiría a Unzaga como gobernador, Bernardo de Gálvez.
Este grupo pensaba que la ayuda debilitaría la presión de Gran Bretaña, con quien se compartía frontera en Canadá, la línea continental del Misisipi, Florida, Centroamérica y el Caribe. Además, una previsible derrota británica permitiría la ansiada revancha y recuperar los territorios perdidos a lo largo del siglo.
Por otro lado, el conde de Floridablanca, secretario de Estado desde principios de 1777, era sumamente reticente por varios motivos. El primero y fundamental, porque estarían fomentando un peligroso ejemplo revolucionario en sus propios virreinatos. Además, José Moñino, consciente de la dificultad de proteger la inmensa frontera, creía que aquella sería una alianza efímera y desconfiaba de las ambiciones territoriales de las Trece Colonias una vez alcanzasen la independencia.
El tiempo, por cierto, le acabaría dando la razón. En cualquier caso, Carlos III adoptó una solución salomónica y, más bien, cortoplacista. Se decidió apoyar a los rebeldes, pero hacerlo con la mayor discreción posible, para evitar ese temible mal ejemplo y porque, en ese momento, España aún no había declarado la guerra a Gran Bretaña.
¿Cómo se materializó esa ayuda y por qué fue tan importante? El apoyo español tiene dos vertientes. Por un lado, el fundamental apoyo económico y material. España suministrará armas, municiones, pólvora, uniformes, medicinas e importantes sumas de dinero durante todo el conflicto. España, además, abrió la ruta del Misisipi desde la Luisiana, rompiendo el bloqueo británico.
Se estima que España entregó 12 millones de reales de a ocho; por cierto, esta será la moneda en la que se inspirará el dólar estadounidense, que tomará el símbolo $ de las columnas de Hércules (ya que los colonos estaban mucho más habituados a usar el «spanish dollar» que la libra esterlina); en cualquier caso, una suma exorbitante para la época.
Esta ayuda será decisiva en episodios concretos, como el sitio de Yorktown, durante la ofensiva de Washington y el conde de Rochambeau, que necesitaban fondos urgentes. Desde La Habana se les enviaron 500.000 pesos de plata, lo que, junto a la victoria del almirante Grasse en la batalla de Chesapeake derrotando a la flota británica, supuso la consolidación de la independencia de Estados Unidos. Como señalan acertadamente Fernando Martínez y Carlos Canales en su obra Banderas lejanas: «El propio Grasse escribió más tarde que el dinero español fue el cimiento del triunfo americano».
La segunda aportación fue la apertura de un segundo frente por parte del gobernador Gálvez en la Florida, aunque los dos autores citados advierten, y con razón, que en realidad fueron dos frentes, ya que se tienden a olvidar las escaramuzas y batallas en la Alta Luisiana y en la región de los Grandes Lagos, incluyendo la sorprendente expedición española, en pleno invierno, en el actual Michigan, liderada por Eugenio Pouré, junto a algunos aliados indios, que recorrieron casi 1.000 kilómetros por bosques cubiertos de nieve y parajes helados para tomar el fuerte británico de San José.
Una de esas increíbles hazañas que merecerían una gran película histórica. Estos frentes continentales motivaron que los británicos tuviesen que dividir sus fuerzas y, en consecuencia, no pudiesen concentrarlas en aplastar la rebelión. Aunque también quiero recordar que España pasó a combatir a Gran Bretaña no solo en los territorios de la actual República de los Estados Unidos, sino, además de en Europa, también en el Caribe, con la conquista de las Bahamas y la toma de Nassau en 1782 y el proyecto de invasión de Jamaica por parte de la flota hispanofrancesa (que finalmente no se produjo).
En Centroamérica, los ingleses fracasan estrepitosamente, en 1780, en el intento de tomar Granada (actual Nicaragua), dejándose 3.500 cadáveres por el camino y multitud de heridos, incluyendo a un jovencísimo oficial llamado Horatio Nelson.
También se combate en los enclaves británicos de la Costa de los Mosquitos y Black River, capturado este último por los españoles en 1782. En conclusión, España obligó a Gran Bretaña a una dispersión global de fuerzas. Esta es otra de las claves de la victoria rebelde.
De todas estas iniciativas bélicas, la más decisiva fue la del golfo de México. Cuando España declara la guerra a Gran Bretaña en 1779, Bernardo de Gálvez es muy consciente de que desde la Florida Occidental los británicos podían atacar Nueva Orleans y la baja Luisiana; en consecuencia, decide atacar primero. Ese año, remontando el Misisipi, toma Manchac, capturando el puesto de Fort Bute.
En septiembre derrota a los británicos en Baton Rouge y toma Natchez. En 1780 doblega el fuerte Charlotte, pese a sus 35 cañones, haciéndose con Mobila (actual Mobile, en Alabama). Pero, sin duda alguna, la campaña más célebre y decisiva fue la de 1781, con la toma de la aparentemente inexpugnable plaza de Pensacola. Por cierto, muy bien descrita esta arriesgada expedición en la novela histórica del diplomático Eduardo Garrigues: El que tenga valor que me siga.
Es lo que le espetó el malagueño al jefe de la flota, José de Calvo Irazábal, que se negaba a enviar sus barcos a la bahía por temor a las baterías del fuerte de Barrancas Coloradas: «Una bala de a 32 recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarle el miedo».
Bergantín Galveztown
Dos meses más tarde se rendía el general Campbell y caía Pensacola. Por la valentía mostrada durante estas campañas y, concretamente, por el asalto a Barrancas Coloradas, Carlos III le concedió el título de conde de Gálvez y el privilegio de usar en su escudo el lema: «Yo solo».
En la presentación del congreso que, sobre este asunto, organizó el pasado mes de mayo, entre otros, el Instituto CEU de Estudios Históricos, el historiador Richard Kagan habló de un «borrado» de la aportación española.
No en los inicios de la nueva nación, cuando la prensa de Pensilvania o Boston celebraba los triunfos de Gálvez, sino posteriormente, cuando influyentes autores como David Ramsay o Mercy Otis Warren la calificaron de «trivial y poco importante». Lo atribuyó a los clásicos prejuicios (monarquía despótica, intolerancia religiosa, decadencia política) frente al dechado de virtudes libertarias y demócratas de la nueva y protestante nación.
La contribución de una monarquía católica encajaba mal con el relato fundacional. Visión que se consolidó en estudios académicos y libros de texto en siglos posteriores. Además, y a diferencia de Francia, España nunca había llegado a convenios con los rebeldes y mantuvo un perfil bajo por el riesgo de que cundiese el ejemplo en los virreinatos americanos.
Aunque Gálvez dejó un importante legado en Estados Unidos, aparte de Galveston y Galveston Bay, en Luisiana, Alabama, Florida y Texas se encuentran calles, monumentos y nombres de escuelas con su nombre, no ha tenido un reconocimiento por parte del Congreso hasta 2014, cuando se le concedió la ciudadanía honoraria (concesión muy extraordinaria), y en 2015 se colocó de forma permanente un retrato suyo en el Capitolio.
En el marco de la cumbre de la OTAN de Madrid de 2022, el entonces presidente Biden le dijo al Rey Felipe en el Palacio Real: «Algunos sugieren que no seríamos un país independiente de no haber sido por vosotros». Todo ello son poderosos indicios de que la historiografía moderna empieza a concederle a la aportación española la importancia que merece.