Grabado del siglo XIX que representa a Juliana Morell
Historia
La primera doctora universitaria de Europa prefirió el convento a un matrimonio forzado
Juliana Morell consagró más de cuatro décadas a la vida comunitaria y al trabajo intelectual silencioso
Muchas veces los libros de historia olvidan a figuras femeninas que gozaron de un excepcional relieve intelectual. Con frecuencia se las etiqueta como prodigios o milagros naturales. Esta clasificación, que pretende resaltar su singularidad, termina alejándolas de su dimensión humana, de su contexto social y de la labor que ejercieron a lo largo de su vida.
El caso de Juliana Morell de Vilanova constituye un testimonio paradigmático de este fenómeno dentro del Humanismo y el Barroco europeo. Reconocida formalmente como la primera mujer de Europa en obtener un doctorado, su biografía ha sido objeto de recientes revisiones institucionales y académicas.
Se han realizado exposiciones y la Universidad de Barcelona ha estudiado su fondo bibliográfico particular. Con ello se ha podido reconstruir su exilio político, la imposición paterna, su resistencia intelectual y la búsqueda de un espacio de autonomía personal a través de la vida conventual.
Nacida el 16 de febrero de 1594, en el seno de una familia de judíos conversos, en la calle de la Cendra, en el barrio del Raval de Barcelona. La infancia de Juliana Morell se vio marcada por la muerte de su madre cuando apenas tenía tres años. Su educación quedó bajo la estricta y ambiciosa dirección de su padre, Juan Antonio Morell, un próspero comerciante y banquero de sólida formación humanista. Su madre, Escolástica de Vilanova, pertenecía a la pequeña burguesía urbana de Barcelona.
Al constatar las capacidades cognitivas de la niña, su progenitor diseñó un programa formativo de una severidad inusual, confiando sus primeras letras a las monjas y frailes dominicos de la ciudad. Los testimonios documentales de la época señalan que a los cuatro años ya sabía leer y escribir, y a los siete dominaba el catalán, el castellano, el latín, el griego y el hebreo, dedicando un promedio de ocho horas diarias al estudio sistemático.
Un giro drástico
Su aprendizaje sufrió un drástico giro en torno a 1602. Su padre se vio implicado en un proceso judicial por homicidio en Barcelona. Para eludir la acción de la justicia huyeron a Francia. Se establecieron en Lyon. Allí su padre le intensificó la instrucción recurriendo a destacados preceptores universitarios. El currículo de la joven se expandió hacia disciplinas complejas del quadrivium y las ciencias morales como filosofía, matemáticas, derecho civil y canónico, astronomía, física y música. Además, profundizó en el estudio de lenguas orientales como el árabe y el siriaco, llegando a manejar un total de catorce idiomas a lo largo de su adolescencia.
En 1606, con doce años, defendió públicamente en Lyon sus tesis de lógica y moral, titulada «Cum Logicas tum Morales», que dedicó a la reina de España, Margarita de Austria. El hito definitivo de su trayectoria académica tuvo lugar en el año 1608 en Avignon, ciudad que en aquel momento pertenecía a los Estados Pontificios.
Ante un tribunal compuesto por dignatarios eclesiásticos y personalidades del palacio papal, la joven de 14 años defendió con éxito su tesis doctoral en «Dialéctica y Ética», pronunciando una oración dedicada al papa Paulo V, lo que le valió la concesión del grado de doctora summa cum laude.
Una exposición sobre Juliana Morell, en el Monasterio de Pedralbes
Concluida su educación el destino que su padre proyectaba para ella era un enlace matrimonial ventajoso que consolidara la posición económica y social de la familia tras el bache del exilio. Juliana experimentó un profundo rechazo hacia la instrumentalización de su persona y hacia las obligaciones del matrimonio secular, que habrían supuesto poner fin a su actividad intelectual.
Frente a las presiones paternas, que llegaron al extremo de la amenaza de desheredarla, Juliana optó por la vía de la clausura monástica, como una estrategia de preservación de su libertad de pensamiento y de su intimidad espiritual.
En el convento
En el otoño de 1608, bajo el amparo de redes de mecenazgo femenino como el de Isabel Clara Eugenia de Austria, condesa de Borgoña, ingresó en el convento de dominicas de Santa Práxedes de Avignon, donde profesó sus votos definitivos el 20 de junio de 1610.
El claustro funcionaba como el único ecosistema donde una mujer dotada de inquietudes intelectuales podía ejercer la autoría, la lectura crítica y la gestión institucional sin la tutela directa de un varón. Su capacidad organizativa y prestigio teológico hizo que la comunidad la eligiera como priora en tres ocasiones. La primera con apenas 19 años. También desempeñó funciones de maestra de novicias, convirtiéndose en una figura clave de la reforma espiritual contrarreformista en el territorio francés.
De su producción escrita destacan sus traducciones al francés y extensos comentarios del Tratado de la vida espiritual de san Vicente Ferrer y de la Regla de San Agustín. No fue una simple copista o traductora pasiva, sino que incorporó prefacios, escolios y anotaciones al margen que revelan un sólido dominio de la patrística y un pensamiento riguroso que buscaba conciliar la fe mística con las herramientas de la lógica aristotélica. Compuso unos Ejercicios espirituales sobre la eternidad y redactó la historia institucional de la reforma de su propio convento, textos en los que se percibe una prosa madura y una honda agudeza psicológica.
Tras los procesos de desamortización eclesiástica del siglo XIX, la Biblioteca de Reserva y Fondo Antiguo de la Universidad de Barcelona incorporó a sus colecciones cuatro volúmenes impresos pertenecientes a la biblioteca personal de Juliana Morell, entre los que se cuentan obras de Jean Gerson y tratados filosóficos. Estos ejemplares conservan en sus páginas los exlibris manuscritos de su puño y letra, donde firmaba como «Christi indignissima famula, & serva Juliana Morell Barchinonensis» (La indignísima sierva y esclava de Cristo, Juliana Morell, barcelonesa).
Falleció en el convento de Santa Práxedes de Avignon el 26 de junio de 1653, a los cincuenta y nueve años de edad, habiendo consagrado más de cuatro décadas a la vida comunitaria y al trabajo intelectual silencioso. Su trayectoria ilustra de manera clara las tensiones inherentes a las mujeres sabias de la modernidad temprana, obligadas a transitar entre la instrumentalización pública de sus capacidades por parte de estructuras patriarcales y la reclusión monástica como fórmula paradójica de emancipación.