Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

Ruanda: la mirada de quienes sobrevivieron al espanto

Con el terremoto de Venezuela todavía resonando, me vienen a la memoria situaciones parecidas en las que la emergencia mundial dio paso al olvido

Ruanda o la costumbre del horror

Ruanda o la costumbre del horrorFernando Quintela

Nos dejamos llevar por el espectáculo, nos impresionan las catástrofes: reaccionamos, comentamos, sacamos algún sobrante de la despensa y cerramos el episodio con la conciencia tranquila. Tan poca cosa, tan poca, te permite ser parte implicada en el suceso, te da permiso para opinar y hablar en grupos de WhatsApp o en cenas de tu entorno.

El periodismo, en ocasiones, se mueve igual: cuando las calles ya no huelen a muerto, desaparecemos, dejando atrás el infierno que comienza para muchos.

Recuerdo Haití, cuyo terremoto de 2010 arrancó la vida a más de 300.000 personas. ¿Quién ha oído recordar esta desgracia durante estos días? ¿Alguien sabe qué se aprendió de aquella intervención de rescate? ¿Te atreverías a viajar a Haití?

Recuerdo Ruanda, una de las mayores tragedias humanitarias de la historia reciente. Éramos un ejército de fotógrafos, periodistas, cámaras, contando lo que estaba sucediendo. Más de un millón de muertos en menos de tres meses; una matanza entre tribus, hutus y tutsis. Y, de repente, una mañana cualquiera, desaparecieron casi por completo las cámaras y los testigos internacionales que estaban dando voz a quienes no la tenían.

En menos de 24 horas, el campamento de prensa gobernado por el Ejército francés se desvaneció. Y con él se cambiaron los titulares: ya no era Ruanda, Goma, Zaire, Kigali, el cólera, Katale, Kibumba… Ahora solo era Grozni. El mundo negro africano pasó al olvido y las portadas de todos los periódicos se centraron en el fuego entre Rusia y Chechenia.

Tomé esta imagen en Ruanda en 1996, durante el genocidio que, entre abril y julio de 1994, acabó con la vida de entre ochocientas mil y un millón de personas, en su inmensa mayoría tutsis, asesinadas en apenas cien días. Vecinos contra vecinos. Familias enteras exterminadas. Un país convertido en un inmenso escenario de muerte mientras buena parte de la comunidad internacional observaba con una pasividad que todavía hoy avergüenza.

Volvía del campo de refugiados de Katale con Javier Espinosa, reportero de referencia en la historia moderna del periodismo. De repente, en una de esas carreteras serpenteantes, corrían hacia nosotros dos niños de apenas 10 o 12 años.

En sus manos, un machete cubierto de sangre; al doblar la curva, dos cadáveres, uno entre la maleza y el otro en mitad del asfalto, sangrando hasta formar un charco rojo alrededor de su pantalón amarillo y alrededor de su cabeza. Nos bajamos del coche y comprobamos si seguían con vida.

Un corte en el cuello del protagonista de la foto ya nos decía, casi sin tocarle, que no sería posible. El cuerpo ocupa el primer plano y, sin embargo, no es lo primero que llama la atención.

Lo verdaderamente perturbador está unos metros más atrás. Las decenas de personas que rodean la escena no miran al cadáver. Me miran a mí o, mejor dicho, miran la cámara. Ese es el auténtico sujeto de la fotografía: la mirada, la cámara.

En cualquier sociedad que no haya convivido durante meses con la violencia extrema, un muerto concentra toda la atención. Aquí ocurre exactamente lo contrario. Lo excepcional no es el cadáver. Lo excepcional es la llegada de un fotógrafo. La muerte había dejado de ser una noticia y la cámara todavía lo era.

Esa inversión de la normalidad explica el verdadero significado de la imagen. La fotógrafa Diane Arbus escribió que «para mí el sujeto de la fotografía siempre es más importante que la fotografía». Pocas veces una frase resulta tan precisa.

El sujeto aquí no es la persona asesinada. Es la mirada colectiva de quienes han terminado incorporando el horror a su paisaje cotidiano. No observan el cadáver porque ya saben lo que significa. Observan al extranjero porque aún representa una interrupción de la rutina.

Desde el punto de vista de la composición, la imagen está construida sobre una tensión extraordinaria. El cuerpo ocupa el ángulo inferior derecho, separado físicamente del grupo de personas situado al fondo. Entre ambos queda un espacio vacío de asfalto que funciona como una frontera moral.

A un lado está la muerte individual; al otro, una comunidad obligada a seguir viviendo. Las líneas de la carretera conducen la mirada desde el cadáver hasta los rostros de quienes observan la escena. Y entonces el espectador comprende que la fotografía no habla de quien ha muerto, sino de quienes continúan vivos.

Ese es el instante decisivo. No el momento de la muerte, que nunca vemos. No el disparo, ni el machetazo, ni el crimen. El instante decisivo llega cuando una sociedad deja de reaccionar ante la muerte porque la violencia ha colonizado por completo la vida cotidiana.

Hay fotografías que denuncian un asesinato. Esta denuncia una costumbre. Por eso Ruanda ocupa un lugar único en la historia del fotoperiodismo.

James Nachtwey retrató el dolor con una sobriedad casi insoportable. Sebastiao Salgado encontró, incluso en medio del desastre, una dignidad profundamente humana. «¿Cómo estás, Fernando?, ¿con qué trabajas?», me preguntó Salgado. «Estoy haciendo negativo color, porque me piden que envíe imágenes y quieren también un reportaje para el suplemento dominical», le contesté.

A lo que él respondió: «¿Es que no saben en tu periódico que las tragedias son en blanco y negro?»; y no le volví a ver hasta pasados unos años en Madrid. También Corinne Dufka documentó con rigor la dimensión política y social de aquella tragedia, siendo la mujer más veraz y valiente de todo aquel grupo de fotógrafos de guerra.

Javier Bauluz, ese año Premio Pulitzer, mostró, desde la cercanía, el rostro cotidiano del sufrimiento. Todos ellos comprendieron que fotografiar una guerra nunca consiste únicamente en enseñar cadáveres. Consiste en explicar qué le ocurre a una sociedad cuando convivir con ellos deja de producir asombro.

En ese sentido, Ruanda cambió para siempre la fotografía documental y nuestra forma de entender el fracaso internacional. Muchos años después de haber tomado esta imagen, las heridas siguen abiertas.

No existía familia que no hubiera perdido a alguien. No existía aldea sin memoria. No existía infancia sin miedo, por mucho que el Memorial de Víctimas del Genocidio de Kigali trate de explicar cómo una sociedad puede deslizarse hacia el exterminio cuando la propaganda sustituye a la verdad y el otro deja de ser considerado un ser humano. Este memorial es una advertencia para el futuro.

Hay fotografías que muestran una tragedia. Otras muestran algo todavía más inquietante: el momento en que la tragedia ha dejado de sorprender. ¿Quién se acuerda de Ruanda?

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