San Salvador de Valdediós, conocido como «El Conventín»
La iglesia del siglo IX que testimonia el poder de Alfonso III y su idea imperial de Hispania
Sus reducidas dimensiones le han hecho merecedor de un nombre tan asturiano y tan simpático como «el Conventín». Formó parte de un conjunto palaciego, hoy desaparecido, construido por el rey Alfonso III
Está en un valle de dramático verde, como solo puede verse en Asturias. De una belleza elemental, enmarcada por las cercanas montañas, pero abierta al mar, que constituye el horizonte imprescindible. Un horizonte que amenaza peligros, pero promete infinitud. No es extraño que un rey lo eligiese como escenario para construir su residencia. Lo embelleció con un sencillo pero hermoso templo, el último monumento importante del prerrománico asturiano.
Se trata de una pequeña iglesia del siglo IX, San Salvador de Valdediós. Sus reducidas dimensiones le han hecho merecedor de un nombre tan asturiano y tan simpático como «el Conventín». Formó parte de un conjunto palaciego, hoy desaparecido, construido por el rey Alfonso III.
Sección de la miniatura medieval donde están Alfonso III el Magno y la reina Jimena
Lo más significativo del templo es la lápida de mármol situada en el exterior de su cabecera. Describe la consagración de la iglesia en el año 892, cuando el reinado de Alfonso III se encontraba en su apogeo. Nada menos que siete obispos participaron en ella.
Su procedencia geográfica permite apreciar la extensión física del reino. Cuatro obispos de la parte más antigua: Iria, Mondoñedo, Lugo y Astorga. Dos procedentes de diócesis restauradas tras las conquistas del rey Magno: Coimbra y Lamego. Demuestran que las fronteras de Asturias habían llegado al río Mondego, muy al sur del Duero.
El séptimo, el de Zaragoza, era un antiquísimo arzobispado romano. Se encontraba fuera de las fronteras de Asturias, pero dentro de su influencia espiritual. Su presencia acreditaba que, para los mozárabes, Asturias representaba la unidad de la Iglesia española.
Esta lápida prueba la importancia que había alcanzado Alfonso III a finales del siglo IX. No solo su reino, sino el núcleo pamplonés, los Banu Qasi y los condados pirenaicos aceptaban su preeminencia. Inició la idea imperial: Adefonsus totius Hispaniae imperator fue el título que adoptó. Al occidente de Álava, los núcleos cristianos habían avanzado muy poco desde la creación de la Marca Hispánica. En general, se trataba de condados de dudosa dependencia.
Su frontera sur se situaba a unas pocas decenas de kilómetros de las cumbres pirenaicas, con la excepción de Barcelona. Zaragoza estaba incluida en las posesiones de los Banu Qasi, los «hijos de Casio», la familia conversa hispanorromana que gobernaba el valle del Ebro y disfrutaba de una virtual independencia del emirato. De hecho, se autodenominaron «los terceros reyes de España». Siempre la presencia de España. En este contexto, la idea imperial sería el símbolo de la conciencia de compartir una misma «unidad de destino» de los pueblos hispánicos, que se iría desarrollando en el futuro.
Retrato de Alfonso III, obra de Eduardo Cano de la Peña
El prestigio de Alfonso se extendió incluso por el resto de Europa. Se conocen sus vínculos con los carolingios y cartas del Papa de Roma solicitando ayuda del asturiano para frenar la expansión musulmana en la Italia meridional. Aunque influyó sobre todo en el ámbito peninsular. Los rebeldes muladíes contra los emires encontraron siempre su apoyo, lo que contribuyó decisivamente a la debilidad de Córdoba.
La creciente influencia en el valle del Ebro sirvió para controlar a los díscolos Banu Qasi y consolidar los estados cristianos. De hecho, promovió, junto con su aliado el conde de Pallars, el golpe de Estado que consolidó la monarquía navarra en la persona de Sancho Garcés I, primer rey del que existe constancia documental. Acabó así con la influencia musulmana en el núcleo pamplonés.
Todo cambió tras la muerte de Alfonso. La división del reino entre sus hijos fue un presagio del calvario que iban a sufrir los cristianos en el fatídico siglo X. Trasladaron el centro de la monarquía a la restaurada ciudad de León, amparada por sus potentes murallas.
La cuenca del Duero se convirtió en el nuevo centro del poder cristiano en el occidente peninsular. Un poder que se debilitaría y fragmentaría como consecuencia de la penetración política y cultural del feudalismo de origen francés y del distanciamiento ideológico respecto a los mozárabes del sur y el este de la península.
También contribuyó el reforzamiento del poder musulmán con Abderramán III y Almanzor. Pusieron a los cristianos contra las cuerdas. Los avances de Alfonso III fueron revertidos y la frontera, permeable e imprecisa, retrocedió hasta el Duero. Surgieron realidades políticas que se constituyeron en los nuevos campeones del destino común. Primero, Navarra, que recuperó la idea imperial con Sancho III el Mayor: Rex Ibericus, según el abad Oliba; «Rey de las Españas», según el acta de traslación del cuerpo de San Millán, o Imperator totius Hispaniae. Después, Castilla.
En cualquier caso, Asturias mantuvo viva la idea de una cristiandad española posible. Nadie lo ha expresado mejor que Claudio Sánchez-Albornoz: «A la muerte de Alfonso III en Zamora, en diciembre del año 910, terminaron dos siglos decisivos de historia española. El 'Asturorum regnum', el reino de los astures, había cumplido su histórica misión en la forja de España y de lo hispano. Con su máxima expansión geográfica coincidía su fin».