Finca Galatzó
Predios mallorquines
El único caso en la historia de Mallorca en que un pueblo de 2.000 habitantes se rebeló contra su señor feudal
El Comte Mal desató una guerra local, desafió al virrey y sembró el pánico a lomos de su caballo 'alado'
Cuando visité Galatzó, en la década de los 80 del siglo pasado, el amo de las finca, un payes de Binissalem de nombre Miquel Llabrés, me informó que la extensión de la misma era de 2.700 cuarteradas, medida mallorquina que equivale a 7.103 metros cuadrados. En aquella época, en la que muchas grandes fincas rústicas iniciaban un periodo de decadencia, Galatzó estaba al cuidado de solo tres personas. Ahora es propiedad del ayuntamiento de Calvià, que la compró en 2006. El dato puede contener una fina ironía histórica. El palacete rural y sus extensas tierras estuvieron bajo los dominios del comte Mal (conde Mal), que ha pasado a la pequeña historia de Mallorca envuelto por la bruma de siniestras leyendas que nos hablan de un personaje que luchó a sangre y fuego para preservar sus derechos feudales. Ahora, por lo menos sobre el papel, Galatzó pertenece al pueblo.
Don Ramon Burgués Zaforteza, Pacs, Fuster de Vilallonga i Net, II conde de Santa María de Formiguera, señor de Santa Margalida y Galatzó, entre otras muchas propiedades, pretendió cobrar diezmos y ejercer jurisdicción civil y criminal sobre sus súbditos. La villa de Santa Margarita se rebeló contra él, lo que dio lugar a una especie de guerra local que se cobró víctimas mortales, disturbios sin fin y un enorme pleito que llevó de cabeza al virrey de Mallorca, Fray Tomás de Rocamora. Se trata del único caso en la historia de la isla en la que un pueblo -que entonces no superaba los 2.000 habitantes- se levantó en armas contra su señor feudal.
La figura del Comte Mal está envuelta en la leyenda. En las tierras cercanas a Galatzó, y también en Santa Margarita, los viejos del lugar cuentan historias que servirían de inspiración a los mejores guionistas de televisión. Se dice que el espíritu del malvado conde cabalga todavía por los que fueron antaño sus dominios montado en un caballo alado. También se asegura que alguna vez se ha aparecido en un camino cercano a Maria de la Salut. Más allá de narraciones fantasiosas, el nombre de Ramon Burgués inspira todavía temor entre los que recuerdan episodios de su vida, seguramente transmitidos de padres a hijos en las largas noches invernales, acurrucada la familia al amor de la lumbre mientras en el exterior aullaba el viento entre los olivos.
Una inscripción en la capilla
Luego están los historiadores. Ellos se ciñen a los hechos documentados. Antoni Mas i Fornés, de Santa Margarita, es uno de los que más ha estudiado la historia del Comte Mal. Según él para entender lo que pasó hay que situar los hechos en su contexto histórico: los agitados años del siglo XVII, cuando Palma -y por ende, el resto de la isla- estaba dividida en dos facciones irreconciliables: los partidarios de los Canamunt y Canavall respectivamente. En esos convulsos tiempos la nobleza mallorquina pugnaba por conservar sus derechos feudales. Aspiraban a detentar la jurisdicción civil para cobrar a sus súbditos -agricultores sumidos en una pobreza secular-diezmos sobre sus cosechas. Querían también la propiedad de las comunes, que eran las tierras de cultivo administradas por el ayuntamiento de los pueblos, que en aquellos tiempos se denominaba «la Universitat». En 1632 Ramon Burgués accedió al título de Conde de Santa María de Formiguera, lo que espoleó sus ansias de dominio. Poco antes, en 1627, había adquirido el predio de Galatzó por la exorbitante cifra de 35.178 libras mallorquinas. Las especiales características de las finca, sus agreste paisaje con barrancos, cuevas y lugares de entonces muy difícil acceso, contribuyó a la mitificación del Comte Mal, incluso en vida de éste. En la menuda y coquetona capilla del palacete este cronista contempló una inscripción con la leyenda: «Don Ramón Burgués Caforteza y Fuster C. de S.M. De Formiguera feu esta obra 1688».
La guerra que mantuvieron los margalidans con el comte Mal -porque fue eso, una auténtica guerra- fue seguida con mucho interés por la nobleza y las autoridades mallorquinas de la época, que, de alguna manera, mantenían el temor de que lo que ocurriera en aquella villa terminaría pasando en otras muchas. Una victoria total del pueblo levantado en armas podía representar el principio del fin para un grupo de familias que querían mantener a toda costa sus privilegios. No todos, por supuesto, tenían la maldad y la fiereza de Ramon Burgués, quien en su empeño de doblegar a la plebe se llevó por delante a una treintena de personas, las más significadas en el pueblo. Especialmente sonado fue el asesinato de Gaspar Calafat, que era síndico de la villa y familiar del Santo Oficio. Calafat murió de dos tiros de arcabuz cuando salía de su casa en una noche oscura. No falleció al instante sino que, malherido, pasó dos días de trágica agonía. En su lecho de muerte recibió la visita nada menos que del virrey de Mallorca, que intentó hasta el último momento forzar un pacto entre los rebeldes y las huestes del comte Mal, que pusiera fin a las hostilidades. Su intención supuestamente pacificadora fracasó. Por su parte, los cabecillas de la revuelta identificaron pronto a uno de los sicarios que habían atentado contra Calafat. Lo interceptaron en una calle de Santa Margarita y lo llevaron a un molino cercano, donde fue cruelmente torturado hasta morir.
Galatzó, por supuesto, tiene una historia que trasciende al personaje cruel y despiadado cuyo nombre permanece para siempre ligado a la finca. Ya en 1283 fue documentada como alquería con una gran extensión de tierras y una notable actividad agrícola y ganadera. En un inventario realizado en 1589 se detalla la existencia de unas «grandes casas, molinos, torre de defensa y bodega». Su especial ubicación, las agrestes tierras situadas entre Puigpunyent y Calviá, a los pies de una de las montañas más altas de Mallorca, han imprimido un carácter misterioso y trágico a la señorial possessió. Ahora, en manos institucionales – circunstancia que no es buena ni mala, sino todo lo contrario- la leyenda continúa. O no.