Alfàbia: la historia del predio «moro» en Mallorca que nunca se ha vendido en 800 años
Sus legendarios jardines se abren al público, pero el interior permanece blindado tras varios robos. Así es la fascinante historia de la finca que alojó a Isabel II y no ha cambiado de manos
Un oasis en la Serra
Érase una vez, en los oscuros tiempos de la dominación musulmana en Mallorca, un reyezuelo que vivía en un palacio de ensueño, a los pies de la sierra. Se llamaba Ben Abet y sus dominios se extendían a lo largo y ancho del norte de la isla. La mansión estaba rodeada por un gran jardín, ya que en aquellas tierras abundaba el agua. Bet Abet se deleitaba con las fuentes y estanques que, en las tardes de invierno y primavera, jugaban con la luz declinante encendiendo todos los colores del arco iris. El reyezuelo que vivía en Alfàbia, que así se llamaba su mansión, ocupaba un lugar preeminente en la sociedad mallorquina, que se vio muy reforzado cuando tomó en matrimonio a la hermosa Abebeia, hija del poderoso jeque de Denia. De todas sus inmensas posesiones la preferida de Ben Abet fue siempre la de Alfàbia.
Cuando llegó la conquista catalano-aragonesa de Mallorca el poderío del reyezuelo moro que habitaba las casas y jardines de Alfàbia estuvo en peligro. Pero Ben Abet, a quien las leyendas atribuyen una gran bondad pero también una astucia fuera de lo común, supo adaptarse a la nueva situación. Se convirtió al cristianismo e incluso ayudó a Jaume I a culminar con éxito la conquista. Esta política, que hoy denominaríamos «colaboracionista», permitió al reyezuelo «moro» conservar sus riquezas y privilegios.
Pasaron los años y la Mallorca cristiana se consolidó como un reino en medio del mar. Crónicas posteriores a la conquista nos hablan de un señor de Alfàbia de nombre Abet Ben Assar. Más allá de las leyendas existen indicios que permiten suponer que se trata del nombre completo del reyezuelo antes de su forzada conversión. En cualquier caso, este personaje debió crear la estirpe mallorquina de los «Bennassar», apellido muy extendido en la isla.
Este personaje debió crear la estirpe mallorquina de los «Bennassar», apellido muy extendido en la isla
Podríamos decir, pues, que Alfàbia es el único predio mallorquín cuya propiedad fue transmitida de padres a hijos, no desde los tiempos del «Repartiment» (reparto) del rey Jaume I, sino de antes de la conquista. Algunas familias isleñas de raigambre han presumido durante casi 800 años de haber mantenido las posesiones que les entregó el monarca conquistador, pero el caso de Alfàbia, entre la historia y la leyenda, sería todavía más peculiar. La línea sucesoria de los señores del predio arranca con los Bennassar y sigue con las familias Santacília, Berga y Zaforteza, sin que a lo largo de los siglos se haya producido venta alguna, quiebra, pleito o permuta de ningún tipo. Tan notable circunstancia propició la preservación de un importante legado histórico, cultural y artístico, que fue pasando de padres a hijos hasta hoy.
Los jardines de Alfàbia están abiertos al público desde hace mucho tiempo. No así el palacio, pues el acceso al mismo está vedado a los visitantes. A lo largo de las últimas décadas se produjeron sustracciones que obligaron a la familia Zaforteza a cerrar con cadenas las puertas de la mansión. No era para menos porque, entre otras cosas, desapareció un Cristo de marfil, que fue arrancado de la cruz y una antigua lámpara de metal dorado. Volviendo al extenso jardín, cabe citar una rotonda construida -de forma incompleta- por don Joan Burguéz Zaforteza y Sureda, según planos de Enrique Velázquez, que fue arquitecto del rey de España.
El palacio de Alfàbia permanece cerrado al público tras sufrir varios robos, entre ellos el de un valioso Cristo de marfil
Este cronista pudo visitar sin limitaciones la casa y el jardín, amablemente invitado por su propietario. De ello hace casi cuarenta años. Era una fría mañana de diciembre pero el sol encendía chispas sobre las doradas hojas de los árboles. Los surtidores de agua se elevaban hacia la buganvilias y las hojas secas se extendían, como una enorme alfombra ocre, por las trochas y los senderos. Era fácil imaginar a Ben Abet paseando por aquel jardín encantado escuchando la melodía del agua.
En Alfàbia durmió la reina Isabel II de España durante su visita oficial a Mallorca. Desembarcó en Sóller, donde pernoctó en can Bleda, un predio escondido, entre olivares y encinas que hoy en día se ha convertido en un hotel rural. Dado que el viaje hacia Palma era largo, las familias nobles de la comarca rivalizaron en acoger a la reina. En la finca citada, entre Sóller y Deià, se conserva un orinal de gran lujo que fue usado por la noble dama en su primera parada hacia la capital mallorquina. La segunda, precisamente, fue en Alfàbia, donde la recibieron con todos los honores.
Entre el lujoso mobiliario existente en Alfàbia destaca una silla esplendorosa -denominada, equivocadamente, «la silla del rey moro»- que fue exhibida en sendas exposiciones en Viena (1873) y París (1878). Ello nos da una muestra de la categoría de la finca que hace casi 800 años acogió los mejores días de Ben Abet. El actual propietario de la finca, don José Zaforteza y Calvet, está a punto de cumplir cien años. A lo largo de su vida ha ocupado cargos de importancia en el mundo de las finanzas, la política y la cultura mallorquinas.