Son Catlar, de finca-fortaleza con siglos de historia a campo de prisioneros durante la Guerra Civil
La célebre playa de Es Trenc, situada solo a cuatro kilómetros, formó parte también de los dominios de los Catlar, ya que el hoy emblemático arenal lindaba con las tierras de la gran finca
Imagen del predio
En la comarca del sudoeste mallorquín – Campos, Santanyí,- las piedras de las casas antañonas adquirieron con el tiempo el sugerente color del pan tostado: tonos ocres, dorados, arenosos, que aportan una sensación de calidez y nobleza. Desde hace muchos años, cada vez que este cronista recorría la carretera que une Campos con la localidad marinera de sa Ràpita, quedaba ensimismado contemplando, siquiera fugazmente, el tono ambarino de las casas de la finca de son Catlar, una de las más antiguas de Mallorca, con siglos de historia a sus espaldas y también con su intrahistoria, que hay que saber encontrar entre los recovecos de la memoria oral transmitida de generación en generación ya que los archivos -refugio de estudiosos- no acostumbran a recoger este tipo de informaciones. O también, como es el caso, en algún libro ya descatalogado.
Cuando al fin conseguí paso franco para visitar la possessió -hace de ello, exactamente, 34 años,- pude comprobar que las huellas del paso del tiempo sobre las piedras muchas veces centenarias era más que evidente. La finca aparece documentada por primera vez en 1244, pocos años después de la conquista, bajo la denominación de «Alquería de Abraham», lo que indica que por aquellas fechas pertenecería a un terrateniente judío-mallorquín. Recordemos que cuando Jaume I estableció un reino cristiano en Mallorca, encontró en ella una rica y floreciente comunidad hebrea que fue reconocida y respetada por el monarca conquistador. En 1587 la propiedad aparece ya con su actual nombre: Es Catlar o Son Catlar, denominación que con el paso del tiempo daría lugar al apellido mallorquín Dezcallar, ligado desde siempre a la nobleza local.
Antes de que llegaran las segregaciones, de las que surgirían «Son Catlar d'en Dameto» y «Son Catlar Nou d'en Trujillo», la finca-fortaleza, con su altiva torre central, tenía una extensión de 535 cuarteradas. La célebre playa de «Es Trenc», situada solo a cuatro kilómetros, formó parte también de los dominios de los Catlar, ya que el hoy emblemático arenal lindaba con las tierras de la gran finca. Los reyes de la malhadada monarquía privativa de Mallorca tuvieron en aquellas tierras su coto de caza. Con el paso los siglos y a través de distintas uniones matrimoniales, los derechos y las posesiones de los Catlar pasaron a formar parte del inmenso patrimonio del Marqués del Palmer. Recordemos que en uno de los reportajes de esta serie contamos como, en las primeras décadas del siglo XX, gran parte de las tierras de este marquesado pasaron a manos del financiero Joan March, del que los entonces arruinados aristócratas eran afligidos deudores.
Cuando Son Catlar fue un campo de concentración
En esos reportajes, como ya sabrá el lector, buscamos la historia oculta o menos conocida de algunas possessions de Mallorca. Son Catlar también la tiene. En fechas aún no muy lejanas, concretamente durante la Guerra Civil y la posguerra, la finca albergó un campo de prisioneros políticos que llegó a alojar a más de 500 internos, la mayoría procedentes de Menorca. El canónigo Bruno Morey -del que hemos hablado ya en esta serie de artículos- cuenta un episodio al respecto en sus memorias, publicadas en 1991.
«Tras cantar Misa Nueva -explica el clérigo- me enviaron a son Catlar. Recuerdo un viaje en tren hacia Campos desde donde, subido a un vetusto carruaje, fui llevado a la finca, entonces convertida en un campo de concentración. Al llegar fui recibido por un teniente que lo primero que hizo fue preguntarme si sabía porqué estaba allí. “Para servir a los presos», le respondí. “No, señor, replicó él, usted está aquí a mis órdenes y la primera que le doy es que no quiero verle más allá de las alambradas. ¿Entendido?
Bruno Morey cuenta que a sus 24 años, recién ordenado sacerdote, no hizo el menor caso de las órdenes de su superior militar y que «a los cinco minutos ya había traspasado la barrera de acceso al interior del recinto de los prisioneros»; el guardia, tal vez impresionado por su traje talar, le permitió la entrada. Los internos lo miraron con recelo y uno de ellos le recriminó que usase unos relucientes zapatos de charol cuando la mayoría de ellos iban descalzos. El curita le regaló su calzado y -siempre según su versión- aquello fue el inicio de un deshielo que culminó con unas confesiones masivas que duraron hasta bien entrada la madrugada. El sacramento penitencial se impartía en la entonces desvencijada capilla que en aquellos momentos servía como almacén de cebollas. Al apercibirse de aquel trajín el teniente se enfureció pero al cabo de unos pocos días toleró e incluso alentó las tareas de carácter religioso que Morey llevaba a cabo. Según la historia contada por el propio presbítero, él no dejó de enfrentarse a la autoridad militar del campo, a quién repetía una y otra vez que su ministerio era religioso y que había sido enviado allí para ejercerlo. Nada explica, sin embargo de las razones que pudieron mover a los prisioneros -republicanos en su inmensa mayoría- a mutar de repente en fieles devotos cristianos.
Los Dezcallar, una estirpe aristocrática
El nombre de la possessió deriva directamente de sus históricos propietarios. La familia Descatlar, en efecto, pertenece a una estirpe muy importante en la historia de Mallorca. Ya en la edad media el peso de aquel linaje era tal que en 1442 el rey Alfonso V de Aragón, llamado «El Magnánimo», otorgó a Pere Abrí Descatlar el privilegio de acoger en su palacio de la Ciutat de Mallorca la institución oficial encargada de acuñar la moneda mallorquina. Más tarde en el tiempo llegarían los ya citados vínculos con el marquesado del Palmer. En la actualidad los Dezcallar son una familia que ha dado eminentes diplomáticos -Jorge Descallar de Mazarredo fue embajador en Marruecos y Estados Unidos, así como jefe del CNI- abogados y periodistas de prestigio. Las extensas tierras de lo que un día fue uno de los predios más importantes de Mallorca son ahora codiciadas por el sector inmobiliario de gran lujo.