Miquel Costa i Llobera gustaba de pasear por las finas arenas de Formentor
Predios mallorquines
Formentor, el paraíso mallorquín y la ruleta trucada que hizo caer a Lerroux
De la finca que inspiró a Costa i Llobera al hotel de los millonarios: la fascinante historia de Formentor, escenario de lujo, noches de casino y un escándalo que sacudió la Segunda República
Cuando Miquel Costa i Llobera escribió su poema más famoso, «El Pi de Formentor», las inmensas tierras de su familia, extendidas en el punto más oriental de la costa norte de Mallorca, conformaban una gran finca agrícola y forestal de 4.444 cuarteradas, atrapadas entre los paisajes marineros más imponentes de la isla, donde crecía el mejor trigo de la comarca de Pollensa. Más adelante en el tiempo Adan Dhiel convertiría una de las más grandes possessions de Mallorca en un enclave turístico de excepción. Ocurrió en 1929, hace casi un siglo. Había comprado la inmensa propiedad a la familia Costa, los herederos del poeta, por la entonces increíble cifra de 520.000 pesetas. Formentor había pertenecido a la misma familia de terratenientes locales desde 1646. El aislamiento geográfico condicionaba el devenir de la possessió; la actual carretera, naturalmente, no existía, y los trabajadores - carboneros, obreros forestales y roters- debían aventurarse a través de escarpados acantilados y bosques impenetrables. El célebre faro que corona el promontorio y marca el punto extremo de Mallorca por el norte se construyó en 1863, así como el viejo camino que hasta hace poco utilizaban los más diestros conocedores de aquellos parajes.
Lo que la gente conoce como «Formentor», la preciosa playa en la que Dhiel levantó el famoso hotel, es en realidad cala Gentil, el enclave paradisíaco en el que mossen Costa gustaba de pasear en las plácidas tardes de primavera, cuando el sosegado mar bañaba la finísima arena con cadencia de caricia. El poeta, definido por algunos expertos como «un clásico del romanticismo y un romántico del clasicismo», tenía una relación casi física con el entorno que le rodeaba. Daba largos paseos por sus extensos dominios gozando de la contemplación de cada pino, de las caprichosas formas esculpidas por la Naturaleza salvaje y, al mismo tiempo, tierna como una madre que sabía cobijar sus más hondos anhelos.
Perteneció a la misma familia de terratenientes mallorquines desde 1646 hasta su venta en 1929
Pero la intrahistoria de Formentor se aleja a menudo de la visión bucólica y romántica del clérigo que asombraría a propios y extraños con su prodigiosa poesía y su tronante oratoria. Adan Dhiel, a quién don Miquel ya no conoció, confesó a sus amigos que había adquirido la extensa propiedad para construir en ella «un refugio para creadores, pintores y literatos». De su mano Formentor se convirtió en eso y mucho más. Hasta que el caso Strauss & Perle -de ahí procede la palabra estraperlo- acabaría no solo con el sueño del argentino y su fortuna, sino con el gobierno español presidido por Lerroux, cuya caída daría paso a la convocatoria de elecciones generales -febrero de 1936- y, a cuatro meses vista, al alzamiento militar de los generales conocidos como «africanistas» y el consiguiente estallido de la Guerra Civil.
La historia empezó a raíz de la instalación en el famoso hotel de un casino de juego. Daniel Strauss y J. Perlowitz fueron sus promotores. Millonarios procedentes de toda Europa acudían a Formentor a jugarse sus caudales. Pero pronto observaron un detalle alarmante: allí la banca siempre ganaba. Tras muchos avatares y tras el estallido de un escándalo que pronto adquiriría dimensiones internacionales, se descubrió que la ruleta estaba trucada. Un ingenioso sistema de impulsos eléctricos que, al fin y a la postre, no era tan difícil de detectar, permitía a sus manipuladores que la bola se detuviese siempre en el número deseado por la banca. Aurelio Lerroux, sobrino y ahijado de Alejandro Lerroux, del partido Radical, entonces presidente del Gobierno, estaba metido en el ajo. Consecuentemente, su padre tuvo que dimitir. Ahí se torció el sueño de Dhiel, quien perdió todo lo que tenía cayendo en la ruina más absoluta. Lejos quedaron los días en los que el argentino y sus amigos disfrutaron de una vida glamurosa que haría palidecer la más calenturienta imaginación de cualquier escritor. Como cronista he escuchado historias increíbles. Dhiel y sus invitados, tras veladas de juego y frenesí en el hotel, se refugiaban en la mansión de «sa Fortalessa» a continuar la juerga. En alguna ocasión usaron los hidroaviones de la base de Pollensa para volar hasta París. Se cuenta y no se acaba de las locas noches de aquellos tiempos, con bailarinas traídas expresamente desde la Ciudad de la Luz.
Adan Diehl soñó con convertir Formentor en un refugio para creadores, pintores y escritores
Nada de eso pudo imaginarse don Miquel Costa i Llobera en sus días apacibles cuando, a la edad de 21 años, publicó uno de los poemas más famosos escritos en lengua catalana, «El Pi de Formentor», los versos que definieron una isla. El lema que transmitió a la juventud de su tiempo contiene un mensaje de esperanza que se mantiene perenne en los nuevos tiempos: Siau qui sou, sed quienes sois, un grito que llama a la autenticidad y que convoca a las raíces más lejanas, y al mismo tiempo más actuales, del alma mallorquina.
Como cronista guardo recuerdos imborrables de mi visita, muy atrás en el tiempo, a las casas viejas de Formentor, en las que el poeta pasaba largas temporadas. Se encontraban, y se encuentran, casi ocultas a la visión del visitante que se dirige hacia el faro. Son humildes y rústicas, pero muy hermosas. Recuerdo una vieja torre de defensa. El amo de la finca me comentó que la puerta del torreón era entonces la misma que, siglos atrás, conoció los ataques de los piratas, que desembarcaban aprovechando la bonanza climática del estío y asaltaban las viviendas de los agricultores para saquear el grano de la cosecha y llevarse, si podían, a hombres y mujeres para venderlas como esclavos. Los amos de Formentor oteaban el peligro desde la atalaya de Albercutx cuando el viento del sur traía presagios de inminentes ataques. Entonces procedían a ocultar el grano en un lugar denominado sa quartera, en un rincón secreto de la misma torre. A través de un agujero practicado en el suelo, convenientemente disimulado, se accedía a una cámara que no tenía comunicación con el exterior.
Muchos mallorquines sienten una agridulce nostalgia respecto a Formentor, especialmente en Pollensa. Los avatares contemporáneos del hotel y de las tierras que lo rodean les hacen sentir que algo «suyo» les ha sido arrebatado. Pero ahí está la historia -la oculta y la conocida- para conservar los recuerdos de un lugar de privilegio a medio camino entre el señorío rural, la exquisitez poética y el glamur más sofisticado.