Domingo Ortega (1969) por Alberto Schommer

Detalle de Domingo Ortega. Torero (1969) por Alberto SchommerMuseo Reina Sofía

Cinco frases de Domingo Ortega, el gran torero toledano a quien Gerardo Diego llamaba «Dominio» Ortega

Fue la máxima figura de los años 30 en los ruedos de España y del mundo, y una de las máximas figuras de la tauromaquia dentro y fuera de ellos en todas las épocas

Cuando era niño y trabajaba en el campo toledano, Domingo Ortega veía pasar los toros de la ganadería de Veragua. Parecía no estar escrito que fuera a ser una figura del toreo, aunque él lo quisiera como ninguna otra cosa. Con veintitantos años ni siquiera se había vestido de luces, pero, no mucho tiempo después, realizó el gran sueño del torero español: le compró al duque de Veragua la finca por donde veía pasar aquellos toros de su infancia.

El origen del mundo

Esto que casi culminó la historia arquetípica del torero triunfador; sin embargo, tuvo otros muchos capítulos, también después, que hicieron el relato de película de la vida de Domingo Ortega, que empezó llamándose «Orteguilla» y Gerardo Diego terminó llamándole «Dominio» Ortega. El cuento (real) dice que fue merodeador de las capeas y espontáneo, atrevimiento que le sirvió para vestir de luces por primera vez con veintidós años.

Dice el refrán que el que quiera peces que se moje el culo, y Domingo estaba dispuesto a meterse hasta el cuello donde una vez le empitonó el toro. Pero no salió bien al principio. Solo al principio, como si todavía no hubieran visto cómo cargaba la suerte: el origen del mundo. El de Bórox no destacaba lo suficiente hasta que fue sobresaliente en un mano a mano de Marcial Lalanda y Manolo Bienvenida y como tal sobresalió más allá del nombre con el capote para hacerse precisamente uno propio entre los novilleros y muy poco después entre los toreros.

Domingo Ortega. Torero (1969) por Alberto Schommer

Domingo Ortega. Torero (1969) por Alberto SchommerMuseo Reina Sofía

Temple y dominio singulares fueron las virtudes por las que se hizo notar y por las que ha pasado a la Historia. De ser sobresaliente de Lalanda y Bienvenida pasó a ganar más dinero que cualquiera en menos de un año. No se había visto nada igual y el signo fue la tardanza en descubrir la especialidad del genio (defendía que la Tierra no era redonda) que mandaba con inabordable y feroz delicadeza.

Cinco frases de Domingo Ortega:

«Yo toreo mejor si he leído, por ejemplo, a un buen escritor. Esto no es una frase. Es verdad».
«El toreo es puro romanticismo. Lo que pasa es que el torero no lo sabe. Cree que torea por dinero. No es verdad. Torear por dinero es un mal negocio. Fíjese en la cantidad de toreros que salen y en los pocos que llegan...».
«Arriba no podemos ver al toro como lo ve el torero. Por mucho que pueda entender un buen aficionado, no puede ni adivinar las cosas que ocurren en la arena».
«Un hombre que está muerto de miedo no está en posesión de su arte. El ideal sería que el torero fuera a la plaza sin esta preocupación del miedo, que es una psicosis de ambiente. El torero no da el máximo porque lleva una cosa de prejuicio sobre él. No se puede dejar llevar por el público; es el torero el que tiene que llevar al público. Debe tener en todo momento un criterio. Antes de gustar, lo primero que tiene que hacer es gustarse a sí mismo».
«El toro tiene que suponer siempre un peligro; sin peligro no hay arte».

Fue la máxima figura de los años 30 sin preciosismos. La belleza era el dominio sin adornos. «O mandas tú. O manda el toro», había dejado dicho entre una buena lista de máximas dichas por él y publicadas por los intelectuales que le admiraron por su sapiencia y sus formas (Zuloaga le pintó en un famoso retrato y fue amigo de otro Ortega [y Gasset]), por si falta algo en la configuración de la leyenda y símbolo del torero que también se retiró y volvió, varias veces, para que no quedara nada por hacer y considerar como matador y leyenda.

Mirar a las orejas

Escuchaba y le escuchaban hasta el punto de dictar conferencias sobre lo suyo, de lo que era maestro, conquistador y descubridor, sencillo y profundo, asombró en el ruedo como en la vida, en el primero mostrando el ejemplo y en la segunda explicándola sin trampa en la teoría como le contó a César González-Ruano que solo quiso ser torero, que al toro no hay que mirarle a los ojos, sino a las orejas, o que le resultaba más difícil escribir que torear.

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas