Representación pictórica de un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes
'La judía de Toledo' y la supuesta infidelidad que sirvió a Alfonso VIII para justificar la derrota de Alarcos
Un 19 de julio de 1195, la Reconquista se vio frenada por la derrota cristiana en Alarcos, justificada en la infidelidad de Alfonso VIII a su esposa Leonor Plantagenet con una judía de Toledo
Los derroteros de la Reconquista surcaron durante siglos la cal y la arena de la batalla. Con multitud de frentes abiertos, la importancia de asentar y repoblar las zonas reconquistadas, se alzaba como punto fundamental para la correcta alianza de las coronas en la lucha contra los musulmanes. Como bien es sabido, la gloria estaba reservada para las huestes cristianas, que triunfaron en la toma final de Granada en 1492, no sin antes padecer algún revés en el camino.
Tres siglos antes del desenlace en la Alhambra, nacería el que fuera rey de Castilla, Alfonso VIII, concretamente en 1155. Hijo de Sancho III, se coronaría en 1158, con tan solo tres años, provocando la guerra entre los Castro y los Lara, que desembocaría en La Caballada de Atienza. Ya declarado mayor de edad en 1170 y casado con Leonor de Inglaterra, tomaría alianza con Aragón de la mano de Alfonso II y recuperaría ciudades de importancia como Cuenca en 1177.
El avance cristiano se aproximaba a la mitad sur de la Península y el ejército almohade. A cargo del por entonces califa, Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur, solicitó extender un periodo de paz en 1190. La tregua dio tiempo a la reorganización cristiana, que aprovechaba para reforzarse fortificando Alarcos a orden de Alfonso VIII. El collado sobre el río Guadiana presentaba un gran punto estratégico, pero su ubicación entre los frentes musulmanes y cristianos condicionó la difícil tarea de repoblación.
La Batalla de Alarcos
Ruinas del castillo de Alarcos
Metidos de lleno en la construcción de la fortificación en Alarcos y un año antes de la desdichada batalla, Alfonso VIII dio permiso al arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, para llevar a cabo una expedición que resultó en el saqueo las cercanías de Sevilla.
El ejército musulmán se sintió completamente desafiado. No solo habían perdido parte de sus tesoros, también un buen número de cabezas de ganado, por lo que Yaacub al-Mansur reunió todo su poderío para enfrentarlo a Castilla.
Con 30.000 hombres en sus filas partió de Sevilla a Córdoba para posteriormente adentrarse en Despeñaperros hasta el valle donde se encuentra el castillo de Salvatierra, justo al lado de Calatrava la Nueva. En este punto se encontraba la Orden de Santiago, junto a la filial de Calatrava, Orden de San Julián del Pereiro, que más tarde se daría a conocer como Orden de Alcántara.
Alertados ante los movimientos de las huestes enemigas, se organizó un destacamento que se encontró de bruces con la potencia almohade, siendo aniquilados casi por completo y alarmando a Alfonso VIII, que reunió a las tropas en Toledo para encaminarlas a la fortaleza de Alarcos considerándola más preparada para la defensa cristiana.
Alfonso VIII se destacó apresurado ante el objetivo de evitar la entrada almohade en el valle del Tajo, error que condicionaría la batalla por la impaciencia del rey castellano, que no esperó a los refuerzos de las coronas de Navarra y Aragón. La crónica escrita posteriormente por Rodrigo Jiménez de Lara dejó reflejado en sus escritos la presencia de un ejército almohade del cual era imposible saber con exactitud los hombres que formaban parte de él. Tal era el gran número de soldados reunidos por Al-Mansur.
Alfonso VIII
Caso omiso al peligro de la afrenta, Alfonso VIII, incluso desestimó ir a Talavera, donde ya se encontraban tropas de refuerzo leonesas. El rey de Castilla estaba decidido y presentó batalla en Alarcos, todavía con sus murallas por terminar y sin el tamaño suficiente.
Obviando todas las señales que incitaban a la cautela cristiana, Alfonso VIII lanzó en ataque contra los almohades, confiado plenamente en su caballería pesada formada por 10.000 hombres. Sería en vano, el mayor número almohade respondió en favor de Al-Ándalus y repelieron, no sin bajas, hasta tres acometidas gracias a su potencial ballestero y arquero. La balanza se inclinaba al lado del califa, tenían en su mano el guion de la batalla y la finiquitaron con su caballería que flanqueó a los cristianos hasta poder atacarlos desde retaguardia.
Finalmente, la sorprendente táctica obligó a la rendición castellana refugiada ya en gran parte dentro de la fortaleza de Alarcos. El vigor de Alfonso, le impidió ver el verdadero peligro de las huestes almohades y la catástrofe estaba escrita desde incluso antes del 19 de julio, día en el que el ejército cristiano sucumbió en la última gran derrota del periodo de Reconquista.
La judía de Toledo, amante de Alfonso VIII y coartada de la derrota cristiana
No fue tarea fácil convencer al rey de Castilla para abandonar Alarcos. Al punto tal, que fue un grupo de nobles quien logró sacar al propio Alfonso VIII por una puerta secundaria del castillo para evitar el golpe que habría supuesto su muerte para la histórica afrenta.
Para justificar la derrota, difícil de entender para la positiva tendencia cristiana en la época, surgió una leyenda. De ella dan fe los Castigos del rey Sancho IV, obra escrita por el que también fuera rey de Castilla y que señala a la infidelidad de Alfonso VIII con la judía toledana, Rahel la Fermosa.
La historia seguramente fue ideada por el pueblo para excusar la vergüenza en la derrota de Alarcos. La leyenda ha ido evolucionando, pero originalmente cuenta como durante siete años el rey cristiano le fue infiel a Leonor de Inglaterra, encerrándose con la judía en sus dependencias toledanas en La Galiana. Al deshonor acusado por el engaño sufrido en carnes de su mujer, hay que sumar la preocupación de los nobles por el caso omiso que el rey ofrecía a los asuntos de Castilla.
La crónica relata la aparición de un santo hombre ante Alfonso VIII, que le advierte seriamente de las consecuencias que había de tener su infidelidad y amancebamiento con la judía. El enfado de Dios caía sobre el castellano, penando su pecado con la humillación de Alarcos, a lo que sumaría, según la leyenda, la muerte de sus hijos varones.
Otros relatos añaden que tras la derrota de Alarcos, un grupo de nobles hartos por el comportamiento del monarca e instigados por la reina Leonor de Inglaterra, concluyen en asesinar a Rahel la Fermosa, lo cual causó un profundo dolor en Alfonso VIII. Decidido a purificar su alma y pagar por sus pecaminosos comportamientos construyó en Burgos el Monasterio de las Huelgas, lugar donde yace el matrimonio.
Seguramente con más carga legendaria que histórica, ha servido para inspirar a multitud de autores, entre los que se destaca Lope de Vega con Las Paces de los Reyes y Judía de Toledo. Una coartada con la cual se trató de lavar la imagen de un Alfonso VIII que realmente fue muy capaz. Así lo demostró con la determinación años más tarde, en 1212 cuando gracias a un giro de efecto en la advertencia del peligro venido de un pastor, tomó cuentas, hizo caso y concluyó en la gloriosa victoria de las Navas de Tolosa. Punto de inflexión para acabar siglos más tarde con la totalidad del poder de Al-Ándalus, en 1492.