Túnel de acceso al poblado minero del HorcajoJESÚS DÍAZ-TOLEDO

Así es el Potosí olvidado de Castilla-La Mancha al que solo se llega cruzando un túnel

Un antiguo enclave minero de Ciudad Real que llegó a tener miles de habitantes y hoy sobrevive entre ruinas, silencio y memoria

Hay que atravesar un túnel de más de un kilómetro para llegar a Minas del Horcajo. No es solo un paso bajo la montaña: es un umbral. Al otro lado espera un valle estrecho, verde y silencioso, abrazado por dos arroyos que se bifurcan en forma de Y. Allí, entre Sierra Madrona y el límite con Córdoba, yace uno de los pueblos más intensos y olvidados de Castilla-La Mancha. Un lugar que fue riqueza, trabajo y bullicio… y que hoy es memoria.

Minas del Horcajo no es un pueblo abandonado cualquiera. Fue un emblema minero, el segundo yacimiento más importante del Valle de Alcudia, un auténtico Potosí manchego gracias a la galena argentífera, cargada de plata. Aquí se excavó hasta más de 600 metros de profundidad, se levantaron hospitales, talleres, escuelas y hasta casinos, y llegaron a convivir casi dos mil personas en mitad de la sierra. Todo eso desapareció. Y lo hizo deprisa.

Cuando la plata lo cambió todo

Aunque ya en el siglo XVI se menciona la Venta del Horcajo en las Relaciones de Felipe II, el destino del lugar cambió a mediados del siglo XIX, cuando se descubrieron importantes filones de galena argentífera. La mina empezó a atraer mano de obra de toda la comarca y más allá. El poblado creció sin pausa.

La explotación fue modélica para su tiempo. Desde un pozo maestro de 555 metros se alcanzaron profundidades inéditas en la zona. Se introdujeron sistemas de aire comprimido para el arranque del mineral, complejas instalaciones eléctricas para la extracción y el desagüe —se llegaron a sacar miles de metros cúbicos de agua al día— y un entramado industrial que convirtió este rincón aislado en una pequeña ciudad autosuficiente.

Durante décadas, el mineral salió sin descanso. Toneladas y toneladas de galena viajaban primero en caballerías y después en tren. El ferrocarril minero unía Horcajo con Peñarroya y Puertollano, y el pueblo contaba con estación propia. El túnel que hoy se atraviesa en silencio fue inaugurado en 1927 para que las locomotoras cruzaran la sierra. Entonces, Horcajo ya empezaba a apagarse sin saberlo.

Un pueblo que se quedó sin futuro

El filón fue empobreciéndose. Hubo cambios de propietarios, intentos de reactivación y parones prolongados. En 1911, la Sociedad Minero-Metalúrgica de Peñarroya detuvo la explotación. Hubo un último intento en los años cincuenta, pero en 1963 la mina cerró definitivamente. Con ella se fue el trabajo. Y detrás, la gente.

Las familias emigraron a Puertollano, a Levante, a Madrid. Más tarde, el cierre definitivo del ferrocarril en 1970 terminó de vaciar el lugar. Donde antes sonaban sirenas, martillos y voces, quedó el eco. Donde hubo vida cotidiana, solo ruinas.

No fue un abandono limpio. Las obras del AVE arrasaron parte del antiguo trazado urbano. Algunas edificaciones desaparecieron bajo los nuevos túneles. La plaza de toros quedó en el recuerdo. Y aún hoy, los vecinos hablan de presiones, de accesos cerrados y de una decadencia acelerada que nadie supo —o quiso— frenar.

Lo que aún resiste entre las ruinas

Hoy, Minas del Horcajo parece detenido en el tiempo. Las viviendas están prácticamente derruidas; apenas quedan los zócalos de mampostería sobre los que se alzaban las paredes de tapial. Entre los escombros, sin embargo, hay símbolos que se niegan a caer.

La iglesia de San Juan Bautista, aunque muy dañada, sigue siendo el edificio más reconocible del conjunto. A su alrededor emergen los castilletes de mampostería, los restos de los lavaderos, los talleres y la antigua central eléctrica, conocida como la Casa de la Luz. Más alejados, el cementerio, el polvorín y las huellas del viejo hospital completan un mapa de arqueología industrial a cielo abierto.

Iglesia San Juan BautistaJESÚS DÍAZ-TOLEDO

Cerca del túnel de acceso, algunas casas están cuidadas, habitadas. Son de los pocos vecinos censados que aún viven aquí. Resisten. Custodian el lugar. Mantienen encendida una llama mínima en un pueblo que se negó a desaparecer del todo.

El túnel que conduce a otra dimensión

Atravesar el túnel de Minas del Horcajo es una experiencia en sí misma. Excavado hace un siglo para una sola vía ferroviaria, mide 1.057 metros. La bóveda de cañón, las paredes de roca viva y los tramos forrados de hormigón recuerdan la dureza de su construcción.

Hoy lo cruzan peatones y coches, regulados por semáforos que se activan con un pulsador. La iluminación se apaga antes de llegar al final. A pie, es imprescindible una linterna. El silencio, roto solo por el goteo del agua en temporada de lluvias, acompaña todo el trayecto.

Al salir, el paisaje se abre de golpe. Un valle verde, ganado pastando, restos de edificios dispersos. Es como si el túnel conectara dos mundos: el presente acelerado y un pasado que se resiste a morir.

El monumento que guarda la herida

Entre los vestigios del pueblo hay un lugar que detiene a cualquiera que lo visita: el Monumento a los Niños Perdidos. Recuerda una de las historias más trágicas de Horcajo, la desaparición y posterior hallazgo sin vida de tres menores en la sierra. Un suceso envuelto en misterio que forma parte del dolor colectivo del enclave.

Monumento niños perdidosJESÚS DÍAZ-TOLEDO

No es el único relato oscuro. Minas del Horcajo acumula leyendas, silencios y ausencias. Quizá por eso el lugar impone respeto. Aquí no hay turismo de postal. Hay memoria.

Naturaleza, fauna y silencio

El entorno es tan sobrecogedor como el pasado. El pueblo se asienta en pleno Macizo de Sierra Madrona-Quintana, rodeado de pinares y montes donde es fácil avistar ciervos, jabalíes o rapaces. En otoño, la berrea resuena entre las ruinas. De noche, el ulular del búho real acompaña al viajero.

Quien se queda a dormir —en alguna de las pocas casas rurales que han devuelto vida puntual al lugar— descubre una experiencia difícil de olvidar: oscuridad absoluta, cielos limpios y sonidos que parecen llegar desde otra época.

El Horcajo que no se rinde

«El poblado del Horcajo es, quizá, la aldea de nuestra provincia de existencia más dramática». Así lo escribió Fernando Jiménez de Gregorio en 1962. Más de medio siglo después, sus palabras siguen vigentes.

Minas del Horcajo no pide compasión. Pide ser contado. Entendido. Recordado. Porque bajo sus ruinas hay miles de vidas, toneladas de plata y una historia que explica buena parte del pasado industrial de Castilla-La Mancha.

Cruzar su túnel no es solo una excursión. Es un viaje a lo que fuimos. Y a lo que no deberíamos olvidar.