Juego de las Caras en Calzada de Calatrava
El extraño juego que paraliza un pueblo cada Viernes Santo ya es BIC: así nació el Juego de las Caras
Cada Semana Santa, la plaza de Calzada de Calatrava se llena de corros, monedas antiguas y memoria colectiva en una tradición única de Castilla-La Mancha
En la Calzada de Calatrava, Ciudad Real, cuando el Viernes Santo se inclina hacia la tarde y el eco de los tambores se pierde entre calles blancas, la Plaza de España se transforma. No hay escenario ni guion. Solo círculos dibujados en la piedra, manos que se abren, monedas que vuelan.
El Juego de las Caras, una tradición única en Castilla-La Mancha, acaba de ser declarado Bien de Interés Cultural en categoría de Bien Inmaterial. Un reconocimiento que protege una costumbre centenaria, pero que no cambia su esencia: la de un pueblo que se reúne para repetir un gesto antiguo, cargado de memoria.
La plaza donde el silencio pesa
Todo comienza después de la Procesión del Encuentro, dentro de la Ruta de la Pasión Calatrava. Los vecinos regresan a la plaza. Se dibujan círculos en el suelo, como si alguien trazara constelaciones invisibles sobre la piedra.
En cada corro, un jugador —el «punto»— deposita su apuesta. La banca la iguala. El subastador levanta la mano y lanza dos monedas antiguas, llamadas «piezas», muchas veces acuñadas en tiempos de Alfonso XII.
El aire se queda quieto. Si salen dos cruces, gana el punto. Si salen dos caras, gana la banca. Si aparece una de cada, el destino pide repetir la tirada. El golpe seco contra el suelo rompe el silencio. Hay risas, suspiros, algún grito breve. Y luego vuelve la calma.
El eco de una escena bíblica
El Juego de las Caras no nació de la casualidad. La tradición recuerda el pasaje en el que los soldados romanos se jugaron las vestiduras de Jesús al pie de la cruz.
Por eso se celebra en plena Cuaresma. Por eso, en medio de la solemnidad de la Semana Santa, esta fiesta profana resuena como una nota distinta. Es la única de su tipo en Castilla-La Mancha durante esos días.
Desde 1993 está reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional y forma parte del reconocimiento nacional de la Ruta de la Pasión Calatrava. Ahora, con su declaración como BIC, se garantiza su protección y su continuidad.
Las monedas que guardan historias
En Calzada, el Juego de las Caras no es un espectáculo para visitantes. Es una tradición familiar. Las monedas pasan de mano en mano como se pasan las recetas, los refranes o las canciones antiguas.
Hay abuelos que enseñan a lanzar las piezas con cuidado, buscando el giro perfecto. Hay niños que miran fascinados, esperando el día en que podrán apostar sus primeras monedas. Hay vecinos que recuerdan partidas de hace treinta años como si hubieran ocurrido ayer.
La consejera portavoz Esther Padilla explicaba que la fiesta convierte la plaza en un lugar de «identidad compartida y memoria viva». Y en efecto, en esos corros no solo se juega dinero. Se juega la historia de un pueblo.
Un rito que desafía al tiempo
En una época de pantallas y prisas, el Juego de las Caras conserva algo esencial: la lentitud. El momento en que las monedas giran en el aire no puede acelerarse. Nadie puede adelantar el resultado. Todos esperan.
Ese instante suspendido es quizá el secreto de su fuerza. Porque durante unos segundos, la plaza entera respira al mismo ritmo. Y cuando las piezas caen, el pasado vuelve a hacerse presente.
El día en que la tradición se hizo patrimonio
El reconocimiento como Bien de Interés Cultural no cambiará el sonido de las monedas ni el dibujo de los círculos. Pero sí asegura que esta costumbre no se pierda.
Que dentro de cien años, cuando otras modas hayan desaparecido, alguien vuelva a lanzar dos piezas al aire en Calzada de Calatrava. Y entonces, como ahora, el pueblo entero mirará hacia arriba. Porque en ese vuelo breve de dos monedas vive algo más que el azar: vive la memoria de un rincón de Castilla-La Mancha, latiendo en la piedra de una plaza.