Moya, Cuenca

Moya, CuencaViajes por Castilla-La Mancha

A 1.000 metros sobre Cuenca se esconde la llave de reinos: la «Manhattan medieval» de la Duquesa de Alba

Moya, la ciudad que lo tuvo todo y hoy es una ciudad fantasma que resiste en la Serranía de Cuenca

En lo alto de un cerro solitario de la Serranía Baja de Cuenca, rodeado de campos secos y silencio, se alzan las ruinas de una ciudad que llegó a ser una potencia medieval. No un simple pueblo, sino una pequeña «Manhattan» de piedra en Castilla-La Mancha, con murallas impenetrables, siete iglesias, conventos, hospitales y un castillo que dominaba tres reinos.

Hoy se llama Moya, y su historia parece salida de una novela: fue señorío de los Reyes Católicos, marquesado de la Casa de Alba y uno de los enclaves estratégicos más importantes de la Edad Media española. Ahora es un paraíso escondido donde el viento recita lo que la historia olvidó.

La ciudad imposible que nació sobre una muela de roca

Moya se levantó sobre una «muela» caliza de casi 60 hectáreas. Allí llegaron a vivir alrededor de 1.200 habitantes en calles estrechas que parecían un laberinto defensivo.

La villa tenía siete iglesias, dos conventos, hospitales de pobres y cautivos de la Orden de Santiago, ayuntamiento, pósito municipal y cinco recintos amurallados con ocho puertas. Para llegar al corazón de la ciudad había que atravesar controles como si se tratara de una aduana medieval.

No era casualidad. Moya estaba en la frontera de Castilla, Aragón y Valencia, un puerto seco donde se cobraban impuestos a los mercaderes. Era la «llave de reinos», un skyline de torres y espadañas que se alzaba como una isla de piedra sobre el vacío.

Los arqueólogos han encontrado evidencias desde la Edad del Bronce, monedas romanas y restos de su conquista cristiana en 1183. En 1215 pasó a la Orden de Santiago y en 1480 se convirtió en marquesado concedido por los Reyes Católicos a Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla.

El pueblo de la Duquesa de Alba

El título del Marquesado de Moya terminó integrándose en la Casa de Alba, y durante siglos formó parte del patrimonio de la familia de la recordada Cayetana Fitz‑James Stuart, la Duquesa de Alba.

La Duquesa de Alba durante la procesión en honor a la Virgen de Tejeda

La Duquesa de Alba durante la procesión en honor a la Virgen de TejedaAmigos de Moya

Ella visitó las ruinas en varias ocasiones, paseando entre iglesias sin techo y murallas abiertas al cielo. Era uno de los muchos castillos de su inmenso legado aristocrático, y quizá uno de los más evocadores.

Porque en Moya todo parece suspendido en el tiempo. La iglesia de Santa María la Mayor aún conserva parte de su estructura y revive puntualmente el culto. Las otras seis son fantasmas de piedra, ábsides abiertos al viento que recuerdan que aquí hubo vida, comercio, rezos y mercados.

Cuando la historia se fue y el silencio se quedó

La decadencia llegó en el siglo XVIII y se aceleró en el XIX, cuando guerras, desamortizaciones y cambios administrativos hicieron que los pueblos dependientes se separaran.

A mediados del siglo XX, los últimos vecinos abandonaron el cerro buscando agua, luz y futuro. Muchos desmontaron sus propias casas para vender vigas y piedras. El padrón cayó hasta los barrios del Arrabal, al pie de la colina.

Desde entonces, Moya es un Conjunto Histórico protegido que despierta solo en momentos especiales, como el Septenario de la Virgen de Tejeda, cuando las calles vacías se llenan de procesiones y danzas tradicionales.

Septenario de la Virgen de Tejeda de Moya

Septenario de la Virgen de Tejeda de MoyaZascandileando

El secreto mejor guardado de la Serranía de Cuenca

Hoy Moya es un lugar que parece inventado: una ciudad fantasma medieval donde el visitante puede caminar entre murallas intactas, subir a la torre del homenaje y mirar tres provincias desde el mismo horizonte.

Un paraíso que mezcla misterio, historia y emoción, uno de esos rincones de Castilla-La Mancha capaces de emocionar incluso a quien cree haberlo visto todo.

Porque Moya no fue solo un pueblo. Fue una ciudad poderosa, una frontera entre reinos, un sueño de piedra que el tiempo dejó dormido… y que hoy vuelve a latir cada vez que alguien cruza la Puerta de la Vila y escucha el eco de sus pasos en las calles vacías.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas