Batalla de Talavera (28 de julio de 1809)
El día que Talavera de la Reina hizo retroceder a Napoleón y convirtió a Wellington en leyenda
Cerca de 14.000 bajas y dos jornadas de combate convirtieron la ciudad toledana en escenario de una de las batallas más sangrientas de la Guerra de la Independencia
Talavera de la Reina fue durante dos días el centro de Europa. Entre el 27 y el 28 de julio de 1809, decenas de miles de soldados españoles, británicos y franceses se enfrentaron a las puertas de la ciudad en una batalla feroz que obligó a retroceder al ejército napoleónico y lanzó a la gloria a un militar llamado Arthur Wellesley. El mundo acabaría conociéndolo como el duque de Wellington.
Han pasado 217 años, pero aquella lucha continúa siendo uno de los episodios más importantes —y también más sangrientos— de la Guerra de la Independencia. No fue una victoria definitiva ni permitió expulsar a los franceses de España. Sin embargo, durante unas horas, Talavera logró contener a una de las máquinas militares más temidas de Europa.
Una ciudad clave para llegar a Madrid
La posición de Talavera era estratégica. Situada junto al Tajo y en el camino que comunicaba Portugal con Madrid, controlar la ciudad significaba dominar una de las principales rutas de acceso a la capital.
En abril de 1809, Wellesley había desembarcado en Portugal y emprendido la denominada Campaña del Tajo. Su propósito era unir sus fuerzas con las tropas españolas del general Gregorio García de la Cuesta y avanzar hacia Madrid, ocupada por los franceses.
El ejército aliado reunió alrededor de 35.000 soldados españoles y unos 20.000 británicos. Frente a ellos se situaron cerca de 46.000 hombres dirigidos por José Bonaparte, hermano de Napoleón y rey impuesto en España, junto a los mariscales Jean-Baptiste Jourdan, Claude Victor y Horace Sébastiani.
El Cerro de Medellín, la llave de la batalla
Los aliados extendieron su línea defensiva desde el río Tajo hasta el Cerro de Medellín. Los españoles ocuparon el flanco derecho, junto a Talavera, mientras los británicos defendieron la zona izquierda y las alturas. Frente a ellos, las fuerzas francesas se desplegaron alrededor del Cerro del Cascajal, separadas por el arroyo de la Portiña.
La tarde del 27 de julio, los franceses cruzaron el Alberche y sorprendieron a una avanzadilla británica. El propio Wellesley estuvo cerca de caer prisionero y tuvo que escapar a caballo para alcanzar sus líneas.
Aquella misma noche, las tropas del mariscal Victor tomaron momentáneamente el Cerro de Medellín. Los británicos reaccionaron y recuperaron la posición a la bayoneta. Pero el asalto decisivo todavía estaba por llegar.
Al amanecer del 28 de julio, los franceses volvieron a atacar. La artillería castigó las posiciones aliadas y miles de soldados avanzaron bajo un calor asfixiante contra el cerro, el centro británico y el entorno del Pajar de Vergara. Las líneas estuvieron cerca de romperse, pero la resistencia británica y la intervención de la caballería y la artillería españolas terminaron frenando el empuje imperial. Al caer la tarde, el ejército francés había sido rechazado.
Una victoria pagada con sangre
Las cifras reflejan la brutalidad del combate. Las estimaciones más extendidas hablan de unas 7.300 bajas francesas, más de 5.300 británicas y hasta 1.200 españolas entre muertos, heridos y desaparecidos. Cerca de 14.000 hombres quedaron fuera de combate en apenas dos jornadas. Los recuentos históricos varían, pero todos coinciden en situarla entre las luchas más cruentas de aquella guerra.
La victoria, sin embargo, tuvo un sabor amargo. Los aliados habían conservado sus posiciones y obligado a los franceses a retirarse, pero no pudieron perseguirlos. La llegada de refuerzos napoleónicos amenazaba con cortar la comunicación británica con Portugal y Wellesley ordenó abandonar la zona.
Pocos días después, las tropas francesas regresaron a una Talavera devastada, cargada de heridos y castigada por los saqueos, los incendios y la destrucción de sus cosechas. Fue, por tanto, una victoria táctica de los aliados, pero prácticamente estéril desde el punto de vista estratégico.
El nacimiento de Wellington
Quien sí supo convertir Talavera en una victoria personal fue Arthur Wellesley. Por su actuación recibió los títulos de vizconde de Wellington y vizconde de Talavera. Aquel reconocimiento fue el primer gran escalón de una fama que alcanzaría su cima seis años después, cuando derrotó definitivamente a Napoleón en Waterloo.
El general español Gregorio García de la Cuesta fue distinguido con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, aunque su protagonismo terminaría quedando oscurecido por la leyenda del comandante británico.
Talavera no puso fin a la ocupación francesa. Tampoco cambió por sí sola el rumbo de la guerra. Pero aquel 28 de julio de 1809 demostró que los ejércitos de Napoleón podían ser detenidos. Y convirtió para siempre los campos que rodeaban la ciudad toledana en el escenario donde comenzó a forjarse el hombre que acabaría derrotando al emperador.