Tablas de Daimiel
Las Tablas de Daimiel ardieron por dentro y se convirtieron en un brasero de 600 hectáreas
Este 5 de septiembre se cumplen 40 años del incendio que arrasó un tercio del parque y alcanzó la turba del subsuelo, donde el fuego podía mantenerse durante meses o incluso años
Las llamas eran únicamente la parte visible del desastre. Bajo la vegetación calcinada, el fuego había penetrado en la turba y continuaba consumiendo el corazón de Las Tablas de Daimiel. El parque nacional se había transformado en lo que las crónicas de aquellos días definieron como un «brasero de 600 hectáreas».
El incendio comenzó durante la noche del viernes 5 de septiembre de 1986. Las Tablas se encontraban completamente secas y el fuego encontró por delante una extensión de carrizos, masiegas y materia vegetal deshidratada. Más de 600 de las aproximadamente 2.000 hectáreas que entonces componían el espacio protegido terminaron afectadas. Era cerca de un tercio del parque.
Un frente de varios kilómetros
Las primeras horas resultaron decisivas. Un cambio en la dirección del viento, producido alrededor de nueve horas después de comenzar el incendio, disparó su avance. El frente llegó a alcanzar unos dos kilómetros y medio de anchura y se extendió a lo largo de entre tres y cuatro kilómetros por las zonas central y meridional del parque.
Más de un centenar de personas participaron en las tareas de extinción, entre trabajadores del antiguo ICONA, agentes de la Guardia Civil y efectivos movilizados por el Ayuntamiento de Daimiel y la Diputación de Ciudad Real. También intervinieron medios aéreos y maquinaria pesada para abrir cortafuegos. Pero apagar las llamas de la superficie no significaba controlar el incendio.
La vegetación había formado una especie de tapón sobre el terreno y el fuego alcanzó las capas profundas. Cuando los equipos conseguían sofocar un sector, la combustión que continuaba bajo sus pies podía hacer reaparecer las llamas.
El fuego que podía durar años
El mayor peligro se encontraba en la turba, una acumulación de materia orgánica que permanece estable mientras está cubierta de agua, pero que puede convertirse en combustible cuando el humedal se seca.
Los responsables del parque advirtieron de que aquella combustión subterránea podía prolongarse durante meses e incluso años, hasta consumir la materia orgánica y alcanzar las capas minerales. La única solución realmente eficaz pasaba por recuperar el agua perdida y volver a inundar el terreno.
El director del parque, Jesús Casas, sostuvo entonces que el incendio había sido provocado deliberadamente y que existía una intención de causar daño al espacio protegido. La tesis cobró todavía más gravedad porque aquel no había sido el único fuego del año: otro incendio intencionado había quemado alrededor de 300 hectáreas en marzo.
Un parque nacional completamente seco
El desastre no podía entenderse sin la situación extrema que atravesaban Las Tablas. La reducción de los caudales del Guadiana y del Cigüela, unida a la extracción intensiva de aguas subterráneas para los regadíos, había contribuido a secar el humedal.
La progresiva explotación del acuífero de La Mancha Occidental y las obras de canalización y drenaje emprendidas desde décadas anteriores alteraron el equilibrio hídrico de un espacio formado precisamente por el desbordamiento de los ríos y la aportación de las aguas subterráneas.
Las consecuencias para la fauna fueron inmediatas. Las crónicas estimaron que unas 600 hectáreas quedarían inutilizadas a medio plazo para la nidificación de aves acuáticas. El masegar, considerado una de las formaciones vegetales más valiosas del parque, podía necesitar hasta cinco años para recuperarse, siempre que regresara el agua.
Cuarenta años después
Las Tablas de Daimiel abarcan actualmente 3.030 hectáreas y continúan siendo uno de los humedales más importantes de Europa. Su supervivencia sigue dependiendo de aquello que faltó en septiembre de 1986: agua suficiente para impedir que la turba vuelva a quedar expuesta.
El pasado febrero, las aportaciones naturales del Cigüela y las lluvias elevaron la superficie inundada hasta unas 600 hectáreas y permitieron detener los pozos de emergencia. Cuarenta años después, la misma cifra que sirvió para medir la devastación del incendio reaparecía asociada, esta vez, a la recuperación del humedal.