Cassinello y la ayuda española en Manhattan
El hombre ligado a Toledo que quedó al frente de 3.000 españoles atrapados en Nueva York durante el 11-S
Emilio Cassinello era el cónsul general de España cuando los atentados paralizaron la ciudad y convirtió el consulado en refugio para cientos de compatriotas
El conductor de Emilio Cassinello le dio la primera noticia cuando acababa de abandonar la residencia oficial del cónsul español, situada en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 63 de Nueva York. Una avioneta, le dijo, se había estrellado contra una de las Torres Gemelas.
Era la mañana del 11 de septiembre de 2001 y nadie podía imaginar todavía que el mundo estaba a punto de cambiar. Cassinello pensó inicialmente en un accidente. La posibilidad de un ataque terrorista se abrió paso poco después, cuando observó en una televisión cómo un segundo avión golpeaba la Torre Sur.
El diplomático corrió hacia el Consulado General de España, cuyas oficinas se encontraban en las plantas 31 y 32 de un edificio de la calle 53. Su primera preocupación fueron los posibles turistas españoles que pudieran encontrarse en el mirador de la Torre Norte. Por fortuna, la plataforma de observación no abría hasta las nueve de la mañana.
Aquel detalle horario pudo evitar que varios españoles quedaran atrapados en lo alto del World Trade Center.
La máxima autoridad española
El atentado sorprendió al embajador de España en Estados Unidos, Javier Rupérez, y al representante permanente ante Naciones Unidas, Inocencio Arias, en Madrid, donde asistían a una conferencia de embajadores. Cassinello se convirtió así en la autoridad española de mayor rango presente en Nueva York durante las primeras y caóticas horas.
Alrededor de 3.000 españoles se encontraban de paso en una ciudad completamente paralizada. El espacio aéreo había sido cerrado, las comunicaciones se habían desplomado y miles de personas abandonaban Manhattan a pie atravesando los puentes.
Muchos compatriotas acudieron al consulado sin alojamiento, sin posibilidad de regresar a España y sin haber logrado avisar a sus familias. Otros permanecían desaparecidos para sus allegados, que llamaban desesperadamente en busca de noticias.
La comunicación con Madrid también resultaba prácticamente imposible. Una ciudadana propuso entonces recurrir al servicio de llamadas a cobro revertido de España Directo. Aquella vía permitió finalmente establecer contacto con la Oficina de Información Diplomática.
El consulado se transformó en un improvisado centro de atención y refugio. Unas 300 personas llegaron a entrar en sus instalaciones, mientras el personal diplomático, las oficinas de Turismo y Comercio y la representación española se organizaron para atender a los afectados.
Madrid puso a su disposición un fondo de emergencia de 20.000 dólares, del que se entregaban ayudas reembolsables de 200 dólares a los españoles que se habían quedado sin recursos. El consulado permaneció abierto permanentemente durante los días posteriores a la tragedia.
Las historias que dejó el horror
Más allá de aquel enorme operativo, Cassinello tuvo que enfrentarse a la dimensión más dolorosa del atentado. Acompañó a unos padres que debían someterse a pruebas de ADN para tratar de identificar los restos de su hija y recibió a un trabajador gallego que había conseguido escapar de la Torre Sur.
El hombre se encontraba en uno de los pisos superiores cuando vio el impacto del primer avión y decidió abandonar inmediatamente el edificio. Mientras descendía, el segundo aparato se estrelló contra su torre. Los ascensores quedaron inutilizados y tuvo que completar la huida a pie.
Cassinello tampoco olvidaría el olor a fuego ni el estremecedor silencio que se apoderó de una ciudad acostumbrada al ruido. Nueva York parecía haber quedado suspendida entre el miedo a nuevos ataques y la necesidad de comenzar a levantarse.
El diplomático que gestionó aquella emergencia quedó posteriormente ligado a Castilla-La Mancha como director general del Centro Internacional de Toledo para la Paz, una institución fundada en 2004 para contribuir a la prevención y resolución de conflictos.
Veinticinco años después, su testimonio conserva una extraordinaria conexión con Toledo: la del hombre que vivió el mayor atentado terrorista sufrido por Estados Unidos y quedó al frente de la ayuda a miles de españoles atrapados en una ciudad cerrada por tierra, mar y aire.