El sacerdote Virgilio Sánchez Marcos
Muere Virgilio Sánchez Marcos, capellán del hospital de Los Montalvos de Salamanca durante casi 30 años
Dedicó su vida al anuncio del Evangelio como misionero en Paraguay, párroco en varios pueblos de la Sierra de Francia y de la comarca de Vitigudino
El sacerdote diocesano Virgilio Sánchez Marcos ha muerto este jueves en Salamanca, a los 88 años de edad, tras 62 años de ministerio sacerdotal «entregado al anuncio del Evangelio y al servicio de los más pobres y enfermos», según ha informado la Diócesis.
Natural de La Tala, donde nació el 19 de octubre de 1937, Virgilio Sánchez se formó en el Colegio María Auxiliadora de Salamanca y en el Seminario diocesano. Se licenció en Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca y fue ordenado presbítero el 14 de abril de 1963.
Un año después de su ordenación, el obispo Francisco Barbado Viejo le envió como misionero a Asunción (Paraguay) a través de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA). Allí ejerció como coadjutor y colaboró como profesor en el Colegio Hispanoamericano, donde desarrolló su ministerio en barrios humildes de la capital paraguaya. Aquella experiencia marcaría profundamente su vocación sacerdotal y su sensibilidad hacia los más vulnerables.
A bordo de un vespino por Chamberí
En 1969 regresó a Salamanca como vicario parroquial de Tejares. Vivió en una pequeña casa en el barrio de Chamberí, donde era frecuente verle recorrer las calles en su vespino, siempre cercano a los vecinos, conversando con unos y otros y compartiendo la vida sencilla del barrio. Quienes le conocieron recuerdan a un sacerdote paciente y muy humano, que dedicaba tiempo a escuchar y acompañar a las personas.
Más adelante, en 1983, el obispo Mauro Rubio le encomendó el servicio pastoral en diversas parroquias de la Sierra de Francia, entre ellas Sequeros y San Martín del Castañar, donde trabajó en equipo sacerdotal y en comunión con comunidades de vida consagrada. En 1996 fue destinado a la comarca de Vitigudino, concretamente a las parroquias de Escuernavacas y Moronta.
A lo largo de su vida desempeñó también otras responsabilidades diocesanas, como delegado diocesano de Misiones y miembro del equipo formativo del Seminario diocesano de Salamanca.
Uno de los servicios más significativos de su ministerio fue el que desarrolló durante casi treinta años como capellán del Hospital de Los Montalvos. Allí acompañó espiritualmente a miles de enfermos, familiares y personal sanitario, especialmente en la Unidad de cuidados paliativos, donde era muy apreciado por su cercanía, su serenidad y su capacidad de escucha, sosteniendo con la oración a quienes atravesaban momentos de sufrimiento o duelo.
Virgilio Sánchez Marcos, en otra imagen
El religioso pertenecía a la Asociación de Sacerdotes del Prado, inspirada en el carisma del beato Antonio Chevrier, que invita a seguir a Jesucristo desde una vida evangélica sencilla y entregada especialmente a la evangelización de los pobres. Este espíritu marcó también su forma de vivir el sacerdocio y su cercanía a quienes más sufrían.
Con motivo del Día del Seminario de 2013, año en el que celebró sus bodas de oro sacerdotales, compartía en la revista diocesana Comunidad un artículo en el que resumía su camino sacerdotal. Refiriéndose al lema de aquella campaña, «Sé de quién me he fiado», afirmaba que prefería entenderlo como «un ejercicio continuo de acción de gracias». Y agradecía al Señor, «se ha fiado de mí y me ha confiado el ministerio». En aquel texto recordaba cómo su vida había estado marcada por la experiencia de la misericordia de Dios, por la misión entre los pobres de Paraguay y de los barrios de Salamanca, por el trabajo pastoral en la Sierra y por el acompañamiento a los enfermos. Incluso la enfermedad que él mismo padeció durante años la entendía como una nueva forma de misión: la cercanía a quienes sufren.
Me alegro de haber acertado a elegir algo que no es una profesión ni una carrera, sino toda ella vocación y misión
Al celebrar los 50 años de ministerio recordaba también cuál había sido la raíz de su vocación: descubrir que la vida es llamada y servicio. «Me alegro de haber acertado a elegir algo que no es una profesión ni una carrera, sino toda ella vocación y misión», afirmaba.
En sus últimos años ha residido en la Residencia diocesana, donde compartía la vida junto a otros sacerdotes, laicos y laicas, acompañando con su oración la vida pastoral de la diócesis.
Su vida sacerdotal estuvo marcada por esa misión evangélica de llevar la cercanía de Dios a los más necesitados, en sintonía con las palabras del evangelio: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18)», afirma la Diócesis de Salamanca, quien «da gracias a Dios por su vida y ministerio y encomienda su alma al Señor».