Palacio de Justicia de Burgos, con la imagen de Laura Domingo utilizada para buscar a la niña cuando desapareció

Palacio de Justicia de Burgos, con la imagen de Laura Domingo utilizada para buscar a la niña cuando desapareció

El terrible crimen de Laura Domingo, camino de prescribir sin que nadie haya pagado todavía por él

35 años después de que la niña desapareciera mientras jugaba en la calle y apareciera muerta, se sigue sin conocer quién ni cómo asesinó a la niña del barrio burgalés de Capiscol

Treinta y cinco años después de la desaparición y asesinato de Laura Domingo, la niña de seis años del barrio burgalés de Capiscol, el caso continúa sin culpables y se acerca a un punto crítico: la prescripción en 2029, fecha límite para que la Justicia pueda actuar si no surge una nueva prueba sólida. Aunque este tipo de hechos prescriben a los 20 años, el último archivo de la causa se dio en 2009, por lo que se toma como referencia esta fecha para cerrarlo definitivamente. Sin embargo, ya no se están llevando a cabo pesquisas policiales: la última vía de investigación, que se centró en un tío materno de la niña, se cerro después de su muerte, que tuvo lugar en 2015.

Los hechos se remontan al 8 de abril de 1991, cuando Laura jugaba con otros niños en la calle Sasamón, a escasos metros de su casa. Tal y como narraron los niños después, un hombre de unos 30 años se la llevó de la mano. Su desaparición entonces movilizó a toda la ciudad de Burgos con carteles, batidas, voluntarios y presencia constante en los medios de comunicación. Los vecinos se echaron literalmente a las calles para reclamar a quien se hubiera llevado a Laura que la dejara en libertad.

También los bomberos de Burgos vadearon el cauce del río Arlanzón y la playa de Fuente el Prior con perros adiestrados y buzos.

Veinte días de búsqueda

Sin embargo, a los veinte días, el 28 de abril, un matrimonio la encontraba sin vida en el arroyo de un paraje natural cercano a la localidad de San Medel en Burgos. No presentaba signos visibles de violencia, pero la autopsia determinó que había muerto por asfixia.

La investigación policial, marcada por la falta de pruebas y por errores iniciales, avanzó entre hipótesis cambiantes. El primer sospechoso fue un hombre de unos 30 años cuyo perfil encajaba con el testimonio de los niños. Fue detenido, pero quedó en libertad al demostrar que estaba en la Comunidad Valenciana. En segundo lugar, el caso se reabrió en 1999. Se volvió a investigar al mismo individuo, pero sin resultados.

Y, por último, en 2006 las sospechas se centraron en Alberto, tío materno de Laura. Éste, aparte de autoinculparse, relató que Rosario –una mujer con la que entonces mantenía una relación sentimental– y un hombre identificado como Jesús, se habían desplazado hasta el barrio de Capiscol para buscar a la pequeña y llevársela con la excusa de comprarle un regalo de cumpleaños.

Este mismo hombre confesó a la Policía y a la juez instructora que la niña murió de «manera accidental» en el citado coche, por asfixia. Les dijo que el cadáver de Laura estuvo en la casa de Charo, en el centro de la ciudad en un ático de la calle del Hondillo, metida, tras su muerte, en el interior de un congelador.

Para trasladar el cadáver de la pequeña hasta San Medel, donde apareció el cuerpo, tuvieron la ayuda de una pareja que vivía en ese domicilio. El hombre vendió su vehículo tres meses después de la desaparición de Laura y la ex pareja del tío de Laura se suicidó después en un psiquiátrico de Palencia.

Para tratar de determinar si su tío pudo ser el asesino de Laura, en 2008 se elaboró un estudio psicológico. En ese informe se explicaba que le realizaron hasta cinco entrevistas a comienzos de 2008 y los resultados de este estudio rebatían al Ministerio Fiscal que había archivado en varias ocasiones el caso. El sucesivo archivo de la causa impedía ampliar las investigaciones del hecho. Pero el análisis de la psicóloga y el forense decía que el tío de la niña relataba los hechos con conocimiento y voluntad plenas.

Desde entonces, la investigación permanece estancada. No existe móvil claro, no se conservan objetos clave y los métodos forenses de la época dificultan cualquier avance. La memoria de Laura sigue viva en Burgos, pero el tiempo judicial se agota.

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