Villoruela, SalamancaAyuntamiento de Villoruela (Salamanca)

La familia salmantina que lucha por mantener vivo el oficio que marcó la historia de su pueblo: «Todo se vendía»

Cada vivienda tenía su pequeño taller improvisado y muchas casas comenzaron incluso a construirse pensando en la mercancía

Hubo un tiempo en el que el sonido de Villoruela (Salamanca) era el de la radio encendida y el golpeteo constante de las manos trabajando el mimbre. Un tiempo en el que las calles se llenaban de camiones esperando carga, las naves rebosaban mercancía y prácticamente cada familia del pueblo vivía, directa o indirectamente, de un oficio tan duro como artesanal. El mimbre no era simplemente un trabajo: era la economía del pueblo, su identidad y también una forma de entender la vida. Después de comer, mientras en otros lugares la gente bajaba al bar, allí se volvía al «cuarto», como llamaban al taller dentro de casa. Cuantas más sillas se hacían, más dinero entraba a final de mes.

Hoy apenas quedan artesanos. Las enormes pilas de mimbre ya no ocupan cada rincón de las naves y los pedidos, cuando llegan, tardan meses en completarse porque faltan manos. La industria que llegó a mover millones y que convirtió a Villoruela en uno de los pueblos con mayor actividad económica de la provincia agoniza lentamente desde hace décadas.

Sin embargo, entre ese silencio todavía resiste una pequeña llama. La sostiene Azucena, heredera de una historia familiar construida a base de sacrificio y trabajo, y también sus hijos, Álvaro y Ángel de la Torre, que han decidido pelear contra el olvido utilizando las herramientas de una nueva generación: internet, las redes sociales y la memoria.

Azucena y sus hijos Álvaro y Ángel de la Torre trabajan en el sector de la mimbre en la locaclidad salmantina de VilloruelaJesús Formigo | Ical

La historia de esta familia es también la historia del mimbre en Salamanca. Una historia de pobreza, emigración, esfuerzo y emprendimiento que comenzó mucho antes de que existieran las empresas, las facturas o las páginas web. Comenzó con un burro cargado de cestas recorriendo pueblos.

Un oficio nacido de la necesidad

Azucena habla de sus abuelos y de sus padres con una mezcla de admiración y nostalgia. Cuando recuerda cómo empezó todo, lo hace desde una memoria construida entre historias familiares y escenas que todavía conserva grabadas desde niña. Su abuelo, Juan Andrés, fabricaba canastos, aguaderas y utensilios de mimbre que después vendía por los pueblos de alrededor. En aquella España rural en la que no existía el plástico ni el agua corriente llegaba a todas las casas, el mimbre era imprescindible para la vida cotidiana. Servía para transportar cántaros, recoger cosechas o almacenar mercancía. Era un objeto humilde, sí, pero absolutamente necesario.

«Ellos iban a vender por los pueblos con un burro», recuerda Azucena. Así fueron reuniendo poco a poco el dinero suficiente para seguir adelante. Su padre y su tío Paco heredaron aquel oficio y decidieron convertirlo en algo más grande. No tenían apenas estudios ni recursos económicos, pero sí una capacidad enorme para trabajar y una convicción absoluta en lo que hacían. Aquellos dos hermanos acabarían levantando Artesanía Lazmar, una de las empresas más importantes del sector en toda la provincia.

Los comienzos, sin embargo, estuvieron marcados por la miseria. Azucena recuerda que su padre llegó a pasar temporadas fuera de casa enseñando el oficio en cárceles porque cualquier ingreso era necesario para sobrevivir. «Ellos amaban lo que hacían», repite varias veces durante la conversación. Y en esa frase se resume gran parte de la historia de la familia: el mimbre no era únicamente una forma de ganar dinero, sino también una manera de construir dignidad en una época durísima.

Las mujeres invisibles del mimbre

Los recuerdos de infancia de Azucena están llenos de imágenes relacionadas con el trabajo. Recuerda perfectamente a su padre llegando con el tractor cargado de mimbre y a decenas de mujeres esperando para repartir el material. La escena se repetía constantemente. «Eran muchísimas mujeres», explica. Ellas extendían la mimbre, pesaban los kilos y se llevaban el material a casa para trabajar durante horas.

Porque el mimbre nunca fue solamente cosa de hombres. Aunque muchos artesanos se encargaban de vender o fabricar determinadas piezas, el trabajo implicaba a familias enteras. Las mujeres sostenían buena parte de la producción desde sus propios hogares, combinando el cuidado de los hijos y de la casa con jornadas interminables de trabajo artesanal. El pueblo entero giraba alrededor de aquel oficio. Cada vivienda tenía su pequeño taller improvisado y muchas casas comenzaron incluso a construirse pensando en la mercancía.

Azucena y sus hijos Álvaro y Ángel de la Torre trabajan en el sector de la mimbre en la locaclidad salmantina de VilloriaJesús Formigo | Ical

Todavía hoy llaman la atención las puertas elevadas que existen en numerosas viviendas de Villoruela. Puertas que no dan a ningún balcón ni terraza y que desconciertan a quien no conoce la historia del pueblo. Su función era sencilla: desde allí se lanzaban los sillones y las piezas de mimbre directamente a los camiones para cargarlos. El mimbre transformó incluso la arquitectura del lugar.

A final de mes, las colas para cobrar recorrían prácticamente toda la nave. «Era todo el pueblo», insiste Azucena. «Todo el mundo trabajaba». Durante décadas, el oficio garantizó estabilidad económica a muchísimas familias y permitió que el municipio creciera gracias a una industria que nació desde abajo, sin ayudas ni apoyos institucionales.

El gran auge del mimbre

El gran salto llegó gracias a un pedido gigantesco de perreras de mimbre realizado por un comerciante americano. Miles de piezas que obligaban a hacer una inversión enorme en materiales y mano de obra. Para dos hermanos que apenas tenían recursos económicos, aquello suponía un riesgo descomunal. Pero decidieron lanzarse.

Pidieron créditos, contrataron gente y comenzaron a producir a gran escala. A partir de ahí todo empezó a crecer. Los vagones de tren salían cargados de mercancía desde Babilafuente y los pedidos comenzaron a multiplicarse. Alemania descubrió la calidad de los artesanos de Villoruela y empezó a comprar enormes cantidades de muebles y baúles. Más tarde llegaron también los franceses y otros mercados internacionales.

Azucena recuerda noches enteras con camiones esperando para cargar mercancía. «El pueblo quedaba limpio», explica. Todo salía. Los sillones, los baúles y las perreras terminaban repartidos por media Europa. Aquella explosión económica permitió a muchas familias prosperar, construir viviendas y vivir con una estabilidad poco habitual en el mundo rural de la época.

Sin embargo, el éxito también escondía errores que acabarían pasando factura con el tiempo. Nadie pensó en patentar diseños ni en proteger los modelos que iban creando los artesanos. Tampoco se apostó por la mecanización o por introducir nuevas herramientas de producción. Todo seguía dependiendo únicamente de las manos y de la experiencia. «Todo se vendía», resume Azucena. Y precisamente por eso nadie imaginó que algún día aquello pudiera desaparecer.

Cuando el mundo cambió

La caída del sector no fue repentina. Azucena la define como «una muerte lenta y agónica». Primero comenzaron a llegar materiales mucho más baratos, especialmente el plástico. Después apareció la competencia internacional de países donde la mano de obra costaba una mínima parte de lo que costaba en España.

La familia llegó incluso a viajar a Indonesia para importar mercancía y poder competir. Allí descubrieron enormes fábricas llenas de trabajadores que apenas descansaban y que cobraban cantidades irrisorias. «¿Cómo vas a competir contra eso?», se pregunta Azucena. Mientras tanto, en Villoruela todo seguía haciéndose prácticamente igual que décadas atrás: de forma artesanal, lenta y completamente manual.

Azucena y sus hijos Álvaro y Ángel de la Torre trabajan en el sector de la mimbre en la locaclidad salmantina de VilloriaJesús Formigo | Ical

La falta de apoyo institucional agravó todavía más la situación. Azucena lamenta que el oficio jamás fuera valorado como patrimonio cultural o artesanal, algo que sí ocurrió en otros países como Francia. Allí existen escuelas y celebraciones dedicadas al mimbre, mientras que en España el sector quedó asociado durante mucho tiempo a algo humilde y poco prestigioso. «Nos llamaban los gitanos de la mimbre», recuerda con crudeza. Aquella mirada despectiva hacia el oficio marcó a varias generaciones de artesanos que, pese a todo, siguieron trabajando durante décadas.

La familia como refugio

Cuando el negocio empezó a derrumbarse definitivamente, la familia volvió a convertirse en el único salvavidas posible. Azucena nunca imaginó que acabaría dedicando toda su vida al mimbre. Ella estudiaba turismo, le apasionaban los idiomas y soñaba con otro futuro. Pero la muerte de su padre cambió completamente sus planes. Regresó para ayudar a su madre y terminó quedándose para siempre al frente del negocio familiar.

Después llegaron sus hijos. Todos acabaron implicándose de una forma u otra. Algunos dejaron todo para incorporarse cuanto antes a la empresa y otros comenzaron a aplicar conocimientos relacionados con la contabilidad, la informática o la administración. El negocio se convirtió nuevamente en un proyecto colectivo sostenido por la familia.

Sin embargo, a partir de 2018 la situación era prácticamente insostenible. Las ventas habían caído, los artesanos desaparecían poco a poco y el modelo tradicional ya no funcionaba. Azucena estaba convencida de que el cierre era inevitable. Fue entonces cuando sus hijos decidieron intentar algo diferente.

La resistencia digital

Álvaro de la Torre pertenece a una generación completamente distinta. Estudió marketing y publicidad y entendió que el problema no era solamente vender muebles, sino contar la historia que había detrás de ellos. Así nació la nueva estrategia digital de Mimbre Spain.

La familia rehízo la página web, reorganizó el catálogo y comenzó a trabajar intensamente las redes sociales. Vídeos cortos, fotografías cuidadas y publicaciones cargadas de nostalgia empezaron a enseñar a miles de personas un oficio que muchos daban ya por desaparecido. El objetivo no era únicamente vender, sino reivindicar el valor humano y artesanal que existía detrás de cada pieza. «Quería enseñarle al mundo lo que era esto», explica Álvaro. «Dejar una huella».

Ángel de la Torre, centrado en la contabilidad y la gestión administrativa, también se convirtió en una pieza clave en esa modernización silenciosa del negocio. Mientras Azucena reconoce que ella jamás habría sabido manejar sola todo aquel mundo digital, sus hijos comenzaron a aplicar poco a poco todo lo que habían aprendido para intentar salvar la empresa familiar.

Las redes sociales empezaron a funcionar. Mucha gente descubrió por primera vez el trabajo artesanal que existía detrás de aquellos muebles y otros simplemente conectaron con los recuerdos de su infancia. Porque prácticamente todo el mundo, especialmente quienes crecieron en pueblos, conserva alguna imagen relacionada con el mimbre: una silla en casa de los abuelos, un cesto para la ropa o una mecedora en el patio. «La nostalgia funciona porque todos tienen algo relacionado con el mimbre», explica Álvaro.

Un oficio que se queda sin manos

Pero ni siquiera internet puede solucionar el problema principal: ya casi no quedan artesanos. Los pocos que continúan trabajando envejecen y no existe relevo generacional. Los jóvenes no quieren dedicar su vida a un oficio lento, duro y poco rentable. Fabricar dos sillones al día después de décadas de experiencia resume perfectamente la realidad actual del sector.

Azucena y sus hijos Álvaro y Ángel de la Torre trabajan en el sector de la mimbre en la locaclidad salmantina de VilloriaJesús Formigo | Ical

Azucena explica que tiene pedidos pendientes desde hace meses simplemente porque no hay capacidad suficiente para producir más rápido. «Si entra otro pedido grande, no puedo aceptarlo», reconoce resignada. La empresa sobrevive, pero vive limitada por la desaparición progresiva de quienes saben trabajar el material. Y aun así, continúan.

Lo que todavía permanece

Quizá el verdadero motor ya no sea el negocio. Quizá sea la necesidad de conservar algo mucho más profundo. Cuando Azucena habla de sus padres, de los viajes a Alemania sin saber idiomas, de los catálogos hechos desde cero o de aquellos apretones de manos que valían más que cualquier contrato, resulta evidente que el legado de esta familia va mucho más allá de los muebles.

La familia sigue peleando porque siente la obligación moral de conservar una parte de su historia. De demostrar que aquello existió. Que hubo un pueblo entero viviendo del mimbre. Que hubo hombres y mujeres capaces de levantar una industria internacional desde un pequeño rincón de Salamanca utilizando únicamente sus manos, su creatividad y una capacidad inmensa para trabajar. Álvaro lo resume con una frase sencilla, pero demoledora: «Parte de lo que hago es por el negocio, pero otra parte es por el legado de la familia».

Y quizá ahí esté el verdadero sentido de toda esta resistencia. No tanto en salvar una industria que parece condenada, sino en impedir que desaparezca también su memoria. Porque mientras alguien siga contando la historia del mimbre, el oficio todavía seguirá vivo.