Las personas desalojadas de Burgohondo regresan a sus casas
Los vecinos de Burgohondo vuelven a casa tras cuatro días de incertudumbre: «Todo es debido a la maleza»
Las conversaciones regresan a las aceras, las terrazas empiezan a llenarse tímidamente y los saludos vuelven a escucharse entre personas que hace apenas unas horas no sabían cuándo podrían regresar
Después de cuatro días lejos de sus casas, los vecinos de Burgohondo (Ávila) han descubierto que la felicidad puede esconderse en los gestos más sencillos: abrir la puerta de casa, volver a dormir en su cama, sentarse un rato sin hacer nada en el salón o dar el paseo de todos los días por las mismas calles de siempre.
Lo peor, coinciden muchos de ellos, no ha sido el incendio, ha sido la incertidumbre. Durante cuatro días vivieron sin saber si al regresar encontrarían su casa en pie y esa duda, alimentada por las imágenes de un fuego que ha acabado convirtiéndose en el mayor incendio forestal de la historia de España, ha pesado más que el cansancio de las evacuaciones.
Por eso, desde que anoche pudieron regresar, Burgohondo ha empezado a recuperar un pulso que parecía detenido desde hacía una semana.
Ana abre la persiana de su frutería y llena el escaparate con cajas y cajas de melocotones. Dice que nunca imaginó que volver a atender a sus vecinos pudiera hacerle tanta ilusión.
Poco después entra una mujer y sale con una caja entera de tomates, grandes y rojos, con pinta de ser de esos que realmente saben a tomate: «No tenía ni uno para la ensalada», explica a Efe con una sonrisa que resume mejor que cualquier discurso lo que significa volver a casa.
Las conversaciones regresan a las aceras, las terrazas empiezan a llenarse tímidamente y los saludos vuelven a escucharse entre personas que hace apenas unas horas no sabían cuándo podrían regresar.
El incendio forestal de Burgohondo (Ávila) ha calcinado 55.000 hectáreas.
Alberto observa esa lenta vuelta a la normalidad desde la barra del bar que regenta en el pueblo, con la clientela todavía «a medio gas».
Confía en que el fin de semana anime algo el negocio, aunque reconoce que este verano ya no será igual. Muchos visitantes cancelarán sus vacaciones y el incendio también dejará heridas en una economía que vive, en buena parte, de quienes llegan a disfrutar del valle durante los meses de calor.
Antonio, ya cerca de los 90, reconoce que jamás vio nada igual y tiene claro el culpable: «Todo es debido a la maleza que hay», resume apoyado en el alfeizar de una sucursal de Eurocaja Rural.
El contraste con los pueblos aún vacíos
Pero basta recorrer unos kilómetros para comprobar que la normalidad todavía no ha llegado a todas partes.
En Mijares y Casavieja, antes de que se anunciara el regreso de los vecinos, el ambiente era completamente distinto esta misma mañana.
Calles vacías, persianas cerradas y un silencio solo roto por el paso de los vehículos de emergencia. El incendio ya no avanzaba, pero seguía presente en forma de desalojos, controles y esperas.
En Casavieja, uno de los municipios más castigados por las llamas, quienes decidieron permanecer en el pueblo a pesar de la orden de evacuación seguían organizándose para ayudar a los demás.
Restos del incendio forestal de Burgohondo (Ávila)
En una de las plazas, decenas de pacas de paja forman un improvisado granero para abastecer a los ganaderos de la zona, incapaces todavía de acceder con normalidad a muchas de sus explotaciones.
A pocos metros espera un grupo de voluntarios que prefiere mantener el anonimato. Junto a ellos se apilan muchos sacos de pienso con la cara de distintos animales.
Explican que decidieron quedarse cuando casi todos se marchaban: primero ayudaron a defender las casas del avance del fuego, después se ocuparon de alimentar a los animales que habían quedado atrás.
Hace justo una semana, el fuego comenzó en Burgohondo. Siete días después, algunos pueblos vuelven poco a poco a la rutina, mientras otros empiezan ahora a recuperar la suya.
Porque, después del infierno, la normalidad puede empezar con una persiana que vuelve a levantarse, un bar que sirve el primer café del día o una vecina que, por fin, vuelve a tener tomates para hacerse una ensalada.