Banco gigante situado en Burón, localidad leonesa apenas a 10 kilómetros de Riaño
Los dos lugares diseñados para gigantes, separados por solo 10 kilómetros, donde el turista se siente pequeño
El encanto de ambos, que los hacen ser fotografiados hasta el extremo, radica no en su tamaño sino en las espectaculares vistas que ofrecen
En la Montaña Oriental Leonesa hay dos lugares, cuya factura es relativamente nueva en el tiempo, que han transformado la manera de mirar el paisaje de esta zona que ya de por sí es espectacular.
Están separados por apenas diez kilómetros, pero juntos forman una ruta emocional que atrae a miles de visitantes cada año, cámara en mano: el columpio gigante de Riaño y el monumental banco de Burón. Dos estructuras pensadas casi para gigantes que, paradójicamente, funcionan como espejos, ya que al sentarse o balancearse en ellas, el turista descubre lo pequeño que es frente a la inmensidad del valle.
El columpio de Riaño, instalado en un alto sobre el embalse, en el denominado Mirador de las Hazas, se ha convertido en uno de los iconos turísticos más fotografiados de León. No es un columpio cualquiera: es una estructura de madera de más de ocho metros de altura, suspendida sobre un vacío que impresiona incluso a los más valientes. Desde allí, el viajero se balancea con la sensación de estar flotando sobre los llamados fiordos leoneses, un paisaje que combina agua turquesa y montañas afiladas.
El columpio desde el que se disfruta una espectacular vista de Riaño
La experiencia es breve, puesto que para disfrutarla suele ser obligatorio esperar cola, pero intensa. Cada impulso del columpio abre una ventana distinta del valle: primero la lámina del embalse, luego las crestas de montañas como el monte Gilbo, denominado ‘el Cervino leonés’ y después el nuevo Riaño, el pueblo construido tras el desalojo y demolición del viejo pueblo que yace ahora bajo el embalse junto a otras ocho localidades.
El movimiento, casi infantil, contrasta con la carga histórica del lugar. El columpio, por tanto, no solo ofrece vistas, sino también una forma de reconciliarse con un territorio marcado por la pérdida, la de aquellos nueve pueblos que duermen bajo las aguas del Esla desde 1987: Anciles, Escaro, Hueldes, La Puerta, Vegacernega, Pedrosa del Rey, Burón, Riaño y Salió.
Otros columpios gigantes
En España, los columpios gigantes se han convertido en nuevos miradores turísticos que mezclan vértigo, paisaje y fotografía, pero solo unos pocos destacan por su altura. El más alto de todos parece ser el columpio de Santocildes, en el Valle de Tobalina (Burgos), una estructura de madera y acero que alcanza los 9 metros y 46 centímetros, superando a todos los instalados hasta ahora en el país y ofreciendo una vista privilegiada sobre el valle y las laderas que rodean esta pequeña localidad burgalesa. Por debajo aparece el columpio de Librán, en Toreno (León), que con sus 9 metros fue durante meses el más alto de España y continúa siendo uno de los más espectaculares, suspendido sobre el cañón del río Primout. Con la misma altura se sitúa el columpio de Salinas de Pisuerga, en la Montaña Palentina, también de 9 metros, levantado en el paraje de Cuestasoto y convertido en un reclamo para quienes recorren la comarca. Un poco más abajo, pero igualmente icónico, está este columpio de Riaño, que se eleva 8 metros sobre los llamados fiordos leoneses y se ha consolidado como uno de los miradores más fotografiados de Castilla y León.
Los columpios gigantes son un gran atractivo turístico
Diez kilómetros al norte, en Burón, el paisaje cambia pero la sensación se mantiene. Allí se encuentra el banco gigante, una estructura de madera que supera los dos metros de altura y que obliga al visitante a trepar por una piedra cercana para poder sentarse. Desde arriba, las piernas cuelgan como las de un niño, y el horizonte se abre en una panorámica que parece pintada con pinceladas de montaña.
El enorme banco de Burón
El banco nació como una iniciativa local para atraer turismo y reivindicar la belleza del entorno. Lo que nadie esperaba es que se convirtiera en un fenómeno. Hoy es parada obligatoria para quienes recorren la Montaña Oriental, un punto donde los viajeros se sientan para contemplar el silencio, hacerse fotos o simplemente dejar que el tiempo pase más despacio.
Burón, como Riaño, también vivió el trauma del embalse. Su antiguo núcleo quedó bajo el agua y el pueblo nuevo se levantó en una ladera cercana. Quizá por eso el banco tiene algo de homenaje: es un mirador que no solo muestra lo que queda, sino también lo que se perdió.
Lo que empezó como dos instalaciones sencillas se ha convertido en un fenómeno de turismo emocional. Las redes sociales han amplificado su fama, pero la experiencia sigue siendo profundamente analógica, hecha solo de madera, viento, agua y montaña. Hay pantallas y colas, quizá también un poco de artificio, pero sobre todo está el protagonismo de un paisaje hermoso, que queda en la retina del que lo visita.