Interior del Café Bécquer, en Salamanca
Cierra por la falta de relevo un emblemático café universitario de Salamanca tras casi medio siglo de vida
El Bécquer baja la persiana sin wifi ni pantallas; solo café, batidos, tartas y notas debajo de la mesa
El Café Bécquer, en Salamanca, ha cerrado sus puertas en este pasado mes de agosto después de que su último dueño desde 2010, el albercano José Antonio Gómez, no haya encontrado relevo ni posibilidad de que el establecimiento cumpla los 50 años, aniversario que llegaría en 2027.
El Bécquer, situado en la céntrica plaza de San Marcos de la capital salmantina, prácticamente no había cambiado de aspecto desde su apertura. Sus sillas de mimbre y mesas camillas redondas permanecían intactas con el paso del tiempo, como también lo hacían las notas manuscritas que se dejaban bajo el cristal de las mesas. Desde mensajes de amor, a pequeñas estrofas, deseos para el futuro o recuerdos de los foráneos sobre su etapa en Salamanca.
El Bécquer fue refugio de la comunidad universitaria que tomó cafés, tartas y las primeras copas de la noche en sus mesas, mientras compartía apuntes y conversaciones en sus míticas mesas camillas y su luz cálida.
Ahora, durante el mes de agosto, mientras la ciudad se llenaba de extranjeros con menos arraigo, el Café Bécquer ha cerrado sus puertas y ventanas en silencio, sin llegar a cumplir sus 50 años de vida.
Batidos y tartas sobre una de las mesas del Bécquer, con sus notas bajo el cristal
El Bécquer abrió sus puertas en 1977 de la mano de Amor y su marido, un matrimonio llegado desde Gijón. Desde entonces, pasó por las manos de Paco, un hostelero de Macotera que estuvo al frente del bar 30 años hasta que en 2010 tomó sus riendas el último propietario, José Antonio Gómez, natural de La Alberca, que se propuso siempre mantener su esencia.
Tanto José Antonio como su familia llevaban tiempo tratando de iniciar una nueva etapa laboral por lo que han buscado a alguien que tomara el relevo del local.
Su intención era dar ese paso conservando la esencia del negocio, su forma de hacer la cosas, sin necesidad de transformar lo que durante tanto tiempo ha funcionado.
De hecho, el Bécquer no tenía wifi, ni televisiones, solo ese ambiente acogedor que llamaba a la conversación. De vez en cuando, fiel a su compromiso de dar a conocer el talento de jóvenes artistas, prestaba sus paredes a pintores que exponían en el bar e incluso vendían allí sus obras. También hubo momentos para la música en directo.
El mítico Café Bécquer de Salamanca, ya cerrado
Ahora, el síntoma que en su día ya lamentó José Antonio -no encontraba camareros- se ha hecho realidad. Sin nadie dispuesto a coger el testigo que sus dueños entregan, el Bécquer ha dicho adiós, aunque quizá solo sea un «hasta luego».