(Foto de ARCHIVO) Varias personas disfrazadas bailan durante la ‘Dansa de la Mort’, a 28 de marzo de 2024, en Verges, Girona, Cataluña (España). Glòria Sánchez 28/3/2024
Semana Santa 2025
La Procesión de Verges y la Danza de la Muerte: la tradición más impactante de la Semana Santa catalana
Cuando los esqueletos bailan en la noche medieval catalana
En el corazón del Baix Empordà gerundense, un ritual ancestral sobrevive al paso del tiempo. Cada Jueves Santo, cuando el reloj marca la medianoche, las calles empedradas de Verges se transforman en un escenario donde la vida y la muerte dialogan a la luz de las antorchas.
Esta pequeña localidad de apenas mil cien almas, cuyos orígenes medievales aún se respiran entre sus murallas y torres parcialmente conservadas, guarda un tesoro cultural único en toda Cataluña: la célebre Danza de la Muerte.
«Es un recordatorio implacable de nuestra condición mortal», explica un historiador local mientras observamos los preparativos para la representación que ha perdurado desde el siglo XVII, cuando fue recuperada tras su origen en la Alta Edad Media europea.
La singularidad de esta manifestación cultural llevó a las autoridades a declararla Fiesta Patrimonial de Interés Nacional en 1983, consolidando su valor como testimonio vivo de una época donde las hambrunas y pandemias mantenían a la muerte como presencia constante en el imaginario colectivo.
El ritual cobra vida gracias a cinco bailarines caracterizados como esqueletos que, formando una cruz, ejecutan una danza al compás de un tambor cuyo ritmo monótono resuena entre las piedras centenarias. La coreografía, lejos de ser improvisada, sigue una estricta tradición donde cada participante cumple un papel simbólico.
El denominado «capdanser» guía la macabra procesión blandiendo una imponente guadaña con la inscripción latina «nemini parco» (no perdono a nadie). Le sigue el «banderer», portador de un estandarte negro donde puede leerse «lo temps és breu» (el tiempo es breve). Completan el conjunto tres figuras más: dos niños-esqueleto que sostienen platillos con ceniza y un último que porta un reloj sin agujas, metáfora visual de la impredecibilidad del final.
La representación se fundamenta en los textos de fray Antoni de Sant Jeroni, quien en 1773 adaptó el drama de la Pasión de Cristo. En aquella época, estas escenificaciones callejeras cumplían una función didáctica esencial: hacer accesible el mensaje religioso a una población mayoritariamente analfabeta que no comprendía el latín eclesiástico.
La jornada comienza horas antes con el desfile de los 'manages' —soldados romanos— que recorren el pueblo recogiendo las imágenes para la procesión nocturna. Al anochecer, cuando el reloj marca las diez, la plaza mayor acoge una representación del Misterio de la Pasión, aprovechando como escenario natural las antiguas estructuras defensivas de la villa.
Un detalle que confiere carácter único a la celebración es la peculiar iluminación de la calle Caragols, donde diminutas lámparas construidas con conchas de caracol y aceite crean una atmósfera etérea y fantasmal.
La experiencia alcanza su clímax a medianoche, cuando Jesús inicia su camino hacia la crucifixión. Durante el recorrido se suceden diferentes escenas bíblicas: la curación del ciego, las tres caídas, las tres Marías y las mujeres de Jerusalén, culminando con la crucifixión y la esperada Danza de la Muerte.
Jorge Manrique fue uno de los primeros literatos españoles en abordar esta temática durante el siglo XIV, contribuyendo a naturalizar la percepción de la muerte como destino inevitable en una sociedad marcada por condiciones sanitarias precarias.
Cuatro portadores de antorchas acompañan a los esqueletos danzantes, proyectando sombras alargadas sobre los muros medievales y aportando ese aire inquietante que ha convertido esta tradición centenaria en un fenómeno cultural que trasciende fronteras, equiparable a otras manifestaciones de religiosidad popular como el Santo Entierro Grande de Sevilla, aunque con su propia identidad distintiva.
La Danza de la Muerte de Verges no solo representa un legado histórico; encarna la continuidad de un mensaje universal que atraviesa los siglos: ante la muerte, todos somos iguales, independientemente de nuestra condición social, edad o procedencia.