Un cabezudo que representa al Home dels Nassos, un personaje mítico de fin de añoAjuntament de Barcelona

Cataluña

Las antiguas supersticiones catalanas para recibir al Año Nuevo: de las 13 gotas de aceite a la moneda mojada

Nochevieja y Año Nuevo estaban envueltas en una serie de ritos, supersticiones y figuras folclóricas

En la obra cumbre del folclorismo catalán, el Costumari Català de Joan Amades, se explica cómo se celebraba antaño la Nochevieja y el Año Nuevo en Cataluña. Lo cierto es que esas dos fechas estaban envueltas en una serie de ritos, supersticiones y figuras folclóricas, que buscaban proteger, purificar y obtener prosperidad para el nuevo año. Eran costumbres que variaban según la región, pero eran similares en líneas generales.

Era costumbre realizar ritos de purificación del hogar la víspera del 31 de diciembre. Una forma de hacerlo era encender antorchas o grandes fuegos, a veces portándolos el cabeza de familia alrededor de la casa o el pueblo, y hacer mucho ruido con cencerros para alejar los malos espíritus y atraer buenas cosechas.

Se creía que esa noche pasaban cabalgatas de espíritus nocturnos, como encantadas o brujas. Para protegerse durante el sueño, se podían colocar hojas de laurel bajo la almohada o persignar la almohada tres veces antes de acostarse. Existía también la creencia de que espíritus benefactores visitaban las casas esa noche.

Por ello, se acostumbraba a dejar ofrendas en la mesa o asegurarse de que la cena fuera abundante para que estas encantadas o figuras míticas pudieran disfrutar de la comida y, a cambio, bendijeran el hogar con salud y abundancia para el año venidero. El pan, considerado un elemento mágico, se usaba para crear amuletos. Se moldeaban figuritas con la miga, las cuales se llevaban encima como protección para el nuevo año.

Las 13 gotas de aceite

Hay una serie de tradiciones que se han perdido con el paso de los años. La noche de Fin de Año, o durante el día de Año Nuevo, se dejaban caer 13 gotas de aceite en un plato con agua. Si las gotas se esparcían o se separaban unas de otras, significaba que el nuevo año traería desgracias, enfermedades o desunión. Si las gotas se unían formando una figura compacta o una sola mancha, se interpretaba como un augurio de salud, fortuna y unión familiar para todos los miembros del hogar.

Varios volúmenes del 'Costumari Català' de Joan AmadesWikimedia

Para deshacerse de todo lo malo que había pasado el año anterior y empezar con buen pie, se llevaba a cabo lo que se conocía como la quema del agua sucia. Después de la medianoche, al entrar el Año Nuevo, o a veces la mañana del día 1 de enero, se vaciaba por completo el agua contenida en recipientes y palanganas de la casa, simbolizando la expulsión de las energías negativas y las enfermedades acumuladas en el año anterior. En algunos lugares, se tiraba un poco de agua por la ventana o la puerta para asegurarse de que la mala suerte se marchara lejos del hogar.

El beso de Año Nuevo

En el cambio de año encontramos la tradición del petó d’Any Nou («beso del Año Nuevo»). Una vez pasadas las 12 campanadas, era costumbre que los miembros de la familia se besaran cronológicamente, de mayor a menor, para asegurar la continuidad de la unión familiar y la riqueza espiritual para todos. Se creía que la planta de muérdago recogida justo antes del fin de año era un potentísimo amuleto contra el mal de ojo y la enfermedad si se colocaba en la puerta de la casa.

Durante la cena de Año Nuevo, la Noche de San Silvestre, se dejaba siempre un lugar vacío y un plato servido en la mesa. Este plato no era solo un recuerdo del familiar difunto, sino una ofrenda directa a los antepasados o a las encantadas, para que se saciaran. Se creía que si los espíritus no comían, podían tomar represalias o maldecir la cosecha.

La mesa debía ser extraordinariamente abundante, para demostrar que el hogar era próspero y para asegurar que la abundancia continuaría. Dejar comida sobrante era fundamental, no por gula, sino por respeto al futuro.

Las cenizas y la moneda mojada

Tenemos dos tradiciones que se han perdido con el paso de los años. Existía el rito de las cenizas protectoras del Fin de Año. Consistía en esparcir las cenizas del tronco de Navidad por el huerto, la cuadra o el corral al llegar el Año Nuevo. Se creía que actuaban como potente amuleto protector contra plagas y garantizaban la fertilidad de las cosechas.

Otra era el presagio de la moneda mojada. Consistía en mojar una moneda, preferentemente de plata, y colocarla bajo un plato o cazuela que se usara en la primera comida del Año Nuevo. Guardar esta moneda después aseguraba que el dinero no faltara durante el año.

¿Qué se comía? Nos encontramos ante dos platos muy diferentes. El primero era un caldo muy potente, con huesos, verduras y carne salada, al que se le ponía arroz o fideos. De segundo había variaciones. Podía ser cualquier ave de corral asada, o una tabla de embutidos con botifarra negra y blanca, bull y fuet, y en algunas casas se comía fricandó, un guiso de ternera con setas.

De postre se consumían higos secos, dátiles, pasas y almendras. Todo lo que se comía, por así decirlo, eran productos de la tierra y de cría propia. Al día siguiente, en la comida de Año Nuevo, se servía la tradicional sopa de galets, que se podía o no rellenar de carne. De segundo el citado fricandó, un plato contundente y exquisito para el primer día del año. Otras familias servían pato con peras, y de postre, turrones, neules, o fruta seca.