Entrada del hospital psiquiátrico de Sant Boi, en 1903Wikimedia

Historia

Sale a la luz el exterminio por hambre de 5.700 internos psiquiátricos durante la Guerra Civil en Cataluña

Una investigación encargada por la Generalitat pone cifras a una realidad a menudo silenciada

Durante décadas, una sombra de silencio ha sobrevolado los muros de instituciones como el Hospital Psiquiátrico de Sant Boi de Llobregat (Barcelona) y el Instituto Pere Mata de Reus (Tarragona).

Ahora, gracias a la exhaustiva labor del historiador Marcos Robles esa oscuridad ha visto la luz. Su investigación, encargada por la Dirección General de Memoria Democrática de la Generalitat de Cataluña, revela una de las páginas más crudas de la Guerra Civil. Estamos hablando de la muerte sistemática por hambre y abandono de miles de internos psiquiátricos. Como los define Robles, «los olvidados de entre los olvidados».

El trabajo de Robles no se limita a la crónica médica. Representa un cambio en la historia de la psiquiatría en Cataluña. Mientras que la historiografía tradicional se centraba en la evolución de los diagnósticos o el desarrollo de fármacos, Robles pone el foco en la historia social de la exclusión.

Su investigación demuestra que los psiquiátricos catalanes durante los llamados años del hambre, de 1936 a 1939, funcionaron más como centros de reclusión y depósitos humanos que como espacios sanitarios. En este contexto, la enfermedad mental fue, en la mayoría de los casos, una sentencia de muerte no natural, sino por la carestía económica y la desidia institucional del régimen republicano.

Más de 5.700 pacientes psiquiátricos murieron de hambre o por enfermedades relacionadas con la desnutrición entre 1936 y 1939, concluye Robles, que ha pasado dos años rastreando archivos por encargo de la dirección de Memoria Democrática de la Generalitat. De ellos, 3.160 en Sant Boi, 776 en el Institut Mental de Sant Andreu (Barcelona), 633 en Salt (Gerona), o 491 en Reus.

Según los datos recabados por Robles, en 1936 murieron 197 internos; en 1937, 872; el peor año fue 1938, con 1.681 defunciones. En 1939 se registraron 410. A partir del segundo año del conflicto, relata , hubo jornadas en las que se enterraban hasta veinte pacientes en la fosa común del cementerio. «El enterrador se quejaba continuamente por el exceso de trabajo», explica.

Testimonio demoledor

El testimonio de Josepa Balaguer, interna en Sant Andreu, es demoledor cuando comenta que «nos dan un plato lleno de agua, que de pan, casi no hay nada… Todos los enfermos se mueren de hambre; corre la voz de que las empleadas quitan lo espeso tanto de la sopa como del arroz para comérselo ellas».

Las causas de muerte registradas son avitaminosis, caquexia, tuberculosis o enteritis que son, según Robles, eufemismos de la inanición. La investigación subraya que la mortalidad no afectaba por todos igual. Los internos cuyas familias podían enviar comida o pagar suplementos tenían una esperanza de vida significativamente mayor. Aquellos tutelados por el Estado o por órdenes religiosas, sin recursos, fueron los primeros en perecer.

Un pasillo interior del antiguo Instituto Mental de la Santa Cruz, en BarcelonaRecinte Modernista de Sant Pau

Robles analiza como el hambre extrema alteraba el comportamiento de los internos, generando cuadros que a veces se diagnosticaban erróneamente como agravamientos de su psicosis, cuando eran síntomas claros de desnutrición. Para reconstruir lo que pasó, Robles ha investigado en archivos parroquiales, registros de cementerios y expedientes clínicos.

«El reto no es solo encontrar el dato, sino interpretar el silencio administrativo», comenta Robles. La falta de actas de defunción claras en muchos casos sugiere un intento de invisibilizar la magnitud de la tragedia. Su labor ha permitido identificar fosas comunes y espacios de enterramiento anónimos que, hasta ahora, carecían de significado histórico.

En el Institut Pere Mata de Reus, la situación alcanzó niveles críticos a medida que avanzaba el conflicto. Entre 1936 y 1938, se han documentado 491 muertes directamente relacionadas con la falta de nutrientes.

Los médicos del Pere Mata, como el Dr. Salvador Vilaseca, se enfrentaban a un dilema ético y burocrático. Para evitar alarmismo o represalias políticas, se utilizaban términos clínicos que ocultaban el hambre: Por eso registraban las muertes bajo términos como caquexia, marasmo o enterocolitis. Sin embargo, tras estos tecnicismos se escondía una realidad física innegable. Esto es, los cuerpos de los internos simplemente se apagaban por la falta de calorías.

El mes de agosto de 1938 marcó el punto de inflexión trágico en Reus, con un pico de 55 muertes. La prioridad de suministros se otorgaba al ejército y a la población considerada productiva, dejando a las instituciones benéficas y sanitarias en el último escalafón de la logística republicana. El Pere Mata, al ser una institución de beneficencia y salud mental, fue visto como un gasto no productivo en un contexto de supervivencia total.

A la falta de comida se sumaron otros factores que aceleraron los decesos. En el invierno de 1937-1938, la falta de carbón provocó que muchos internos murieran por hipotermia combinada con la debilidad física. El centro recibió a pacientes derivados de otros hospitales de zonas de combate, saturando las instalaciones. Los fármacos sedantes y básicos desaparecieron, lo que aumentaba el estrés y el desgaste físico de los pacientes con patologías graves.

Bajo las bombas

La presión asistencial en Barcelona era máxima. Al hambre se sumó el terror de los bombardeos aéreos sobre la ciudad, que agravaban el estado de ansiedad y el deterioro físico de los internos. Salt, al estar cerca de la frontera y ser un punto de paso hacia el exilio en los meses finales, el centro sufrió una desorganización logística total. Los suministros de harina y productos básicos dejaron de llegar casi por completo en 1938.

El impacto se vio agravado por los traslados forzosos de pacientes. Ante el avance de las tropas franquistas, el hospital de Reus fue evacuado y un gran contingente de pacientes fue trasladado a Sant Boi. Las condiciones de hacinamiento y la escasez de recursos en el centro receptor sellaron el destino de muchos de estos evacuados. Se estima que el 50% de las mujeres trasladadas desde Reus fallecieron a los pocos meses de su llegada debido a su estado de extrema debilidad.