Javier Alonso, autor de 'Más allá del laberinto'
Entrevista
Javier Alonso: «Cualquier consumo de pornografía es problemático, sea una vez al día o una vez al mes»
El barcelonés publica 'Más allá del laberinto', un testimonio en el que relata su periplo para liberarse de la pornografía
El 97% de los hombres que rondan los 50 años ha consumido pornografía de forma voluntaria al menos una vez en los últimos seis meses, según un estudio publicado en 2022 por la Universidad de Valencia y la Universidad Jaume I de Castellón. Javier Alonso (Barcelona, 1977) no era una excepción: empezó a consumir pornografía durante la adolescencia y mantuvo el hábito como «regulador emocional» con el paso de los años, también tras conocer al amor de su vida, casarse y tener a sus cuatro hijos.
Sin embargo, la historia de este emprendedor catalán sí es excepcional: hoy vive una vida libre de pornografía, gracias a un arduo trabajo interior y, sobre todo, a una poderosa experiencia de sanación durante un retiro católico. Alonso explica su periplo en Más allá del laberinto (Albada), y atiende a El Debate para hablar sobre su experiencia luchando contra una lacra que lastra a la gran mayoría de hombres hoy en día.
–En Más allá del laberinto ud. expone con mucha valentía su intimidad. ¿Qué le llevó a escribirlo?
–Hace ocho años viví una experiencia de sanación muy fuerte, y dejé la pornografía completamente. Al principio lo llevé en secreto, pero con el tiempo empecé a explicarlo: primero a mi mujer, luego me pidieron que diera charlas en colegios, o en retiros… Tenía la sensación de que me habían tocado 180 millones de euros, que no podía quedarme esa riqueza para mí. El libro es una forma de decir al mundo que a ti también te pueden tocar 180 millones de euros.
Portada de 'Más allá del laberinto'
–Pero no es un manual al uso sobre cómo abandonar el consumo de pornografía.
–No, no lo es. Es un modo de decirle a una persona que consume porno que no es un casquibano ni un guarro, sino que puede deberse a su debilidad. A mí me pasaba: consumía en momentos de tristeza y soledad. Para explicar por qué me sentía así, me tuve que explicar a mí mismo, y ese es el recorrido que hago en el libro, trazando mi vida desde diferentes ángulos: tanto desde lo que podría ser mi perfil de LinkedIn hasta las inseguridades que hay entre bastidores.
–¿En nuestra sociedad es tabú reconocer que uno consume pornografía?
–El verdadero tabú no es decir «he consumido pornografía», sino «me he sentido miserable por consumir pornografía», porque la pornografía está blanqueada. Hay sexólogos que la recomiendan en pequeñas dosis, por ejemplo. Pero la realidad es que la mayoría de las personas presentan un consumo problemático de pornografía, y me da igual si es una vez al mes o una vez al día: cualquier consumo es problemático.
–¿Por qué?
–Antes de 2005 o 2006, con la pornografía ocurría lo mismo que con los cavernícolas del Paleolítico: la comida era escasa y había que salir a buscarla. La revolución de internet tal y como lo conocemos ha sido –haciendo el símil– como meter a ese cavernícola en el bufet libre del hotel Hilton. ¿Y qué pasa? Que se vuelve loco.
Si durante este Paleolítico la cuestión era un tema moral, en la actualidad es también un tema de salud: hay muchos estudios científicos que prueban que la pornografía actúa de forma similar a una droga. Especialmente, a la cocaína, por los picos de dopamina que genera: te induce a repetir el comportamiento y a escalarlo, en busca de la novedad constante.
–En el libro lo compara con un virus informático que cortocircuita el cerebro…
–Efectivamente, porque nuestro sistema de recompensa está configurado para hacernos sobrevivir. Al hiperestimularlo con la pornografía, hace que prefieras eso a una relación sexual sana… lo cual no es bueno para la supervivencia. Y no es el único problema que tiene: los estudios han mostrado que muchas parejas y matrimonios se separan por la pornografía, o que cada vez más jóvenes tienen disfunción eréctil y problemas de autoestima.
También hablo sobre la desconexión empática: cuando uno ve un vídeo pornográfico tiene que ‘apagar’ una parte de su empatía para convertir a alguien en algo. O el tema de los scripts sexuales: la pornografía dicta a la gente cómo comportarse en la cama, enseñándoles a ellos a ser agresivos y a ellas, a ser sumisas.
–Más allá del laberinto está profusamente documentado. ¿Este tipo de disfunciones neurológicas son reversibles?
–Sí. Lo que se ha visto estudiando los movimientos NoFap de EEUU –que abogan por abandonar la masturbación, algo muy ligado a la pornografía– es que cuando uno deja de consumir hay una suerte de ‘recableado’. Se fortalece la conexión del córtex prefrontal con el sistema de recompensa, y aumentan la regulación, la inhibición de comportamientos perniciosos y la fuerza de voluntad.
Javier Alonso, durante la entrevista
–Tras estos años estudiando y divulgando acerca del tema, ¿cuál cree que es el principal mito vigente sobre la pornografía?
–La idea preconcebida de que es imposible que el hombre viva sin masturbarse o sin ver pornografía de vez en cuando. Y que, si existe alguno, tiene que ser un reprimido sexual. He descubierto en mi propia vida que esta verdad implícita es mentira. En mi caso, como explico en el libro, estuve un año y pico sin consumir tras recurrir a una coach, por ejemplo, y cuando recaí podría haber vuelto con ella.
–Pero no lo necesitó: se lo pidió a Dios, y asegura que Él se lo concedió.
–Lo explico en el libro: estaba en un retiro organizado por los jesuitas, con mi familia. Leí en La Vanguardia una entrevista a Raúl Eguía, y en ella él contaba: «Una noche, al borde del suicidio, grité: ‘¡Si existes, sácame de aquí ahora!’. Me rendí y quedé limpio de la adicción de la noche a la mañana». Más tarde, rezando, recordé aquello y le dije a Jesús: «Si lo has hecho con Raúl, que era ateo, ¡hazlo conmigo, que yo creo en ti!».
Automáticamente, fue como si una nube negra abandonara mi cabeza y mi corazón: en aquellos tres segundos, Jesús me había sanado. Cuando era joven, yo leía este tipo de cosas extraordinarias y pensaba que solo le pasaban a frikis o a santos, pero es que las he vivido.
Este fue un momento excepcional, pero también veo frutos en la oración cotidiana: recomiendo, a quien se enfrente al problema que tenía yo, que no solo recen por su sanación, sino también para que Dios le conceda autoconocimiento, que le haga saber de dónde viene el tema.
–¿Qué otros consejos le daría a alguien que haya intentado dejar la pornografía y no lo consiga?
–Primero, le daría la enhorabuena. Y segundo, que se lo diga a alguien de confianza lo antes posible: su pareja, un amigo, un sacerdote, un terapeuta... Que busque una relación. Y en tercer lugar, tiene que ser capaz de mirarse al espejo y preguntarse: «¿Estoy dispuesto a dejar de hacer esto el resto de mi vida?». No es si puede, sino si quiere: la respuesta tiene que ser un «sí» al 100%.
Y quería dejar una última reflexión: en el libro me expongo mucho. De hecho, lo más pornográfico de Más allá del laberinto no es cuando hablo de pornografía. No me apetecía nada, pero no creo que haya sido gratuito, porque sé que el testimonio va a tocar el corazón a mucha gente. A las mujeres que se sientan traicionadas por sus maridos, para que les entiendan; a los padres, para que hablen con sus hijos sobre esto; a los que están luchando, para que les dé esperanza. Y espero que todos conozcan a Aquel que me liberó, el que aparece al final.