Pepeta Moreu, ya mayor, con una de sus nietas

Historia

El amor imposible de Gaudí que le empujó a centrarse en Dios y en su obra

Pepeta Moreu fue el gran amor de Gaudí, pero su historia no tuvo un final feliz

En la biografía de Antonio Gaudí hay luces y sombras. Entre ellas, un nombre que pudo haber cambiado la historia que conocemos. Nos referimos a Josefa «Pepeta» Moreu Fornells. Un amor de juventud y un pasaje romántico dentro de una historia plagada de piedras, geometrías sagradas y aislamiento místico.

Nos equivocaríamos si lo redujéramos a esto. Ella, con su no, dio paso al misticismo del arquitecto, mientras que ella personificó la vanguardia femenina de una época encorsetada. También fue el catalizador que lo empujó a abandonar las pasiones humanas.

En la década de 1880, Barcelona se expandió industrialmente hacia el Maresme, y Mataró se convirtió en el epicentro de aquella comarca y de la industria textil catalana. En esta ciudad es donde Gaudí realizó uno de sus primeros proyectos arquitectónicos, al diseñar la Cooperativa Obrera Mataronense, entre 1878 a 1882.

En aquellos primeros tiempos, Gaudí era un joven arquitecto lleno de ideas vinculadas al socialismo utópico. En una de las visitas de obra que realizó a Mataró, conoció a la familia Moreu. Destacaba Pepeta, una profesora en la escuela de la cooperativa, que hablaba francés, dominaba el piano y poseía una cultura poco común para las mujeres de su época. Podemos definirla como una rara avis, teniendo en cuenta que las mujeres de aquella época tenían negado cualquier acceso a la cultura.

Podemos afirmar que Gaudí quedó encandilado de esa mujer que se apartaba de los parámetros convencionales de su época. Pepeta representaba, por así decirlo, el ideal de la mujer moderna que él respetaba y deseaba tener a su lado. Durante mucho tiempo se convirtió en un visitante habitual de la casa de los Moreu. Cada domingo tomaba el tren desde Barcelona y viajaba a Mataró. Allí compartía tertulias, música y paseos.

Un cortejo intelectual

La familia Moreu sabía que Gaudí estaba enamorado de Pepeta «hasta las trancas». El problema era la timidez patológica del arquitecto que le impedía declarar sus sentimientos de una forma convencional. El cortejo que inició con ella fue intelectual.

Compartía con ella libros, discutía sobre pedagogía y la veía como una interlocutora capaz de ver y entender sus complejas visiones del mundo. Esta relación platónica satisfacía a Gaudí, pero no a Pepeta. Aunque Gaudí vestía muy bien, por una posible rinitis alérgica tenía el bigote siempre húmedo y a Pepita le daba un poco de grima. Además, cuando comían fideos, si se le quedaba alguno entre el bigote, se lo sacaba con el tenedor. Este hecho, que al hermano pequeño le hacía mucha gracia, a ella no le hacía ninguna.

Retrato de Antonio GaudíWikipedia

En una de esas visitas dominicales, corría el año 1885, Gaudí decidió que era el momento de proponerle matrimonio. Llegó a la casa de los Moreau con la intención de formalizar la relación con Pepeta. Todas sus esperanzas e ilusiones se vinieron abajo cuando supo que ella se acababa de comprometer con un comerciante de maderas de Castellón.

Pepeta no rechazó a Gaudí como persona, sino por su estilo de vida. Lo admiraba como profesional, pero lo veía como un hombre absorbido por su obra. Para ella era un visionario con el que la convivencia diaria sería, cuanto menos, compleja. El final de la historia es que Gaudí abandonó la casa de los Moreu y nunca más tuvo contacto con ellos.

Gaudí no fue el primer hombre en la vida de Pepeta. Con anterioridad había estado casada con Joan Palau Ferrer, un militar carlista de Calella que decidió utilizar el dinero de la dote para comprar un paquebote, con el que realizar cabotaje por el norte de África, comerciando así con mercancías como el vino y el esparto.

El matrimonio con Joan Palau resultó un infierno para Pepeta, quien debía soportar las constantes borracheras y palizas de su esposo, que además acumulaba incesantemente deudas por el juego.

En 1878, en Orán, ciudad del noroeste de Argelia, Pepeta le comunicó que estaba embarazada y le pidió que sentara la cabeza, que cambiara de vida. La respuesta de Joan Palau fue decirle que estaba casado con otra mujer en Buenos Aires. Malvendió el barco y la abandonó a su suerte sin dejarle ni un céntimo.

Vuelta a casa

Pepeta consiguió regresar a su casa, rompiendo el estigma de la mujer abandonada y recuperó su plaza como profesora. Esto la hizo reflexionar y establecer ciertas prioridades en su vida. Ella no buscaba ni un protector ni un marido que la eclipsara. Su interés radicaba en encontrar a alguien que le permitiera tener autonomía, que la dejara ser ella y no la mujer de tal o cual hombre. Su hijo Antonio murió por difteria el 3 de enero de 1883, a los tres años de edad.

Pepeta Moreu, después del no y del compromiso, se instaló en Niza. Allí la conocían como Madame Moreu. Vivió una cosmopolita, rodeada de arte y música. En Niza era una mujer independiente y libre. Dicen que, en la madurez, recordaba a Gaudí con una mezcla de afecto y distancia. A más de uno les comentó que Gaudí era un hombre demasiado santo para ella. Mientras él buscaba lo divino en la piedra, ella buscaba la vida en su máxima expresión terrenal.

El comerciante con el que se casó se llamaba Josep Caballol Viader, con el que tuvo cuatro hijos, llamados Teresa, Bienvenido, Joaquina e Ignacio. El 1 de marzo de 1899, Caballol falleció. Apenas un año después de quedar viuda, en marzo de 1900, Pepeta contrajo matrimonio por tercera vez con Josep Vidal Gomis, un hombre once años menor que ella y que llegaría a ser un alto directivo de la industria cinematográfica, trabajando en Paramount Films.

Vidal fue quien terminó de criar a los hijos de Caballol como si fueran suyos, ofreciéndoles una educación cosmopolita y un hogar estable. Pepeta Moreu falleció el 9 de diciembre de 1938 a los 81 años, por causas naturales.