El cartel de la película de John Wayne
John Wayne cambió el caballo por Barcelona durante el rodaje de 'El fabuloso mundo del circo'
John Wayne convirtió el puerto de Barcelona en un gran plató cinematográfico en el verano de 1963 durante el accidentado rodaje de El fabuloso mundo del circo, dejando una huella imborrable en la ciudad
En el verano de 1963 sucedió un hecho que marcó la vida cotidiana barcelonesa. Ese verano llegó John Wayne, conocido como Duke, que dejó a un lado el caballo para capitanear un circo en las aguas del Mediterráneo. Aquella superproducción era la titulada Circus World, que se tradujo como El fabuloso mundo del circo. Barcelona y su puerto se transformaron en un plató cinematográfico con cámaras, grúas y estrellas de Hollywood. La prensa de la época siguió cada paso de este rodaje, que se recuerda como uno de los más accidentados y fascinantes de la historia del cine en España.
John Wayne llegó a Barcelona el 11 de agosto de 1963 en el yate privado Wild Goose, un antiguo dragaminas de la II Guerra Mundial reconvertido en palacio flotante. Aunque aprovechó para realizar un viaje de placer con su familia, estaba en Barcelona para comenzar el rodaje de esta película producida por Samuel Bronston y dirigida por Henry Hathaway. Para los barceloneses, ver al rey de los westerns paseando por las Ramblas fue casi un acontecimiento tan memorable como cuando, décadas atrás, Búfalo Bill trajo su circo a la ciudad. El periódico La Vanguardia describió con asombro la presencia física del actor, señalando su imponente estatura y esa mezcla de rudeza y cortesía que lo caracterizaba.
Además de Wayne, en el reparto encontramos a Rita Hayworth y Claudia Cardinale. También destacaron dos actores españoles: José María Caffarel, que interpretaba al alcalde de Barcelona, y un entonces desconocido Víctor Israel. El argumento se centraba en Matt Masters (John Wayne), propietario de un circo que decide llevar su espectáculo de gira por Europa. Durante ese periplo se ve asediado por numerosos problemas mientras busca a Lili (Rita Hayworth), la madre de su hija adoptiva (Claudia Cardinale), desaparecida años atrás.
La trama exigía una escena de gran impacto: el hundimiento del barco que transportaba al circo tras un naufragio. Para rodarla se eligieron el Moll de la Fusta y la zona próxima al monumento a Colón. En las mismas aguas del puerto se construyó una réplica parcial de un gran navío, diseñada para zozobrar de manera controlada. Sin embargo, en el mundo del productor Bronston, el control era un concepto relativo.
Durante la filmación de esta secuencia, el realismo superó a la ficción. John Wayne, fiel a su estilo de no usar dobles siempre que fuera posible, se encontraba sobre la cubierta de la nave mientras esta se inclinaba peligrosamente. En uno de los movimientos del barco, el actor sufrió una aparatosa caída que le provocó una torcedura en la pierna. El incidente no fue menor: Wayne tuvo que ser trasladado a un centro hospitalario de Barcelona para ser atendido. La noticia fue la comidilla de la ciudad, alimentando la leyenda de que, a pesar de sus 56 años y de una salud que empezaba a resentirse, seguía exponiéndose al peligro.
En una de las crónicas de aquellos días, La Vanguardia describía el ambiente que se respiraba en las inmediaciones del puerto. Los barceloneses se agolpaban tras las vallas para ver a Wayne, a Hayworth y a Cardinale. Rita Hayworth, que interpretaba a una antigua trapecista, vivía sus días en Barcelona entre el resplandor de su leyenda y la fragilidad de su salud. Conviene recordar que, aunque nacida en Brooklyn, su nombre real era Margarita Carmen Cansino, hija del bailarín y actor español Eduardo Cansino y de la bailarina de vodevil Volga Margaret Hayworth. Se alojaba en el Hotel Ritz, donde la discreción era la norma, aunque los ecos de su melancolía traspasaban las paredes de la suite. Algunos han especulado con que durante este rodaje podría haber sufrido un inicio precoz de Alzheimer.
Una de las anécdotas más comentadas en los mentideros de la ciudad fue el contraste entre la imagen pública de las estrellas y sus escapadas nocturnas. Se dice que John Wayne, tras las largas jornadas de rodaje en el puerto, gustaba de explorar la gastronomía local. Uno de los locales que frecuentó fue el restaurante Los Caracoles. Aunque se dejaba ver en los restaurantes más elegantes, también sentía curiosidad por el pulso real de la ciudad, visitando locales del Barrio Chino —el actual Raval—, donde su figura no pasaba desapercibida, pese a sus intentos por mantener un perfil bajo tras sus características gafas de sol y su sombrero.
El rodaje en Barcelona no solo fue importante por las estrellas y el elenco que se alojó en la ciudad durante cuatro semanas, sino también por lo que supuso para la industria local. Trabajadores del puerto, pescadores y vecinos fueron contratados como extras. Las crónicas de la época destacaban cómo el cine de Hollywood inyectaba vitalidad económica y un aire de modernidad en una Barcelona que todavía lidiaba con las estrecheces de la posguerra. La visión de los camiones de producción, las potentes luces de arco y el despliegue de vestuario circense se convirtió en el mejor espectáculo gratuito que la ciudad podía ofrecer.
Durante el rodaje en Aranjuez, se quemó la carpa del circo para una escena. El problema fue que el fuego se descontroló por el viento y se convirtió en un incendio real. John Wayne demostró entonces que también era un héroe fuera de la pantalla: ayudó personalmente a sacar a los animales de las jaulas y a sofocar las llamas. Rita Hayworth tuvo que salir huyendo del set, perdiendo parte de su vestuario y de sus pertenencias en el fuego. Afortunadamente, nadie resultó herido de gravedad, pero el set quedó reducido a cenizas.
Al finalizar el rodaje, John Wayne se despidió con la misma parquedad con la que saludaba en sus películas, pero dejó una huella imborrable en el puerto de Barcelona. Esta fue la película que marcó el principio del fin del imperio de Samuel Bronston en España, ya que los excesos de presupuesto y los accidentes contribuyeron a su bancarrota poco después. La película costó 9 millones de dólares y recaudó en las taquillas estadounidenses 1,6 millones. Su estreno en 1964 fue, en cualquier caso, todo un acontecimiento en los cines barceloneses.