Cantos de caramelles en Callús (Barcelona)Bages Turisme

Semana Santa

El triunfo de la luz: así se celebraba el Domingo de Resurrección en la Barcelona de antaño

Cortejo, música y comida abundante marcaban la fiesta más alegre del calendario litúrgico

En la Cataluña de antaño, el Domingo de Resurrección o de Pascua se consideraba el del triunfo absoluto y el inicio de las fiestas populares al aire libre. En los siglos XVIII y XIX, una vez superado el estallido del sábado, la gente se volcaba en el lucimiento social y la alegría colectiva. La religiosidad y el paganismo se mezclaban ese día sin ningún pudor.

El acto religioso central de la mañana era la Procesión del Encuentro. Al menos en Barcelona salían dos comitivas por separado. Una llevaba la imagen de Jesús Resucitado y otra con la Virgen María aun con el manto negro. Cuando las dos imágenes se encontraban, se le retiraba el velo negro a la Virgen para mostrar un manto blanco o dorado. En el momento del encuentro, se soltaban palomas y se lanzaban flores desde los balcones. Este acto se acompañaba de nuevo con disparos de trabuco al aire.

Ese domingo era el día del estreno total. La gente, tanto adinerada como popular, salía a la calle a pasear luciendo sus mejores galas. Era el día en el que los hombres cambiaban el paño oscuro por colores más claros y las mujeres lucían mantillas blancas de blonda. Para los más jóvenes este paseo era fundamental para el cortejo, tras la prohibición de llevar a cabo cualquier intento de cortejar durante la semana de la Pasión.

Cantando 'caramelles'

Las caramelles era una de las tradiciones más arraigadas y populares. Eran grupos de hombres que vestían con barretina, faja roja y camisa blanca. Usaban una vara larga extensible decorada con cintas para llegar a los balcones del tercer o cuarto piso de las casas. Los vecinos depositaban huevos para la elaboración de la Mona del día siguiente. Se acompañaban de flabioles, tamboriles y –más tarde, en el XIX– de guitarras y violines. Sus letras pasaron de ser himnos religiosos a coplas que alababan la belleza de las muchachas.

El domingo era el día en el cual el padrino visitaba la casa del ahijado. Era una visita solemne donde le niño le besaba la mano y el padrino le entregaba la mona, que era un bizcocho con huevos duros. Se decía que si un niño no recibía su huevo de Pascua el domingo, tendría mala suerte en los estudios o en la salud durante el resto del año.

Los huevos seguían una regla simbólica y social muy estricta vinculada a la edad del ahijado. La norma general dictaba que la Mona debía llevar un huevo por cada año de edad del niño o niña. La Mona terminaba cuando el niño recibía la Primera Comunión o cumplía los 12 años.

Una mona de Pascua tradicional, con huevos durosWikimedia

El domingo por la tarde las familias preparaba todo para el día siguiente. ¿Eso que quiere decir? Se revisaban las carretas y se preparaban las mulas para salir hacia las ermitas o las fuentes de Collserola, por lo que respecta a Barcelona. La cesta de la mona o el hato, se preparaba esa tarde.

La mona se envolvía en grandes paños de lino blanco y se colocaba en el centro de cestas de mimbre, rodeada de paja o pañuelos para que no se rompiera el bizcocho con el traqueteo del carro. Para comer, se colocaba en la cesta embutidos, piezas de conejo o pollo rustido que se comería frío en el campo.

Se dejaba preparada la ropa para el lunes, pues ese día se solía vestir de una manera más informal. Es decir, con chaquetas de pana fina o paño ligero y las mujeres con vestidos de algodón estampado, dejando la seda pesada del domingo en el armario. Costumbre era que las familias o los grupos de amigos esa tarde decidieran donde irían al día siguiente a pasar el día. Por lo que respecta a Barcelona se escogía la Font d’en Fargues, la Font del Gat o las fuentes que habían en Horta. Otros preferían lugares religiosos como Santa Madrona.

El festín del domingo

Por lo que respecta a la comida del Domingo de Resurrección era el más largo de la semana. Se empezaba con la sopa de Pascua, hecha con caldo de gallina, fideos finos, conocidos como cabello de ángel, y trozos de huevo duro. En algunos sitios se enriquecía con pelotas de carne y los primeros vegetales de la temporada, como habas, guisantes o espárragos trigueros. En el Empordà, por ejemplo, se añadían trozos de butifarra de huevo.

El segundo plato era pollo, considerado un lujo reservado para las grandes fiestas, mucho más que el cordero. Se cocinaba lentamente con cazuela de barro con manteca, una copa de vino rancio, ciruelas, pasas y piñones. En Lérida y Tarragona se comía cassola de tros, un guiso con caracol, lomo de cerdo y verdura. En el Baix Llobregat y zonas de la costa catalana se acompañaba con alcachofas fritas o guisada en el propio jugo del guisado. En los Pirineos se comía cordero rustido con hierbas.

Los postres variaban según la comarca. Tradicional eran la crema catalana, los buñuelos del Empordà o las frasulies. En Tortosa comían las parretes, unos pasteles de mas fina rellenos de cabello de ángel o requesón. En Reus, el manjablanc, una crema de almendra blanca, que simbolizaba la pureza de la Resurrección.

En la Cataluña Central, el Pan de los Apóstoles, adornado con doce protuberancias de masa, una por cada apóstol. En ninguna mesa catalana faltaba el porrón de vino tinto durante la comida y un buen Moscatel o Malvasía para los postres, celebrando la alegría del encuentro familiar.